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Los nacionalistas catalanes demócratas se dejan arrastrar por un derechista servil

Más que un supremacista, el ahora presidente Quim Torra es un nacionalista derechista, a veces practicante de una dialéctica agresiva, que evoca la España de los años 30 del siglo XX pero no la Cataluña –y la Barcelona– del siglo XXI. La situación parece preocupante.

Los nacionalistas catalanes demócratas se dejan arrastrar por un derechista servil
Quim Torra. / Mundiario
Quim Torra. / Mundiario

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José Luis Gómez

José Luis Gómez

Fundador y editor de MUNDIARIO, también es columnista de la agencia Europa Press. Tertuliano de TVG y Radio Galega, colabora en La Región. Dirigió Capital, Xornal y La Voz de Galicia. Ex director editorial de Grupo Zeta. Autor del libro Cómo salir de esta. Coeditor del Anuario del Foro Económico de Galicia. Twitter: @J_L_Gomez

Los nacionalistas catalanes demócratas están dejándose arrastrar por Quim Torra, un derechista servil, para mayor gloria de Carles Puigdemont, cuyo lenguaje es insultante e impropio de su cargo. Más que un supremacista –el supremacismo es otra cosa–, el ahora presidente Quim Torra es un nacionalista derechista, a veces practicante de una dialéctica agresiva que evoca la España de los años 30 del siglo XX pero no la Cataluña –y la Barcelona– del siglo XXI.

Es evidente que hay un nacionalismo catalán demócrata, mayoritario en su mundo, que hasta ahora convivía con algunos nacionalistas impetuosos, minoritarios, de poca praxis democrática, pero sin riesgo alguno para la democracia. A Jordi Pujol se le podrá reprochar la corrupción del 3% pero no su talante demócrata, por muy desafortunado que fuese alguno de sus escritos; especialmente uno sobre los andaluces, realmente impresentable e intolerable. Lo mismo cabría decir de Artur Mas, por mucho que a veces fuese altanero, no solo ante los nacionalistas españoles, que también los hay, sino incluso ante otros nacionalistas periféricos. Lo saben bien en el BNG, por poner un ejemplo.

El nacionalismo catalán democrático y el socialismo democrático catalanista conformaron durante años la centralidad política de Cataluña, ahora en poder de gente un tanto extraña, de escasa trayectoria política y con un talante poco o nada democrático. Todo ese cóctel constituye un factor de riesgo para el propio sistema, de ahí que resulte aconsejable constatar que la situación ha cambiado y que gestionarla exige altura de miras, tanto desde Barcelona como desde Madrid.

Como observa con buen criterio el editorial del diario El Correo de Bilbao, la investidura de Quim Torra centra la atención en la personalidad del designado por Carles Puigdemont y en la relación jerárquica que, contra todo sentido institucional, el 131º presidente de la Generalitat sugiere respecto al político autoexiliado. Puede tratarse de un mero teatrillo de Carles Puigdemont pero si es algo más que eso, que puede serlo, no es ninguna broma.

Mas hizo bueno a Pujol, Puigdemont hizo bueno a Mas, Torra hace bueno a Puigdemont... Pero no nos engañemos: el problema de Cataluña no se reduce a Quim Torra. Algo debe de estar pasando para que los nacionalistas catalanes demócratas están dejándose arrastrar por semejante personaje. Y ese algo es lo que debería preocuparle –de verdad– al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy

Como se sabe, un viejo proverbio oriental dice que cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo, pero el dedo y la luna pertenecen a dos mundos diferentes, a dos realidades distintas, como sugiere el budismo zen. Aquí lo importante es si los catalanes están destinados –o no– a ser independientes mediante una república propia. Aquí lo importante es la luna, no el dedo. Y desde Madrid hay demasiada gente mirando al dedo, entretenida con el populismo casposo que ahora anida en algunas partes de Barcelona, que no en toda Barcelona... (Continuará) @J_L_Gomez