Los musulmanes que quieren integrarse no sienten los efectos del "eurocentrismo", la nueva cantinela

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Un imán integrista fue condenado por perseguir a una educadora social musulmana.

Imanes radicales predican y practican la persecución sistematizada  a quienes, sin renunciar a su personalidad y cultura, han tratado de amoldar sus vidas a la de sus vecinos, para disfrutar plenamente de los derechos occidentales, como ha ocurrido en Cataluña.

Los musulmanes que quieren integrarse no sienten los efectos del "eurocentrismo", la nueva cantinela

La invocación al “eurocentrismo” como una de las causas que impide la integración de los musulmanes e  Europa es una de las más repetidas cantinelas, junto con lo de la “islamofobia” que repiten los que pretenden distraer de las verdaderas causas de un problema cuyas motivaciones fueron  definidas con rotunda claridad por uno de los más reconocidos politólogos y renovadores de la sociología política de nuestro tiempo, el profesor Giovanni Sartori y confirmaron Fucuyama y Huntington: No se integran porque su fidelidad a una religión donde la misma regla rige todos los órdenes de la vida no se lo permite.  Y ahora se ha inventado una nueva causa: “que la integración no puede ser asimilación”. Nadie pretende tal cosa, simplemente, que asuman el sistema de valores, exigencias y reglas que la sociedad occidental ha establecido como parte esencial de nuestro modelo de vida, y dejen  para el ámbito privado, en todo caso, aquellas particularidades que sean compatibles con la vida occidental.

Y lo que es curioso es que cuando un musulmán, como una educadora social de Cunit (Tarragona) se integra, deja  de llevar velo y se convierte en una ciudadana más, el imán radical y su entorno la persigue, aísla, señala y acosa, como ocurrió en este y otros casos.

Sartori, quien dedicó gran parte de su obra más reciente al análisis de este fenómeno, ponía como ejemplo de esa imposibilidad de que el Islam fuera compatible con otras culturas sin tratar de imponerse el caso de la ruptura de la India en dos países, Pakistán y al India, con gran dolor de Ghandi. Y en ese sentido anotaba que las únicas comunidades que tiene problemas cada vez más graves de instalación en Europa sean las musulmanas, al contrario de lo que ocurre con otros colectivos cada vez más numerosos y dotados de una fuerte cultura de origen como los chinos. Y se destaca que las primeras víctimas de este proceso son los propios musulmanes que quieren vivir al modo occidental sin dejar de serlo.

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Dos culturas, dos mundos.

 

Lo más sorprendente es que personas que se supone mejor informadas de las realidades sociales se hayan encaramado en esta manida acusación, haciendo suyo el argumento de cierta izquierda tan comprensiva con el islamismo y sus formas.

Veamos algunos ejemplos prácticos de física recreativa, sin salirnos de Galicia: En un colegio público de Vigo, una madre musulmana exige que su hijo no coma al lado del resto de los alumnos que consuman cerdo, por si al chaval se le ocurre probarlo y llega a pedir que este animal se retire de la dieta común. Y en un centro de acogida de Lugo, de la Xunta de Galicia, se suprimen las lentejas con chorizo, al modo tradicional y se cocinan sólo con verduras para todos los acogidos, musulmanes o no, imponiendo contra la cultura común una forma de condimento que sólo interesa a los seguidores de Alá.

Como bien sabe el profesor Bello Janeiro, que fue director de la Escuela Gallega de Administración Pública, en unas oposiciones a la Xunta de Galicia, una candidata musulmana logró ser apartada de la masa general de pretendientes a empleo público porque las pruebas eran en viernes (invocando las previsiones del acuerdo de cooperación del Gobierno con las comunidades islámicas, que prevé ésta y otras excepciones de orden laboral o académico cuando determinadas actividades coinciden con fiestas musulmanas). En el caso citado, nótese la discriminación que sufrieron el resto de los opositores: no es lo mismo examinarse con medio de la presión de cientos de competidores que hacerlo tranquilamente sola.

La casuística de los conflictos cotidianos en este orden sin repetidos e innumerables: desde exigir que en los sanitarios varones no puedan reconocer a mujeres musulmanas en determinadas dolencias, o, como ocurrió en Vigo, que un musulmán se negó a que su esposa cumpliera el protocolo previo a una intervención quirúrgica y pretendía que acudiera con chador y sin ducharse a la sala de operaciones, o todavía reciente, que un senegalés que precisaba una intervención de urgencia, se negara a ser tratado por cirujanas mujeres.

