El mundo parece estar huérfano de JFKs, mientras agoniza de mediocridad

Tumba de John F. Kennedy, junto a la llama eterna en el Cementerio Nacional de Arlington.
Tumba de John F. Kennedy, junto a la llama eterna en el Cementerio Nacional de Arlington.

Ya no es la economía, estúpidos, sino el déficit galopante de mitos. Sin mitos no hay paraíso, Grecias Clásicas, filósofos capaces de inculcarnos el amor platónico a los sueños y a la vida.

El mundo parece estar huérfano de JFKs, mientras agoniza de mediocridad

Acababa de cumplir 12 años+1 cuando JFK se balanceó para adelante, después hacia atrás, como una hoja mecida por la brisa de otoño. Diez segundos antes de desplomarse como un muñeco roto, era la reencarnación del Rey Arturo, el arquitecto de otro Camelot herméticamente envasado al vacío de la leyenda, el elegido para volver a empuñar Excalibur en la Crisis de los Misiles, el hombre que soñaba en el porche de la Casa Blanca, mientras se balanceaba en su mecedora, crick, crack, con regalarle la luna a la raza humana, la mía, la vuestra, que seguía emitiendo aullidos de impotencia y de impaciencia ante las seductoras elucubraciones en papel de Julio Verne.

Tan sólo era un hombre. Un católico que, probablemente, todavía  esparcía aromas prohibidos de perfume de otra mujer en su último trayecto en limusina presidencial. Era inevitable en un planeta en el que la tentación vivió, vive y vivirá arriba por los siglos de los siglos. Era sólo un hombre, ya digo, y esa era precisamente la gracia que sus detractores llevan 50 años queriendo convertir en su desgracia biográfica. Ya sé, ya sé que dicen que hizo “cochinadas” íntimas e irreproducibles en horario infantil y públicas y notorias en una bahía de Cuba. Pero, chico, si hubiese sido un Dios, no habría quedado grabado en el disco duro de una generación su Nueva Frontera como antídoto contra el gélido Telón de Acero; ni su invitación a los americanos a preguntarse lo que ellos podían hacer por América; ni que se declarase berlinés, “Ich bin ein Berliner”, a medio metro de Muro de distancia del lado oculto de la democracia donde, a la gente corriente, todavía le faltaban 26 años para poder levantase una mañana exclamando: ¡good bye Lennin!

El día que nos robaron a JFK

Cuando todavía no sabemos quiénes, cuántos, por qué nos robaron a JFK (confieso que llevo 50 años usando el informe Warren como papel higiénico), los obtusos individuos de raza blanca volvimos a darnos de frente con la cruda realidad. Habíamos perdido nuestra coartada. Habían asesinado al nuevo Abraham Lincoln global que redimía a los rostros pálidos de occidente de los pecados de palabra, obra y pensamiento contra los individuos de raza negra. Pero, al menos, resonaban los ecos del sueño que acababa de tener Martín Luther King, “I have a dream”, ante la estatua del Lincoln genuino. Y Hollywood le había entregado el primer Óscar a Sidney Poitier por su interpretación en “Los lirios del valle”, en un paisaje humano de “apartheid” psíquico, de rebeliones en las aulas universitarias, de jaurías humanas en el calor de la noche y de tolerantes burgueses caucásicos que se veían reflejados en Spencer Tracy y Katherine Hepurn, ay, intentado reaccionar cuando al fin se despejaba la incógnita de una temida pregunta: ¿Adivina quién viene a cenar?

Necesitamos a los mitos, como el comer

Adivina, Director, por qué he bajado hoy del desván el álbum de cromos de mis mitos. Los necesitamos, como el comer. El déficit más preocupante de la raza humana, en el actual occidente conocido, no es el que obsesiona a las Merkel, a los Rajoy, a los hijos de perra de ciertas agencias de calificación, a los tontos útiles de Bruselas, a los sicarios de ese engendro al que llamamos FMI o a los Tíos Gilito que salen en el comic periódico de la revista Forbes. La humanidad padece un dramático déficit de mitos, de Kennedys, de Papas Juan, de Gandhis, de Adenauers, de Madres Teresa, de Olof Palmes, de Mandelas,  de hombres y mujeres de carne y hueso que, sin embargo, nos han regalado períodos de tiempo “al filo de la navaja” que separa la nauseabunda realidad de la isla del tesoro de los sueños. Esos que algunas veces son alcanzables, esos que casi siempre son inalcanzables, que perseguimos los seres humanos desde el instante en el que le damos los buenos días a la vida.

Adolfo, aquel JFK español

Quizá porque, una vez más, desde hace 50 años, se ha derretido mi coraza de escepticismo al calor de la llama eterna que flamea en el cementerio de Arlington. Tal vez porque mi niñez murió vilmente asesinada delante de un televisor con vistas a una Avenida de Dallas. ¿Qué más da? El caso es que me ha entrado la nostalgia de JFK, el hambre de mitos y la alergia aletargada a la mediocridad que envuelve de cobardía a los dirigentes y los dirigidos de la Tierra. Ahora comprendo por qué mi Kennedy español sigue siendo Adolfo Suárez: el hombre que, con un par, se puso en medio de las dos Españas que siempre nos han helado el corazón y nos hizo soñar, a algunos ilusos, con la utópica llegada de los españoles al “Mar de la Tranquilidad” de nuestro currículo histórico, lunático y licántropo. También fue víctima de una confabulación política, de un golpe militar por control remoto, de una emboscada mediática, de una “borbonada” y de un repulsivo magnicidio electoral colectivo que ahora podría hacernos dudar si de aquellos polvos no habremos llegado a estos lodos. Pero, chico, cada pueblo que se lama sus heridas. A mí me parte el corazón que Suárez no pueda recordar que es un mito, pero me consuela saber que Felipe, aquel prestidigitador electorero, tenga que vivir sabiendo que sólo ha sido un buen Presidente; que jamás entrará en el club privado de los nombres propios de leyenda.

¡Tal como éramos!, ¡tal como podríamos ser…!

El año en que JFK entró en la inmortalidad y mi infancia en el taller de desguace, Director, en los cines de United States se proyectaba “América, América” de Elia Kazán, Luís Suárez acariciaba desde hacía tres años un Balón de Oro en homenaje a una fusión del fútbol con la danza clásica y sonaba el “A Hard Day´s Night” de los Beatles en los guateques donde una generación de adolescentes occidentales, los chicos con las chicas, iniciaba precoces maniobras de acoplamiento Apolo-Soyuz. Es la leche, oye, haber crecido rodeado de tantos mitos, y encontrarnos ahora cercados por tanta mediocridad, tanto dirigente marioneta, tanto escritor de basura, tanto cine de paso, tanta música efímera, tanto Messi de Playstation, tanto CR7 haciéndole la competencia desleal a la robótica.

Menos mal que la llama eterna de Arlington, tantos Arlington, nos permiten recordar ¡tal como éramos!, ¡tal como podríamos ser!

El mundo parece estar huérfano de JFKs, mientras agoniza de mediocridad
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