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MUNDIARIO

Con o sin Moncloa, sí debiera haber un gran pacto

Que llegue a hacerse será complicado. Pero sería un buen modo de afrontar lo que vendrá después de esta cuarentena.

Con o sin Moncloa, sí debiera haber un gran pacto
Firmantes de los Pactos de la Moncloa.
Firmantes de los Pactos de la Moncloa.

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Manuel Menor

Manuel Menor

El autor, MANUEL MENOR, es analista de educación de MUNDIARIO. Licenciado en Historia y doctor en Pedagogía, ha enseñado Ciencias Sociales en Secundaria. @mundiario

La referencia a los Pactos de la Moncloa, en 1977, ha saltado a la palestra política con cierto entusiasmo y corremos el riesgo de volver a la taumaturgia para resolver problemas serios. Esa mención podría hacer errónea la perspectiva de una necesaria concertación.

¿Pacto de la Moncloa hoy?

Las circunstancias no son las mismas, el escenario es muy diferente y el mensaje  que el conjunto de partidos emite  no parece que vaya a favorecer algo similar. No da la sensación de que el Gobierno se haya asegurado antes de lanzar la idea, de que tuviera suficiente respaldo social fuera de su propio ámbito. Y entre los partidos de la derecha -fundamentales para apoyar la idea-, hay quien no parece haberse enterado todavía de qué va este problema y sus consecuencias; hay quien si  le dieran presencia mediática más intensa tal vez cedería; y hay quienes toda esta historia, desde hace ya más de un mes, le es campo propicio para su mensaje milenarista, en términos de hace ochenta años. Nadie parece muy propicio en ese entorno a facilitarle al Gobierno que acuda a Europa este jueves con una fuerte unidad interna. Tampoco parecen dispuestos a facilitarle una especie de lavado de culpas y fallos en la gestión de los pasos dados en días pasados. Todos debieran entender, y el primero el grupo gobernante, que el trabajo que hay por delante no es de un partido o dos tan solo, sino que requiere connivencia de base en todos.

Alguien debiera explicar a los ciudadanos, además, que lo de 1977 no fue un arréglalo gratuito; conllevó sacrificios generales a los que deberemos prepararnos. Por ejemplo, incremento impositivo y limitación de salarios; intervencionismo para derivar atención y recursos hacia lo prioritario; y, por supuesto, delimitación de objetivos sociales y económicos preferentes para su rentabilidad. Algo similar sucede con las referencias que estos día se hacen a un nuevo Plan Marshall, conexo en parte a lo que en 1945 supuso el lanzamiento en Europa de lo que se entendió  -hasta la Caída del Muro de Berlín en noviembre de 1991- como “Estado de Bienestar”. El neoliberalismo y el neoconservadurismo pelearon a muerte con él desde los años ochenta; aquellos “treinta años gloriosos” –que se estudian en el Bachillerato francés- fueron el sueño de los españoles de a pie, pero, cuando llegamos a la mesa europea en enero de 1986, ya estaban retirando el mantel.

¿Solidaridad o justicia distributiva?

¡Ojalá que con un enclaustramiento como el que tenemos, todos hubiéramos decidido esforzarnos en la misma dirección! Algunas reflexiones que circulan por las Redes estos días parece que quisieran convertirnos a un fantástico espiritualismo virtuoso, una utopía de tantas como se han imaginado desde antes de Erasmo. Cada cual es muy libre de idear el mundo como le plazca, pero la democracia es laica y, como tal, no le sobra la moral de los creyentes pero no basta. Si no se traduce en acuerdos y pactos concretos de obligación igual para todos, de poco vale-  Bienvenidas sean todas las buenas intenciones, pero según el viejo refrán –muy de cristiandad política- de buenas intenciones está empedrado el infierno.

