Buscar

MUNDIARIO

Pedro Sánchez goza de la primavera pero el PSOE sufrirá el invierno

Sánchez, para conseguir su dicha, utilizó malos compañeros de ruta, pues son antagonistas de gran parte de la sociedad española. A medio plazo, llegará el invierno al PSOE.

Pedro Sánchez goza de la primavera pero el PSOE sufrirá el invierno
Pedro Sánchez.
Pedro Sánchez.

Curiosamente cuando apenas faltaban tres semanas para la apertura del verano, empezaba a forjarse el largo invierno del PSOE. Cierto que su secretario general emprendía una primavera personal a caballo entre yemas verdes de vida y hojas secas de languidez. Porque llegar a La Moncloa como lo hizo vivificó un otoño a destiempo, anacrónico. Tal maraña de estaciones conjuga procesos, clarividencias y afectos. El hoy se resiste sin perjuicio de promesas u ofertas. Los hados, tal vez un fatalismo fortuito, recomiendan acometer acciones opuestas a lo presumiblemente presupuestado en la génesis. Así, el mañana quedará sometido a la providencia social. Sánchez tiene un grave problema inútil de eludir: el feroz antagonismo entre aquellos que le ayudaron a vencer y la gente, en su mayor porcentaje, refractaria a los primeros. 

No dudo de que Rajoy -pese a enaltecer su imagen con marco sobrio, sesudo- cometiese y permitiera errores de toda índole. Incluso, veo justo que pierda el gobierno viniendo, dos años antes, de mayoría absoluta. Casan sin duda, coexisten, dos episodios históricos, paralelos, insólitos. Rajoy, primer presidente que no aguanta dos legislaturas, y Sánchez primer candidato que ocupa el puesto libre sin elecciones, sin asiento en la cámara y con minoría irrisoria. Va de récord (no confundir con el parónimo vade retro). Sin embargo, el ruido mediático, vendido a la inquina o al mejor postor, expuso los hechos de forma distinta. Mientras los evacuados lo fueron por corrupción sistémica, quienes ocuparon el poder tenían como objetivo regenerar la democracia. Lo pedían siglas con notorio pedigrí: PDECat y Podemos. Recurro al murmullo para no levantar ronchas sobre el famoso tres por ciento. Hemos aprendido el nuevo método para luchar contra la corrupción: apoyarse en ella.

Cortesía obliga, dice un proverbio para justificar los famosos cien días que se otorgan a cualquier gobierno que inicia su andadura. Persistiré en mantenerme fiel a un uso del que tengo múltiples prevenciones. No obstante, es distinto aventar noticias irrefutables a mantener comentarios más o menos corrosivos en torno al novel gabinete. Hago divergencia expresa entre comentario e información. Huiré del primero y me centraré en la segunda complementada, si acaso, con alguna mínima precisión. Verdad es que, a veces, la frontera entre ambos es demasiado tenue.

Ninguno queda exento de utilizar vericuetos extraños para conseguir el poder como objetivo individual, definitivo. Es una plaga que afecta a partidos viejos y nuevos. Asimismo, quienes gobernaron durante cuarenta años deben compartir la responsabilidad del momento. No hemos llegado hasta aquí por generación espontánea. Tampoco puede atribuirse a la inercia coyuntural causalidad exclusiva. PP y PSOE -en concierto sibilino, si no aireado a bombo y platillo- han construido la España actual. Nosotros también tenemos parte de culpa, mínima quizás, pero la colaboración silenciosa, indolente, es innegable. Nos enfrentamos a problemas económicos, organizativos y sociales graves; en alguno de ellos francamente preocupantes. El tema catalán, sin temor a la hipérbole, está alcanzando cotas insólitas sin que se aprecien visos de actuación minuciosa.  

Todo poder sabio, compartido, democrático, vela por el bienestar ciudadano; al menos, debería intentarlo. No obstante, esta piel de toro sufre humillaciones del poderoso desde siglos atrás. Hoy, no creo que cambiaran mucho los juicios expuestos en su momento por Larra, Unamuno u Ortega. España deja de ser diferente para convertirse en sempiterna. Desconocedores de la Historia, quizás caricaturistas de ella, desean prohijarla a su antojo con intentos espurios y delictivos. Quien debe tomar medidas, deja hacer con indolencia, incumplimientos prometidos e incluso complicidad. Seguimos en las mismas, sin saber qué motivos inducen a permitir tal escenario. Podemos conjeturarlos, pero las evidencias siguen ocupando zonas brumosas entre el convenio y la cobardía.

Primavera es un tiempo de explosión, de vida, previo a aquellos que indicarán -a poco- cercanía de ocaso y muerte. Porque las estaciones son protocolos humanos, permanentes ciclos en que reflejarnos. El caos natural ordena mentes y afectos; limita anhelos, sueños, pues todos tienen fecha de caducidad. Sánchez llegó a tiempo de gozar una primavera tardía, fortuita, mal engendrada. Llegó el verano y deberá padecer asperezas congénitas debidas a un arranque enfermizo. La sociedad tolera cada vez menos que políticos de cualquier ideología prometan mientras se ubican en la oposición y hagan lo contrario cuando llegan al gobierno. He aquí el porqué de las frustraciones, del desencuentro, de la desafección. Cada campaña electoral, aumenta el absentismo de manera progresiva pero irrelevante pese a múltiples desencantos.

El presidente carece de proyecto sólido, firme. Los gestos abundan solo en países o gobiernos populistas. La sociedad española necesita soluciones, resultados, sustancia, no sinuosidades ni ditirambos a colectivos concretos por muy de la cuerda que sean. ¿Qué interés tiene para el común el previsto traslado de presos? ¿Habrá mejoras morales y económicas si sacan a Franco del Valle? ¿Significa, acaso, que universalizar la sanidad permitirá al gobierno recuperar las competencias autonómicas en la materia y hacerla nacional e igual para todos? ¿Quizás sea elemento convergente, justo y reparador, perfeccionar, como se amenaza, la Memoria Histórica? Salvo seguir la norma marxista de Gramsci sobre hegemonía, ¿qué objetivo tiene resucitar educación para la ciudadanía o cargarse mediante “decreto-ley” (odiado en la oposición) la plantilla de RTVE?

Por cierto, cuando el Banco Popular fue intervenido (el mayor escándalo de corrupción institucional, tras el caso estraperlo) el PSOE no dijo pío. Ahora, que proclama combatir la corrupción y regenerar la democracia, tampoco. Me recuerda aquella serie: “Los ladrones van a la oficina”.

Advierto, por diferentes detalles, que a Sánchez le queda poco para disfrutar de una primavera metafórica. Si el gobierno llega a dos mil veinte, el PSOE quedaría a la intemperie de un invierno glacial, hipotérmico. Aunque parezca artificio, no es un tropo. Dijo Ortega: “De querer ser a creer que se es ya, va la distancia de lo trágico a lo cómico”. O viceversa, añado yo.