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¿Pedro Sánchez quiere convencernos de que España es un accidente de la historia?

El recién nombrado Secretario General socialista parece haber descubierto, con sus nuevas conversiones, que España es un accidente de la historia y pretende reconvertir el propio concepto que el PSOE mantuvo desde que se fundó.

¿Pedro Sánchez quiere convencernos de que España es un accidente de la historia?
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Pedro Sánchez ante sus incondicionales. / RRSS

Fernando Ramos

Periodista y profesor.

Jordi Solé Tura, diputado comunista, catalán, ponente constitucional, dijo: “España no es una invención, no es un artificio histórico. Es una realidad forjada por la Historia, que se ha organizado políticamente mal y queremos organizar políticamente mejor. Por eso estamos hablando de autonomías, por eso estamos intentado llegar a una organización política, y hay que terminar con el eufemismo de designar esto con el nombre de «Estado español» Hay que decir las cosas con toda claridad: España no es una realidad uniforme, pero es una realidad, y es tarea de todos hacer que, incluso sus propios símbolos sean reconocidos como tales”.

En el Manifiesto-Programa del Comité de Huelga de la UGT y del PSOE, dirigido “A los obreros y a la opinión pública”, el 12 de agosto de 1917, se termina de este modo: “Aceptamos una misión de sacrificio por el bien de todos, por la salvación del pueblo español, y solicitamos vuestro concurso. ¡Viva España!”. Este grito, “¡Viva España!”, fue lanzado entonces por Largo Caballero y Daniel Anguiano, en nombre de la UGT, y por Besteiro y Saborit, en nombre del PSOE.

Estos dos ejemplos denota que la idea de España, como un todo, ha sido una constante a lo largo de la historia reciente sin que, como resulta evidente, en estas y otras evidencias se le ocurriera a nadie formulaciones variopintas como las que ha puesto en circulación Pedro Sánchez y asumen, según parece, sus seguidores

Un partido roto en dos mitades

Parece poco discutible que el PSOE es ahora mismo un partido dividido en dos mitades con dos visiones distintas de lo que se considera España con una agravante notable: el cabeza de filas que predica que no es lo que hasta ahora, y desde que se fundó, pensaba el PSOE y que asumimos como una idea esencial la inmensa mayoría de los españoles. Y lo peor es la frivolidad, por no decir falta de apoyo intelectual de la cambiante prédica de Pedro Sánchez, quien en apenas unos meses ha tenido una conversión sobrevenida en aspectos esenciales: Cataluña es ahora una nación, cuando apenas poco antes no lo era, y Podemos ya no es un movimiento populista, cuando antes de motejaba de tal, sin que, por cierto, haya cambiado en nada desde que el juicio anterior se formulaba.

Los partidarios de Sánchez, que sin duda son muchos dentro del PSOE, en plena euforia de su triunfo se han lanzado a vestir el santo, con pintorescos análisis con que arropar las nuevas ideas, prendidas con alfileres del antes dicho. “España es una nación de naciones” (culturalmente, se dice ahora) o a darle la vuelta al concepto mismo de nación como si la Ilustración y la Revolución Francesa, o nuestras Cortes de Cádiz, en nuestro caso, no lo hubieran dejado bien sentado.

Resulta asombrosamente ingenuo el discurso de Sánchez para justificar que ahora dice digo donde antes decía diego. Y lo más curioso es que pretenda, al asumir como propias, contra la tradición vertebral del jacobinismo del PSOE (que siempre reposó en un Estado fuerte para alcanzar los objetivos de su programa) una de las reivindicaciones históricas de la derecha mercaderil de Cataluña.

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El diputado catalán Jordi Solé-Tura creía en España

Un trato especial para Cataluña

Sánchez reconoce a Cataluña como nación, pero no como estado, o eso pretende, como si para el nacionalismo independentista ambas cosas no fueran unidas. Pretende reformar la Constitución (olvidándose del largo proceso y de la propia voz de los españoles para lograrlo) otorgando a Cataluña ese estatus, pero sin cambiar esencialmente nada; es decir, la soberanía seguirá residiendo (como es ahora y debe ser) en el conjunto de la nación española. ¿Y cree que los independentistas van a aceptar eso? De suyo, España ya es un estado federal, en cuanto a la serie de competencias que el Estado ha cedido o comparte con las regiones y nacionalidades, que en no pocos casos rebasan ampliamente las que poseen regiones o länders de estados propiamente federados en otros modelos de estado. A los independentistas va a hacerles mucha gracia todo esto. Es un viaje a ninguna parte que puede ahorrarse.

Pero aparte de esta ingenuidad en sí misma, cabe preguntarse qué dirán Sánchez y sus seguidores cuando otras comunidades pidan lo mismo. Sánchez convierte a España en un mero accidente de la historia que él quiere reformar, por no decir destruir, no porque sean un sentimiento prendido de manera general en los depositarios de la soberanía que somos todos los españoles, sino una parte de unos españoles con vecindad civil en Cataluña.

En su aproximación a Podemos va más lejos en cuanto otros aspectos esenciales que ha ido dejando caer como gotas de agua aquí y allá, pero que en conjunto forman un caudaloso río de lo que pretende hacer si llega a la Moncloa. ¿Pero puede uno fiarse de un hombre que en apenas unos meses dice una cosa y la contraria sobre cuestiones esenciales? Los partidarios de Sánchez viven un espejismo al creer que su entusiasmo va a contagiarse al conjunto de los votantes que por dos veces rechazaron a su candidato. Pero es más, si en su momento el PSOE no llega a evitar unas terceras elecciones, su rédito electoral se hubiera mermado, en favor de la derecha y de Podemos, por lo que los repudiados barones aplicaron la doctrina del mar menor a la hora de abstenerse.

En lugar de reagruparse para construir un partido sólido, no sólo asistimos a la realidad de un PSOE roto y la peligrosa deriva de sumergirlo en el lago de Podemos, que para muchos socialistas es su verdadero enemigo (en tanto la derecha es el adversario a batir, pero que pese a sus miserias y necesidad de saneamiento, no deja de ser, como hasta ahora, el PSOE, un partido constitucional).

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Besteiro y Largo Caballero firmaron el manifiesto de la huelga del 17 con un  ¡Viva España!

Aliarse con el enemigo

¿En qué cabeza cabe que el modo de recuperar el espacio electoral que le ha birlado Podemos (que ahora ya no es un partido populista, según la conversión de Sánchez) sea aliarse con quien lo ocupa, y no tratando de presentar un proyecto propio y atractivo que rebase el temporal atractivo de los bolivarianos que han prometido soluciones para todo y que en el País Vasco tienen un discurso próximo a Bildu o que en Cataluña recoger las pretensiones de la derecha nacionalista y la variada gama de aliados con que se arropa.

Estos días he vuelto a leer los escritos de Indalecio Prieto, de Fernando de los Ríos, de Besteiro, a propósito de España, donde palpita el verdadero pensamiento y la reflexión socialista sobre lo que somos. Nada que ver con lo que ahora sostiene Sánchez. Y conviene recordar lo que decía Alfonso Guerra: que a la hora de la verdad, prefería votantes a militantes. El PSOE tiene 188.000. Pero los españoles con derecho a voto somos varios millones. Esa es la cuestión. ¿A cuántos esperan convencer de lo que ahora sostiene?

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