España: Nunca una generación había vivido una situación tan pésima como la actual

El presidente del PP y del Gobierno de España, Mariano Rajoy.
El presidente del PP y del Gobierno de España, Mariano Rajoy.
Para que los servicios públicos sean equitativos y gratuitos en el punto de prestación, no es necesario que todos ellos sean suministrados con un enfoque monopolista por el sector público.
España: Nunca una generación había vivido una situación tan pésima como la actual

Nunca una generación de españoles había vivido una situación tan pésima como es la actual en todos los órdenes económicos, sociales y políticos. Nunca habíamos experimentado una ausencia de liderazgo tan acusada para saber enfrentar los gravísimos problemas de una sociedad desencantada con casi todo. Los líderes políticos son muy importantes. Y, las cualidades cuentan: son una condición sine qua non para recuperar el futuro de la política. No se trata de buscar un Moisés que conduce a los israelitas por un camino incierto de obstáculos desconocidos. Se trata de la apremiante necesidad de constar con nuevos líderes que estén dotados de una única cualidad: el deseo de hacerlo bien.

El Estado de bienestar y los servicios públicos, tal y como los conocemos, se crearon tras la II Guerra Mundial; pero sus orígenes estaban en las teorías de Keynes -y otros- de que el Estado proveía. El capitalismo que había impulsado la revolución industrial generó al tiempo la lucha común de los sindicatos y la voluntad colectiva de enfrentarse a las ruedas trituradoras del capital. Para algunos, esa confrontación se proponía eliminar el capitalismo; para otros, se proponía hacerlo más justo. De esa lucha surgió la idea de que para cambiar la sociedad tenía que haber organización política, y tenía que haber democracia en la forma jurídica del Estado social y de derecho. Un concepto de Estado, no en el sentido de la autoridad fundamental, sino en el que se concentra la expresión política y social de esa voluntad colectiva: no con la fórmula tradicional de “los grandes asuntos de Estado”, sino como proveedor, a través de los impuestos que todos pagamos, para quienes no podían proveer para sí mismos. Así fue primero como se realizó esta idea en el campo de las pensiones y de la Seguridad Social, después en educación y sanidad. El estado también regulaba: leyes sobre seguridad, sobre la protección de los menores y las mujeres, sobre el despido improcedente y, más recientemente, sobre la dependencia. El Estado protegía. Su poder regulador limitaba y domesticaba el poder del capital. Pero el Estado creció, y a medida que crecía, su propio éxito se convertiría en su problema. Las burocracias que indefectiblemente están incrustadas en los engranajes de la acción estatal necesitaron más financiación que procedía de los mercados, de unos mercados que trajeron así la crisis y la consiguiente deuda que ahora tantísimos nos ahoga.

Pero, las burocracias son gestionadas por personas, y las personas tienen intereses, como los tiene, por ejemplo, sin ir más lejos un ministro de Economía. Los gobiernos utilizan el sector público, dependen de él, y forman parte de él. De esta manera, los ciudadanos somos presa fácil de quienes, desde el mismo seno de los servicios públicos, dicen que el cambio nos va a perjudicar. Qué cualquier replanteamiento del modo y la forma en la gestión de los intereses colectivos conduce derechamente al desmantelamiento del Estado del bienestar. Una idea de la que se apropió pronto los sectores más combativos de la derecha política, trufados de “liberalismo” del que poco o casi nada en realidad saben sobre su desarrollo histórico y conceptual. Pero, también, se ha convertido en un clásico de la izquierda la confusión entre medios y fines, que ha perseguido las políticas progresistas durante mucho tiempo.

Para que los servicios públicos sean equitativos y gratuitos en el punto de prestación, no es necesario que todos ellos sean suministrados con un enfoque monopolista por el sector público, ni que estén controlados de forma rígida por esas burocracias profundamente reacias a las innovaciones. No hay que olvidar que los que dirigen y gestionan un servicio público obedecen tanto a sus “propios” intereses como al interés público. Las personas tienen intereses. Y mientras que el mercado obliga a cambiar, no existe una obligación legal análoga en el sector público. Si se deja a su aire, va creciendo. Pero, los gobiernos pueden cambiarlo desde el ejercicio de un liderazgo firme, eficiente y real. Por esos es tan necesario ahora más que nunca disponer de nuevos líderes políticos que no sólo gestionen sino que, sobre todo, sepan dirigir e impulsar la sociedad. Porque, en el político de la izquierda al menos, no debería existir otro fin que el servicio del interés general, y no utilizar otros medios que aquellos que contribuyan el bien de los ciudadanos.

España: Nunca una generación había vivido una situación tan pésima como la actual
Comentarios