¿El mundo que llora es consciente de que el sur, el sur que amó Madiba, también existe?

9 Dibujo de Tomás Serrano - España - Homenaje a Mandela
Dibujo de Tomás Serrano en homenaje a Mandela.

¡Mandela ha muerto! Sí, acaba de desvanecerse físicamente. Pero Madiba llevaba décadas muriéndose de pena encerrado con el juguete roto de la integración racial de su pueblo.

¿El mundo que llora es consciente de que el sur, el sur que amó Madiba, también existe?

Confieso que me da reparo poder estar compartiendo con la humanidad lágrimas de cocodrilo. Entrar en el juego mediático e interactivo de un mundo de elegidos y electores que ha oído los sonoros sollozos de las “vuvuzelas”, pero no se ha dignado a escucharlos.

Uno de mi calle me ha dicho que conoce a un tipo que asegura que ha conocido a un fulano que afirma que es feliz. Podría ser Rajoy, en una de esas ocasiones en las que ve misteriosos brotes verdes, como el niño del Sexto Sentido veía muertos. Pero la felicidad de Mariano es intermitente. Todavía, dos años después, no acaba de creerse que haya llegado a Presidente del Gobierno Español. También he pensado en Miguel Arias Cañete, en un ataque de éxtasis “teresiano” por la alta vida que dicen que le espera en la Comisión de Bruselas ¿Quién mejor que él, experto en ganadería, para imponer el silencio de los corderos que exige Ángela Merkel? Puestos a elucubrar, puede que haya sido uno de esos ministros in pectore que aseguran que van a dejar los Reyes Magos en La Moncloa. Sus Majestades de Oriente, en su sabiduría, han pensado que no puede haber mejor regalo que una crisis de gobierno para un país en crisis integral política, económica y existencial. Ya les he dicho yo a Melchor, Gaspar y Baltasar que ¡menos lobos, caperucita!, porque este pueblo ha dejado de creer en los reyes. Pero estos señores tienen la autoestima por las nubes, tras haber mantenido sus coronas indemnes a regicidios de Cromwell, guillotinas de París o asaltos a palacios de invierno.

Otra posibilidad, más remota, es que haya sido Hollande ebrio de “grandeur”, o el Primer Ministro inglés embelesado con el botín de sus corsarios de la City de Londres, u Obama, encantado de poder seguir sacando dollares de la vieja chistera del Tío Sam, mientras Europa se flagela con la máquina de hacer Euros gripada en Berlín. Quizá estaban de paso, de riguroso incógnito, en una escala antes de volar a Sudáfrica a rendirle honores a Nelson Mandela.

A propósito de Madiba  

Porque ahí quería llegar yo, tas dejar volar mi imaginación haciendo cábalas sobre el tipo feliz del que ha hablado uno de mi calle. De Madiba, que probablemente emprenda la lucha en el más allá para acabar de una vez con el “apartheid” virtual del infierno, ese Soweto de las almas perdidas que ha mantenido el régimen católico, apostólico y romano durante veinte siglos y trece años, me ha interesado mucho lo que han dicho tantos en tan pocos días. El abrumador diluvio de panegíricos no lo supera ni el diluvio universal. El dolor que ha producido su irreparable pérdida por los cuatro puntos cardinales de la humanidad, es el primer hallazgo conmovedor que emerge de la insoportable levedad del ser en el gélido océano de la globalización. Y, sin embargo, nadie escribirá sobre su tumba, negro sobre blanco, y nunca mejor dicho, el epitafio inmortal y trascendente que, a mis escasas luces, se merece su legado didáctico: “Aquí yace Nelson Mandela, paradigma político de inteligencia emocional, de libertad interior, de empatía sostenible y demás atributos extinguidos en los distintos y distantes Olimpos de paso de los dioses con pies de barro de la Tierra”

Mandela lleva años muriéndose de pena

A la sombra de la emoción de las Casas Blancas, de las solemnes banderas a media asta, de los preparativos del funeral urbi et orbi, de las lágrimas de papel periódico de occidente, de los pueblos que intuyen que se han quedado huérfanos, debería trepar la miserable enredadera de la vergüenza por las páginas en blanco de la historia que todavía no tiene quién la escriba. La vergüenza individual de los dirigentes y la vergüenza colectiva de las civilizaciones dirigidas que se han puesto de acuerdo para rasgarse cínicamente las vestiduras: ¡Mandela ha muerto! Si, acaba de desvanecerse físicamente. Pero llevaba décadas muriéndose de pena encerrado con el juguete roto de la integración racial de su pueblo ¡Tanta cárcel, tanto dolor, tanta sangre para derribar ese otro muro de la vergüenza de un siglo XX que debería sonrojarnos, para que todo siga casi igual después de haberlo cambiado casi todo!