Las profesoras de la UNED que acuden a examinar a Marruecos, por ejemplo, relatan sus problemas constantes con los alumnos masculinos que no reconocen su autoridad y han protagonizado repetidos conflictos. ¿Es todo esto causa del eurocentrismo o de que simplemente  no se aceptan las reglas comunes de vida social y convivencia en el país donde quieren vivir.

Cuando cambie la masa crítica

Y lo peor está por llegar. Si como explica el profesor Sartori, estas masas de recién llegados nacidos aquí, en la medida de que cada vez son más, si no asumen con normalidad esas reglas comunes, en las comunidades donde se instalen, cuando cambie la masa crítica; es decir, cuando sean más, como ya ocurre en localidades del Levante español, tratarán de imponer sus reglas. Se señala al respecto que, como votantes, los musulmanes pueden lograr imponer sus condiciones sin necesidad de abanderar partidos políticos excluyentes. El caso de la ciudad francesa de Lille es un perfecto paradigma donde la comunidad islámica ha alcanzado un poder numérico tan relevante que son fundamentales para que la alcaldesa, la socialista Martine Aubry,           tuviera que hacer condiciones esenciales como modificar los horarios de las piscinas municipales para que haya periodos solo para mujeres tal como exigen los imanes. Y aquí se pretende. ¿Negarse a esta barbaridad es “eurocentrismo”, “islamofobia”, “asimilación”?

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Jóvenes musulmanas españolas.

En el ámbito de lo cotidiano, una gran parte de los incidentes –cada vez más frecuentes- que perturban la convivencia entre la comunidad musulmana que vive en España y el entorno donde se halla instalada, sobre todo en Cataluña y el Levante, se deben a la resistencia de aquélla a aceptar someterse a las normas más comunes que ordenan la sociedad civil en los aspectos más ordinarios. Pero lo peor no es que traten de imponer no ya sus códigos morales o religiosos, sino prácticas que en el ordenamiento del mundo occidental son comportamientos no admitidos por las reglas que enmarcan la vida en sociedad (o incluso delitos), desde la higiene a los límites a la potestad de los padres, los derechos de la mujer o las libertades personales.

Y todo esto a que se debe, veamos la experiencia en otros países europeos, como Francia o Alemania o el Reino Unido, que muestra que amplios sectores de la población musulmana, ya nacidos y educados en estos países, se han impermeabilizado frente al resto de la sociedad, manteniendo su unidad interna con criterios identitarios de un fuerte carácter religioso. Y aunque sería desproporcionado asociar automáticamente estos movimientos políticos a los grupos proselitistas del integrismo islamista, tampoco sería realista ignorar los vínculos que se han detectado entre unos y otros. ¿Tiene otra explicación lo que acaba de sufrir en Cataluña.

La persecución a quienes quieren integrarse

A ello debe añadirse la persecución sistematizada a que, dentro de dichas comunidades, se somete a quienes, sin renunciar a su personalidad y cultura, han tratado de amoldar sus vidas a la de sus vecinos, para disfrutar plenamente de los derechos, libertades y ventajas de la sociedad democrática occidental. Es decir, que se pretende forzar justamente “la no integración” de quienes lo intentan. Los ejemplos son gravemente expresivos.

Los incidentes entre parte de la comunidad musulmana que vive en España (especialmente en Cataluña y el Levante) y el resto de los ciudadanos suele tener dos características comunes: Primero, los intentos de imponer sobre la norma de convivencia civil que debe regir la sociedad que las acoge, hábitos propios, aunque sean contrarios a aquélla o al derecho común, por parte de personas que están resueltas  a enfrentarse –cada vez con mayor resolución- a las propias autoridades, recurriendo a la cantinela de “xenofobia” contra quienes les recuerdan simplemente que deben cumplir las mismas reglas que el resto de los habitantes. En segundo lugar, la persecución de que son objetos dentro de sus comunidades quienes, sin renunciar a su personalidad y cultura, tratan  de adaptarse y vivir sus vidas conforme el entorno donde se han instalado.

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No todas las musulmanas quieren vestir de este modo.