Está de moda en algunos medios el recurso a las buenas obras de algunos gremios o trabajos, como si los aplausos que a las ocho recorren la geografía española ya sanaran deficiencias serias. Y suena manipulador que, al lado de tan merecidos reconocimientos –por las carencias que algunos profesionales son capaces de suplir-, con la presunta ejemplaridad de algunos filántropos de mayor o menor riqueza demostrada en Forbes, se trate de provocar el olvido de las patologías estructurales que tenemos. La supuesta calidad de estos no depende de la moralidad individual de nadie; por mucho que nos enfrasquemos en dilucidar el altísimo valor moral de unas personas determinadas poco avanzaremos en la calidad general, y menos si esos filántropos no tienen responsabilidad directa.

Vaya por delante que es de agradecer que, en momentos cruciales, los responsables de algunos ámbitos laborales sean competentes y estén en su puesto cuando los ciudadanos los necesitan. Y que también puede estar muy bien que haya personas que, en situaciones de necesidad, se sientan compelidas por la solidaridad, la caridad o cualquier razón moral para ayudar a los demás. No hay por qué poner pegas a que puedan crecer los donantes a las ONGs, especialmente las que pasan controles homologados de transparencia. Pero todo eso no puede ocultar que una sociedad fuerte y bien trabada no se construye solo con estos voluntarismos, sino con estructuras bien dotadas por los presupuestos públicos progresivos de todos y una gestión democrática, en que el objetivo común no se pierde de vista o no sea trampa para negocios, privilegios y corrupciones particulares.

¿Política económica o Economía política?

No vamos arreglar el pasado, pero enseña realismo en estos asuntos, que permita construir futuro. Hubo caridad a lo largo de toda la Historia europea, sobre todo, a partir del siglo IV, y también sucedió que, en el siglo XVIII, cuando la generosidad de los más pudientes –reyes y eclesiásticos incluidos- era deficiente, surgieron “filántropos” y “benefactores”  y que hasta el Estado asumió labores de beneficencia. Nuestra Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (RACMP) premió una Memoria de la todavía joven Concepción Arenal  que, en 1861, invocaba que todo hacía falta, “beneficencia, filantropía y caridad”, para tanta pobreza como había. Se empezaba a plantear, además, que la pobreza que preocupaba era la del proletariado urbano –del que se ocultaban carencias salariales y sociales-, al que se “cuestionaba” porque empezaba a exigir otro orden político y social más equitativo para una sociedad aburguesada.

Algunos de aquellos académicos empezaron a plantear que había que crear un “estado social”, con instituciones y derechos garantizados por el Estado. En 1890, el propio Cánovas, habló directamente de que con caridad era imposible y que ya era hora de pasar de la “Economía política a la Política económica”. Unos ocho años antes, Bismarck ya había iniciado -para una  Alemania recientemente unificada en torno a Prusia- un corpus legislativo con obligaciones mutualizadas entre empresarios y Estado en áreas de sanidad, educación, vivienda y jubilaciones. Muy pronto, uno de los académicos de la RACMP se preguntaría -cuando aquí empezó un lento cambio de paradigma en la políticas social- cuándo tenían razón: si antes, cuando no admitían la intervención del Estado en la sacrosanta propiedad privada o ahora, en que empezaba a haber alguna ley contraria a la economía clásica.

El debate del pacto

Esa es la urgencia y no el ver si nos llueve del cielo alguna solución mágica, gratuita y bien intencionada. Hay un gran debate al que tendremos que ajustarnos, Estamos en una situación excepcional y, a todas luces, muchas cosas en nuestras vidas no serán como antes. Estemos o no contentos de cómo nos haya ido en este trance: ¿qué Estado de todos queremos construir después de esta situación excepcional? No podemos dar por supuesto que la bondad d algunos hace, por sí misma, el bien de todos. Lo que se oye y ve estos días no deja ver que en qué estemos dispuestos a ceder y perder. Y eso es precisamente un pacto social: cesión mutua, para que todos ganemos en fuerza; eso es la democracia. ¡Ánimo, que falta un poco menos: con el esfuerzo de todos será posible! @mundiario