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MUNDIARIO

Occidente ha iniciado su lento pero inevitable divorcio del Estado: ¡good bye, Maquiavelo!

Entre los viejos y los nuevos Príncipes “enganchados” al receso pero resistente maquiavelismo, Punset propone un nuevo “Viaje a la vida”: más intuición y menos Estado.

Occidente ha iniciado su lento pero inevitable divorcio del Estado: ¡good bye, Maquiavelo!
Eduardo Punset.
Eduardo Punset.

Entre los viejos y los nuevos Príncipes “enganchados” al receso pero resistente maquiavelismo, Punset propone un nuevo “Viaje a la vida”: más intuición y menos Estado.

El Estado tiene sus días, sus años contados. Se muere de viejo, de obsoleto, de nuevos Príncipes por voluntad de las urnas, con los mismos vicios de aquellos viejos Príncipes por voluntad de Dios, y de una plaga latente de gusanos estadistas que han ido mutando a través de los siglos y de las siglas. El Estado se desvanece en la historia como consecuencia de un lento e imparable proceso de degeneración de naturaleza endogámica, de enfermizo corporativismo Ejecutivo, Legislativo y Judicial y de incumplimiento generalizado, reiterativo, abusivo, despótico y, cada vez menos ilustrado, de aquel viejo sueño de Jean Jacques Rousseau al que seguimos llamando, con melancolía, Contrato Social.

La humanidad es tan zote, que ha pasado del dichoso L´Etat, c´est moi de un Rey Sol dotado de poderes absolutos con la bendición de Dios, a un desmoralizante “El Estado somos nosotros” de un partido político coronado en las urnas, por un período de cuatro años, con la bendición mayoritaria de un pueblo. Hombre, sí, algo se ha avanzado en cuatro siglos, pero no sé yo si tanto como para satisfacer las expectativas que se había creado la historia con la posteridad de la raza humana. O sea, antes, para sacarse a un déspota de encima había que hacer una de aquellas revoluciones pendientes, ¡marchando una revolución pendiente!, tomando palacios, cortando cabezas y anegando las plazas de sangre, que digo yo que luego sería una lata limpiarlas, oye. Y no como ahora, con eso de la civilización y la cosa que, para cambiar a un déspota por otro, a un modelo de tiranía legítima por otro similar alternativo, ya ves, basta con perder dos horas de un domingo acudiendo a un Colegio Electoral con tu DNI y una papeleta de papel, en algunos casos cívicamente reciclado, je, en las manos.

Una democracia convertida en un jarrón chino

Lejos de mí la funesta manía de no aceptar lo que diga, lo que haga, lo que decida la mayoría, tío. De manera que, si queréis, podemos seguir llamándole a esto democracia. Si el patético “jarrón chino” os pone cachondos, estoy dispuesto a aceptar pulpo como animal de compañía y estos sistemas de despotismos mediocrizados como sistemas de libertades. Pero nadie puede impedir que en la soledad de mi casa, de puertas adentro y asomado a la ventana de mi ordenador, me salga de las entrañas la añeja y sentida exclamación de Ortega: ¡no es esto, no es esto!

¡La DEMOCRACIA con mayúsculas no es esto! A estas alturas de la peli interminable de la humanidad, resultan indigeribles gobiernos del pueblo, para el pueblo y con el pueblo como simple elemento decorativo que se saca del desván cada cuatro años, como se sacan los adornos de Navidad cada mes de diciembre. Ha llegado el tiempo de la democracia sostenible, de la evaluación continua de los gobernantes por parte de los gobernados, de que un resultado electoral no sea patente de corso durante más de 1500 días con sus respectivas noches. Sobre todo, tras haber quedado demostrado, legislatura tras legislatura, que cuatro años son pocos para que un gobierno iluminado convierta a un país en Camelot, pero son una eternidad cuando un gobierno, con pocas luces y muchas sombras, arrastra a un país a los infiernos.