En ocasiones, trasciende otro tipo de problemas, sobre el control personal que, desde determinadas mezquitas, se intenta imponer sobre inmigrantes musulmanes de origen magrebí recién llegados. En este sentido resultan altamente preocupantes cabe recordar el secuestro de una mujer a la que se pretendía castigar conforme la “Sharia” por un presunto comportamiento que en el mundo occidental pertenece en todo caso a su libertad e intimidad personales, y los intentos de coacción de otra madre de familia, acusada justamente de haberse integrado en la rutina de cualquier vecino común de su entorno, del que los musulmanes deben permanecer alejados, según la doctrina no ya de clérigos radicales, sino de gran parte de su propia comunidad . Ambos casos ocurrieron en Cataluña no hace mucho.

 La imputación de cuatro marroquíes de la comunidad islámica de Cunit (Baix Penedès) por acoso a una mediadora cultural Fatima Ghailan (también marroquí) por llevar un estilo de vida occidental abrió un nuevo frente en el debate sobre la inmigración: las tensiones entre sectores inmigrantes moderados y aquéllos más extremistas, así como la actitud que deben adoptar las autoridades en estos conflictos. La fiscalía pidió cinco años de cárcel para el imán de la localidad, Mohamed Benbrahim; cuatro para el presidente de la Asociación Islámica de Cunit, Abderramán El Osri, y otros dos para la esposa y la hija del imán. Se les acusó de amenazas, calumnias y coacciones contra la mediadora por su excesiva integración, según la instrucción judicial.

Finalmente, se impusieron penas livianas: un año de cárcel al imán de Cunit (Tarragona), Mohamed Benbrahim, por coacciones graves contra Fatima Ghailan; nueve meses de cárcel por el mismo delito al presidente de la Asociación Islámica de Cunit, Abderramán El Osri, y una multa de 730 euros a la hija del imán, Haffsa BenBrahim. El Juzgado de lo Penal número 2 de Tarragona, que los absolvio de los delitos de calumnias, e impuesto la prohibición de acercarse a menos de 500 metros de la víctima durante dos años.

Lo peor de esta historia, es que la mediadora cultura no recibió el menor apoyo del Ayuntamiento, sino el aislamiento laboral. La alcaldesa incluso le exigió que retirara la denuncia y los servicios municipales no le facilitaron asistencia jurídica. El imán y el presidente de la comunidad solicitaron el despido de Ghailan alegando que esta creaba malestar entre la comunidad musulmana. Alberich aceptó el documento y les notificó que lo estudiaría "con preocupación".

Presiones de la comunidad musulmana

Las presiones de la comunidad islámica contra Ghailan se ejercieron en tres frentes, según el auto judicial. Primero intentaron convencer al marido de que debía abandonarla. Luego la hija del imán, Haffsa Ben Brahim, promovió una recogida de firmas que entregó a la alcaldesa de Cunit, pidiendo su despido por "no tener derecho" a ocupar la plaza, entre otros agravios que el juez considera falsos. Finalmente, El Osri contactó con el consejo comarcal y pidió que Fatima fuera despedida por haber insultado al imán, lo que resultó ser falso, según el juez.

También habló con la Oficina de Asuntos Religiosos de la Generalitat para desacreditarla. Dijo que Ghailan era "un topo" en el Ayuntamiento y que les pasaba información. Incluso recurrió al imán de Mataró para que la echaran del trabajo. "Oí que Fatima trataba mal a la gente", se justificó de sus actos El Osri ante el juez.

Ghailan fue distanciándose de la comunidad que lidera el imán hasta que en 2007 logró la plaza de mediadora cultural en el Ayuntamiento de la localidad. "Entonces empezaron los problemas", dijo Ghailan al juez en diciembre de 2008. El imán "consideró que el hecho de vestir sin el velo islámico, que se relacione con españoles no musulmanes, al igual que sus hijos, y que esté al margen de la comunidad islámica la hace merecedora de reproche” La sentencia explica que se considera probado que el imán "interesó que se llevara a cabo una campaña de desprestigio contra la perjudicada, teniendo una actitud violenta contra ella, llegando a amenazarla y a decirle que iba a acabar con ella y con su familia, interesando igualmente su expulsión del ayuntamiento de Cunit."

Los musulmanes que quieren integrarse no sienten los efectos del "eurocentrismo", la nueva cantinela
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