Los sonoros sollozos de la vuvuzelas

El hombre que hizo sonar las trompetas de Jericó y derrumbó las alambradas del “apartheid”, es el mismo al que occidente ha condenado durante un par de décadas a escuchar los sonoros sollozos de la vuvuzelas entonando réquiems por la corrupción, por la inseguridad, por la pobreza, por la desigualdad de oportunidades. Lo dejamos ahí en el sur, indefenso, impotente, al timón de un pedazo del planeta que soñó en 1990 con empezar a navegar por el Cabo de Buena Esperanza, ¡oh capitán, mi capotán!, y acabó resignándose a capear un temporal sociológico en el Cabo de las Tormentas. El hombre por el que estos días doblan las campanas en los cuatro puntos cardinales de la Tierra, ha sido el más abandonado a su suerte, a la suerte de su pueblo, durante el tramo final de su viaje por la vida, sólo ante el peligro de la siniestra conjunción de los intereses creados, de la diplomacia torticera, de la devaluación de la inteligencia emocional y del calculado extermino de la empatía programado por los mercados y sus plagas de mercaderes de Venecia, ¡joder que tropa!, decididos a comerciar con sueños, con esperanzas, con millones de toneladas de carne humana para el consumo de las Bolsas, de los grupos inversores, de las macroeconomías de Estado y de las “econosuyas” de los socios selectos del club Forbes. Conmigo, Director, que no cuenten para contribuir a regar la hierba de la tumba de Madiba con lágrimas de cocodrilo.

Un mundo que oye pero no escucha

Me asalta todas las mañanas la duda metódica respecto a la salud mental de los pesimistas y la salud mental de los optimistas. Todavía no he llegado a un diagnóstico, y sigo dejando los deberes para el día siguiente. Pero luego, verás, llegan los mediodías, te bombardean las imágenes de los telediarios que valen mil palabras y, oye, de verdad, cada vez que sale un dirigente de los opulentos estados del planeta esbozando una amplia y obscena sonrisa (a veces incluso una carcajada), ante dios, la historia y las cámaras, confieso que no puedo reprimir una expresión que me sale de las entrañas: ¡será gilipollas el tío!

¿Pero de qué se ríen esos tipos que elegimos en las urnas para que nos defiendan, si nos están dejando indefensos ante las codiciosas fuerzas oscuras que nos exterminan? Si se riesen de sí mismos, ante su ridícula paradoja de haber sido elegidos para mandar y haberse convertido en unos mandados, aún tendría un pase. Pero yo creo que se ríen porque tienen techo vitalicio, y estado de bienestar hasta que la muerte les separe, y más cara que espalda, y menos inteligencia emocional que una de esas moscas que sólo tienen un día de existencia. Se ríen como hienas, porque han descubierto repugnantes oasis de felicidad en un inabarcable desierto de angustia, de miedo, de miseria, de hambre, de desesperanza, de desarraigo, de marginalidad, como consecuencia de ése otro cambio climático sociológico al que ni siquiera han dedicado un mísero protocolo de Kyoto.

     -Oiga usted: ¡también se reía Madiba!

     - Sí, es verdad. Pero con el alma. Desde la conciencia tranquila de un hombre que, primero sin poder, y después desde el poder, había eliminado un apartheid racial y lo había intentado con el apartheid social y moral que denuncian los gritos desgarrados de las vuvuzelas. Esas que el mundo ha podido oír pero no se ha dignado a escuchar.

   Madiba, tronco, ¡qué solos se quedan los vivos…!

¿El mundo que llora es consciente de que el sur, el sur que amó Madiba, también existe?
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