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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias empiezan a quemar su relación

La de ambos había sido la más duradera de las relaciones entre políticos, pero la idea del presidente de ver a otras personas ha enturbiado todo.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias empiezan a quemar su relación
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se saludan en La Moncloa. / Twitter
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se saludan en La Moncloa. / Twitter

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Héctor Antonio Morales

Héctor Antonio Morales

El autor, HÉCTOR ANTONIO MORALES, es colaborador de MUNDIARIO. Se formó en la Universidad Rafael Landívar de Guatemala. @mundiario

La de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es una de las relaciones más entretenidas que se recuerdan en la política. Entre ambos han discutido y dejado espacio para un nuevo ascenso de Mariano Rajoy, pero también se han reconciliado para bajar a éste del caballo entre los dos y ahora, prácticamente un año después de que Sánchez llegara a La Moncloa, el cuento parece haberse adentrado en curvas peligrosas en donde parece que ambos sienten que no pueden estar el uno sin el otro, pero uno de ellos (Sánchez) había decidido que lo mejor era que empezaran a ver a otras personas pero volvió luego de que las otras personas lo mandaran por un tubo. Y este nuevo pique empieza a poner al jefe del Ejecutivo contra las cuerdas.

Todo este nuevo episodio de esta relación digna de una telenovela tampoco es que debería sorprender a nadie. Ya el mismo Pablo Iglesias dejaba ver hace algunas semanas que no había punto de conciliación entre ambos, aunque lo haya dicho de forma diplomática, ya saben, como cuando nos toca explicarle a nuestros amigos por qué no funcionó la relación de la que todos decían que ambos se veían lindos juntos. “Nos hemos puesto de acuerdo en que nos tenemos que poner de acuerdo”, dijo Iglesias tras su primera reunión con el jefe de Gobierno tras las elecciones del 28 de abril. “No tenemos en común pero ni la forma de respirar”, debió haber dicho también para dejar claro que la cosa no había empezado de forma precisamente esperanzadora.

Y es que Sánchez se negó durante semanas a darle aunque sea una migaja de pan a Podemos, convencido de que su arrogante plan de gobernar con 123 diputados llegaría a buen puerto. Tras un par de baños de realidad, muchos de ellos patrocinados por las imprudencias de su propio partido, el jefe de La Moncloa habrá llegado a la conclusión de que siempre extraña a Iglesias, sus cabellos delicados sobre sus hombros y la sonrisa que siempre tuvo para él en la salud y en la enfermedad. Hace falta ver quién gana la batalla entre el orgullo y el prejuicio en el corazón del presidente, que de ahí dependerá también el futuro del país.

El panorama no va a cambiar de otra manera, pues ni el Partido Popular ni Ciudadanos están por la labor de meterse al baile y los partidos pequeños están divididos entre los que sí y los que no. O Sánchez cede y da aunque sea una oficina ministerial a Iglesias y sus chicos, o éste resigna sus pretensiones y le dice “sí, acepto” a lo que sea que el jefe socialista le ponga sobre la mesa. De no lograr un entendimiento, la oportunidad de llamar a nuevas elecciones empezará a surgir ante un nuevo bloqueo en el Congreso que el propio Sánchez forzó. Su jueguito de ego le podría salir muy caro. @mundiario