La democracia con un fin; la democracia como un medio

Entonces, ¿qué hacemos con la democracia, eh? Podemos seguir conservándola como un fin en sí misma, pero deberíamos empezar a considerarla como un medio eficaz para alcanzar la Tierra Prometida de la humanidad, tras siglos y siglos de éxodo por el desierto de la historia. Podemos vestirnos despacio, si realmente tenemos prisa, o volver a sacar del fondo de armario, a toda prisa, el trasnochado fantasma de la “indignación” (esa añeja palabra con la que un venerable anciano ha sacado de la jaula a nuestro dulce y pusilánime pájaro de juventud), para montarnos sucesivos Halloween demoscópicos o electorales de esos que acojonan al personal: ¡truco o trato! Podemos creer que podemos cambiar el mundo utilizando a Podemos, haciéndoles creer a Pablos Iglesias y Monederos que en realidad nos están utilizando ellos a nosotros. Podemos hacer lo que nos pida el cuerpo, el corazón, la cabeza, la rabia, que para eso somos el pueblo soberano. Los putos amos, como diría Pep Guardiola.

El Estado agoniza entre despachos, Boletines y coches oficiales

Pero, a mis escasas luces, nada tendrá sentido si no partimos de la base de que, el Estado, ese viejo asunto con el que se hicieron pajas mentales, con perdón, Hobbes, Locke, Rousseau, Adam Smith, gente así, se muere irremediablemente de viejo, de caudillismo, de “despachismo”, de paternalismo, detrás de las ventanas y ventanillas opacas de despachos y coches oficiales. Y, francamente, con todos los respetos a españoles distintos y distantes dispuestos a poner sus huevos en el PP, en Podemos, en el PSOE, en IU, en Rosa Díez, en Mas o Junqueras, en Cidadans, en Bildu o Urkullus y fuerzas y caudillos similares, estaremos tropezando con la misma piedra. Vamos a seguir votando alternativas de “estadistas” para una sociedad que está en la lista de espera para que le extirpen el Estado: ése tumor que empieza a manifestar síntomas de metástasis.

Viejos Príncipes versus nuevos Príncipes de Maquiavelo

Porque, no nos engañemos, Pablo Iglesias, el flamante nuevo Secretario General único de Podemos, sólo quiere crear con plastilina su propio Estado. Y Junqueras y Mas están echando un pulso a ver quién se queda con el hipotético nuevo Estado de Cataluña. Y Biuldu y Urkullu ídem, eadem, ídem con el hipotético Estado de Euskadi. Y Rosa Díez y Albert Rivera están deseando salir en la foto de uno de esos dichosos (otro más) pactos de Estado. Y de Rajoy y Pedro Sánchez, qué quieres que te diga, es que no son capaces de imaginarse un mundo con más pueblo y menos Estado, como Montoro es incapaz de imaginarse Hacienda con más presupuesto para los pobres y más impuesto para los ricos. ¡Estado, Estado, Estado…!, Esa palabra que fue una solución y se ha convertido en un problema.    

Una civilización que le dijo una vez good bye al absolutismo, y un hola y un adiós al fascismo y al leninismo, se enfrenta ahora a su próxima asignatura pendiente: levantarse una mañana cualquiera de cualquier década del siglo XXI y exclamar mirando fijamente a Washington, a Bruselas, A Londres, a Berlín, a París, a Madrid, a Vitoria, a Edimburgo o a Barcelona: ¡good bye, Maquiavelo!

Un billete para el “Viaje a la vida” de Punset
Ya ha dicho Eduardo Punset, en su reciente “Viaje a la vida” impreso, que vienen tiempos de más intuición y menos Estado. De más confianza en la percepción y menos devoción a la razón. De menos obsesiones familiares, casas más pequeñas y más manejables y hombres y mujeres más intuitivos y menos manipulables por los gurús del conocimiento. Tiempos en los que la quimera de la felicidad se podrá alcanzar haciendo felices a los demás. Tiempos nuevos, inimaginables pero inevitables, en los que la sociedad podrá ayudarse a sí misma, entre ella misma, sin necesidad de ayudas “interesadas”, tú ya me entiendes, de terceros. Tiempos, en fin, en los que lo que quede del poder girará alrededor de las personas, en vez de que las personas sigan girando, como hasta ahora, alrededor del poder. De lo que queda de poder, claro. ¡Donde hay que firmar, Eduardo, macho…!