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Ofensiva coordinada para doblar a Rivera y a Ciudadanos

Lo que ahora reclaman los poderes conjurados no es el acuerdo de gobierno entre PSOE y  Ciudadanos, una fórmula que garantizaría estabilidad parlamentaria y programa de gobierno nada estridente, sino la mera abstención. Y el problema catalán sigue ahí.

Ofensiva coordinada para doblar a Rivera y a Ciudadanos
Albert Rivera, presidente de Ciudadanos. / RR SS.
Albert Rivera, presidente de Ciudadanos. / RR SS.

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José Luis Méndez Romeu

José Luis Méndez Romeu

El autor, JOSÉ LUIS MÉNDEZ ROMEU, es licenciado en Pedagogía y columnista de MUNDIARIO. Exdiputado y exportavoz parlamentario del PSdeG - PSOE, fue conselleiro del Gobierno de Galicia y secretario de Estado del Gobierno de España. @mundiario

De forma demasiado coincidente para ser casual, el Gobierno francés, el Gobierno español y algún medio de comunicación, han lanzado críticas a Ciudadanos tratando de que reconsidere su voto negativo a la investidura de Sánchez. La perspectiva actual es un Gobierno tan inestable como el anterior, con el mismo espectro de apoyos, nacionalistas catalanes de ERC incluidos. Una perspectiva nada halagüeña para el futuro Gobierno, que será minoritario pero al que se le recordará a diario el espectro de acompañantes que lo haya votado  o lo haya favorecido con su abstención.

Es decir, como hace un año, existe coalición de voto para imponer a un Presidente, pero no coalición de gobierno para sostenerlo, ni tan siquiera coalición parlamentaria. Cada semana, cada decisión, tendrá que someterse a negociación, regateo, concesiones y en su caso acuerdo. Una fórmula que aventura el bloqueo permanente de cualquier reforma importante y que sólo permitirá aprobar legislación anodina o sin contenido real.

La lentitud con la que Sánchez ha abordado la investidura, tras mes y medio ni siquiera hay fecha prevista, obedece a una razón táctica: que los acuerdos locales y autonómicos despejen el camino de los acuerdos. Hasta ahora eso solo ha ocurrido con ERC que una vez frustradas sus opciones a la Alcaldía de Barcelona ahora se vuelve solícito en socorro incondicionado del Gobierno central.

Lo que ahora reclaman los poderes conjurados no es el acuerdo de gobierno entre PSOE y  Ciudadanos, una fórmula que garantizaría estabilidad parlamentaria y programa de gobierno nada estridente, sino la mera abstención. Rivera, consciente, quiere que la abstención retrate a ERC con quien compite en Cataluña y al tiempo no quiere que el PP se quede como la única oposición real a Sánchez. Por otra parte, las bases socialistas han clamado durante la noche electoral contra un posible pacto con C´s. Lo que no ha impedido al Presidente socialista de Castilla-La Mancha, firmar  un acuerdo con ese partido y un reparto del poder en varios municipios.

En el resto del territorio, PP y C´s se están mostrando como aliados, mutuamente recelosos, pero firmando pactos para repartirse el poder. Con un tercero en discordia, Vox, al que C´s prefiere ignorar aunque  ocupe todo el espacio o sea  determinante en las votaciones. Lo ocurrido en Andalucía muestra la inconsistencia del partido de Rivera, como le recuerdan en prensa sus mentores originales.

La fascinación que mostramos en España hacia la política de bloques, a pesar de los pésimos precedentes históricos, no es operativa. Según se fragmenta el espectro político, consecuencia de sociedades más individualistas, mejor formadas y con mayor alejamiento ideológico, la respuesta no debería de ser agrupar churras y merinas para ofrecer un mosaico de gobiernos frente a otro mosaico también abigarrado de colores, sino explorar los acuerdos operativos. Especialmente en los municipios, donde los problemas de gestión acaparan la mayor parte de la actividad.

Ver a los dirigentes de los partidos negociando la composición de gobiernos de los que no forman parte o situados a mucha distancia, es patético. Si los electos no tienen capacidad de gestionar sus propios equipos ¿por qué no eligen a otros candidatos? Es una consecuencia más del vaciamiento ideológico de los partidos, que lleva a no fiarse de los propios representantes, imponiendo un centralismo obsoleto. Para los electores es un espectáculo nada edificante y cuyos beneficios están por verse.

Tras las elecciones generales, todos han cantado victoria pero los resultados tienen muchas sombras. Sánchez tiene el premio gordo, pero en las mismas condiciones precarias que lo llevaron a convocar elecciones en marzo pasado. Casado ha salvado los muebles pero está cuestionado por la enorme pérdida de poder que ha sufrido. Rivera comienza a recibir fuego graneado desde todos los flancos, consecuencia de su oportunismo crónico. Vox ha llegado pero con poca capacidad de influencia. Y el problema catalán sigue ahí. @mundiario