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El pacto educativo ya tiene historia, y nos atañe

Apócrifa será si, como las que se cuentan a los turistas, está plagada de falsos milagros y mistéricas razones ajenas a “la política”.

El pacto educativo ya tiene historia, y nos atañe
Íñigo Méndez de Vigo, ministro de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de España. / @isarodgo50
Íñigo Méndez de Vigo, ministro de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de España. / @isarodgo50

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Manuel Menor

Manuel Menor

Analista de educación de MUNDIARIO. Profesor.

Día a día suceden hechos que nos desazonan. En la explicación evolutiva de nuestra existencia -en el río que Heráclito decía cambiante-, no entraba el tener que volver sobre lo mismo, ni menos aguantar que pareciera novedad lo que no pasa de ser un enjalbegado más.  

Con Trump, Netanyahu y similares desbocando la geopolítica, vuelve ahora Marta Martín, de Ciudadanos, a repetir –¿para desmemoriados?- que si no se metiera la política en la educación ya tendríamos pacto educativo. Esta vuelta a que la educación no tiene nada que ver con la política -ni la política con la educación- es otro parto de los montes, en sintonía con “El parte”, cuando la política era una exclusiva del selectísimo núcleo que dirigía un general. Tal vez debieran releer lo que dice Aristóteles a propósito del ciudadano completo –el “político”-  y, también, acerca del sentido del lenguaje en el ser humano; hace de ello casi 2.400 años, pero no vaya a resultar que la engañosa juventud de sus líderes visibles sea otra estafa a reclamar cuando sea tarde.

Vuelve también Sandra Moneo más o menos a lo mismo en nombre del PP y de que, en lo tocante al melodramático tránsito por el que pasa el pacto educativo, es una lástima que el PSOE se haya ausentado de la Subcomisión parlamentaria, porque la cuestión de la financiación del 5% del PIB parecía estar resuelta, es contradictorio y...  Y vuelve a llover sobre mojado, porque a todas luces es el “remake” de un serial cuyos entresijos últimos esta diputada burgalesa conoce muy bien.  Tanto, que casi llegó a firmar, en nombre de su partido, el proyecto de pacto que –contra el criterio de muchos- había formulado Gabilondo. Sus jefes no la dejaron concluirla y optaron por repetir la negativa que, en 1997, había protagonizado Aguirre a la propuesta de ocho puntos que le formulara la Fundación Encuentro.

Una historia sin turistificación

La mayor parte de los documentos que se intercambiaron en aquellas sesiones entre PSOE y PP puede leerse ahora en el libro que Ediciones Morata acaba de publicar: El artículo 27 de la Constitución: Cuaderno de quejas. A la luz de las razones que en aquel momento esgrimió Cospedal para abandonar la mesa de negociaciones, bien se podrá deducir lo que no hicieron por motivos propios de la educación y cómo prefirieron el electoralismo de los sectores más reaccionarios. Sin esa mala mezcla -estrictamente política-, no solo habríamos evitado invocar en vano un “pacto educativo” como si de la piedra filosofal se tratara, sino que no tendríamos encima el último desarrollo del artc. 27 CE que es la LOMCE, tan híspido que los propios populares tratan de ver si, con el mantra del pacto, la enmiendan sin que se note mucho.

Este libro de Morata, sólido compendio de historia de las políticas educativas, sitúa este intento de pacto en un largo proceso que, en líneas generales, viene desde 1808 y, más específicamente, de 1978. El análisis de esa trabazón hasta el presente permite advertir cómo el sistema educativo español se ha entreverado de unas características que determinan en gran medida sus problemas. De momento, e independientemente de posibles tratos encubiertos sin luz ni taquígrafos, la conjunción astral de PP y Ciudadanos tratará de seguir vendiendo un artificio que, sin entrar en ese meollo neurálgico, dicen que mejorará el sistema educativo.

Este análisis historiográfico da claves para entender ese tinglado de apariencias. Ahí están hilvanadas muchas de las deficiencias que, desde la guerra, han pervivido intactas. Unas peculiaridades casi geológicas que ya tienen como mínimo 80 años: estos 40 últimos más otros tantos anteriores en que florecieron sin que la democratización igualadora fuera su signo relevante. Esta historia bien contada no es como las que los guías inventan para despistados turistas que corretean de un sitio a otro. Y es de gran utilidad: permite cambiar de carril cuando todavía se puede. Inconsciente sería no querer saber hasta cuándo hayan de pervivir las “mejoras” de la LOMCE. @mundiario