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MUNDIARIO

Ni son extraños los aplausos ni las caceroladas

Siempre han estado ahí; ahora afloran. La uniforme apariencia del confinamiento propicia ser incautos, pero no debiera impedir ser prudentes.
Ni son extraños los aplausos ni las caceroladas
Los aplausos a los sanitarios. / Pixabay
Los aplausos a los sanitarios. / Pixabay

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Manuel Menor

Manuel Menor

El autor, MANUEL MENOR, es analista de educación de MUNDIARIO. Licenciado en Historia y doctor en Pedagogía, ha enseñado Ciencias Sociales en Secundaria. @mundiario

Siempre han estado ahí; ahora afloran. La uniforme apariencia del confinamiento propicia ser incautos, pero no debiera impedir ser prudentes.

Los que aplauden a las ocho es posible que, a partir del sábado, dejen de aplaudir. Las cacerolas, que hasta hace poco se mezclaban tímidas, han cogido fuerza y, en algunas zonas, llevan la voz cantante. Ambas sonoridades –con sus paisajes sonoros respectivos- simbolizan posiciones distintas e, incluso, opuestas en muchos casos. Como si de un gran patio de colegio se tratara, en la España sonora de estos días algo está variando.

Aplausos y cacerolas

El sonido, que siempre acompaña a los acontecimientos, es de los aspectos de la expresión humana que menos suele usarse para documentar qué haya sucedido en un determinado momento; ni en los relatos literarios –salvo extraordinarios narradores- suele prestarse atención a la información que presta. En contraste con los animales, los humanos, en general, solemos tener más embotada esta percepción. Algunos músicos y especialistas sí le vienen prestando más atención desde que el canadiense Murray Schafer se interesó por ello a comienzos de los años setenta; en España, también prendió la idea y, a comienzos de los ochenta, ya había una tesis sobre el paisaje sonoro que, en el entorno de Valladolid se había desarrollado entre 1890 y 1923. Las 1200 páginas mecanografiadas de esa tesis son un lujo de análisis  mostrando la amplitud de interrelaciones significativas que, en ese espacio urbano, tenían la vida social, económica y política con la muy estrictamente cultural. Es una perspectiva de gran interés par quien quiera analizar qué esté pasando aquí, ahora mismo.

Que hay un debate y muchos desacuerdos es obvio y, hasta cierto punto, necesario. Las unanimidades son extraordinariamente raras en la evolución humana y, normalmente, signo de historias extrañas con limitaciones que atentan contra lo valioso de la integridad moral. En este momento, sin embargo, lo que crecientemente se va mostrando –pues estamos en un paisaje dinámico-  es una disconformidad que esconde serios problemas de fondo, además de que lo que sucedía hace unos días en Núñez de Balboa (de Madrid) de manera anecdótica está adquiriendo presencia organizada en otros barrios madrileños e, incluso, en ciudades como Valladolid y Granada, con riesgo de enfrentamientos. No es igual tratar de derrocar a un Gobierno –como algunos desearían- o simplemente llamarle la atención, sin tener en cuenta que estemos o no ante un problema muy serio y urgente –no ante un juego divertido-, una situación muy delicada, bastante más allá de España.

Indiferentes a esto, las sensibilidades que afloran expresan, de todos modos, urgencias y  conflictos de intereses más profundos; en todos los patios de recreo ha habido siempre de todo, por muy vigilado que estuviera, incluidas extorsiones de los más fuertes a los más débiles e, incluso, encerronas en que lo que realmente sucedía nada tenía que ver con lo que parecía suceder, con desdén incluido hacia quien tuviera que pagar el pato. Siempre ha habido, también, la urgencia de cada cual  confundir la realidad con los deseos, cuestión que, en un paisaje donde hay 17 autonomías más dos ciudades autónomas, la cogobernanza con un Gobierno central lo complica todo más.

Volver a empezar

Provechoso sería que, en esta maraña twittera, evaluáramos hasta dónde nos haya llevado la presunta educación en valores democráticos, morales, éticos o cristianos hasta ahora, el otro embrollado panorama de fondo, en que se vio arriesgado poner como asignatura común una “Educación para la Convivencia”, o su réplica en 2006, “Educación para la Ciudadanía”: la LOMCE de 2013 es todo un paradigma de desacuerdos. Ahora que nos debatimos entre lo urgente –la salud pública de todos- y lo necesario –las necesidades de reactivación económica-, debiéramos tener más claro de qué nos sirva lo común y lo particular a la hora de decidir: si, por ejemplo, hemos de dar preferencia a los consejos de los médicos y virólogos, o a lo que algunos empresarios ansían, indiferentes a cualquier rebrote. Si no hemos de prestar atención a qué hayan hecho con la Sanidad y la Educación pública en estos años y da igual,  tampoco debiéramos enfadarnos por  la coherencia  o la insensatez de nuestros políticos; debiéramos estar tranquilos con que sus conveniencias apresuradas por demostrar su valía personal ante sus posibles votantes propicien que los más alocados se encuentren tan a gusto.

Esta anormal “nueva normalidad” es, pese a todo, un buen momento para repensar para qué nos ha servido el sistema educativo que tenemos, con tantas carencias como arrastra desde antes de la EGB (en los años setenta). Como ningún otro instante, se presta para considerar qué hayamos aprendido sobre lo que importa: qué sobra y qué falta, para repreguntarnos -como hace Rafael Feito en un libro reciente- qué pinta una educación como la que tenemos en un mundo que está mutando tanto ante nuestros ojos. Deberíamos dejarnos de bizantinismos que no nos protegen de nada para ocuparnos de lo que le falta a la “universalidad” educativa para que sea de verdad una enseñanza de todos y para todos. ¿En qué consiste realmente su “calidad”: que seamos capaces de distinguirnos mejor de nuestros vecinos? ¿Conseguiremos mejor “excelencia” educativa si logramos “capital humano” estupendo para las empresas aunque conviva peor?

Todo en educación –como en la vida colectiva- es una cuestión de preferencias, elección y acuerdos; igual que con la COVID-19, no es aséptico haber nacido en uno u otro barrio, en una u otra ciudad: tiene consecuencias para los demás que unos nazcan sin derechos mientras otros se permitan lo que les venga en gana. En el mundo incierto en que estamos todos metidos, o concordamos en lo que más importa o nos perderemos todos; no es que tengamos que ser uniformes en todo pero sí hemos de aprender a respetar la igualdad profunda que tenemos como personas. Eso proponía, ya en 1789, la Declaración de los Derechos del Ciudadano; lo que, después de la IIGM, acordamos llamar Derechos Humanos como algo que no es de concesión benevolente, sino de rango universal por nacimiento. ¡Ánimo¡ En este ruidoso momento, también hay esperanzados sonidos: a punto parece, por ejemplo, una avanzada vacuna que ya está en 2ª fase de ensayo. Y también están acordes los principales motores de la Unión Europea en crear instrumentos financieros que propicien la recuperación económica; no para autoengañarnos, sino para “volver a empezar”, como decía ante cualquier adversidad el apicultor de Lars Gustaffson. @mundiario