Millones de españoles están hartos del conflicto catalán y temen el alcance de sus secuelas

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Junqueras y Puigdemont en el Parlamento. / RR SS

La sociedad española ha llegado al límite de hartazgo por el conflicto catalán, y cunde el sentimiento de que todos los ciudadanos se verán afectados por sus consecuencias en su vida cotidiana.

Millones de españoles están hartos del conflicto catalán y temen el alcance de sus secuelas

Yo soy uno de tantos de esos millones de españoles que estamos hartos, aburridos, asqueados del asunto de Cataluña. Se ha hablado tanto, se le han dado tantas vueltas; han vuelto circular los mitos, las mentiras, los lugares comunes que francamente se me quitaron las ganas de añadir nada, de aportar algún análisis o punto de vista sobre este particular, motivo por el que, pese al afecto con que en MUNDIARIO se recogen mis aportaciones, llevo varios días sin nada que decir

Pero el otro día ocurrió algo que me anima a volver a tomar la pluma. Viajaba de Vigo a A Coruña en tren, cuando me coincidió como compañero de asiento un representante catalán de un laboratorio, con quien comencé a hablar. Nos identificamos y me espetó, cuándo le pregunté de donde era: “Yo soy catalán -´me dijo- soy de los apestados”.  Y me acordé entonces de una amiga mía, catalana de varias generaciones, que no es independista, que trabaja en una de las consejerías de la Generalitat, en medio de un ambiente hostil, y a quien sólo dirigen la palabra las limpiadoras.

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Los separatistas del Veneto, con Cataluña.

 

En el caso de mi compañero de viaje, y ante mi asombro me soltó la prédica conocida completa: “Que si los españoles no entendemos a Cataluña, que si esta comunidad da más que recibe, que precisa más autogobierno, que nunca debieron reformar el Estatuto del 2006, que los catalanes sólo querían votar, que si su mujer no aguataba el flamenco….” Y todo así. Lo más curioso es que me dijo que era hijo de valencianos, pero que se sentía muy catalán. Pero no me quedó claro si era o no independentista, porque en ese sentido se quedó a medio camino tras al discurso. Quizá pensó en su agenda de visitas comerciales de las que vive en Galicia y el resto de España. Lo comprendí.

Salvo cuatro pinceladas, preferí cambiar de tema, pues me di cuenta de que era absolutamente imposible sacarlo del clisé consabido que constituye el discurso de una parte de la población catalana, si bien aproveché, citando a autores catalanes, empezando por Vicens Vives, para desmontar sus asertos victimistas y añadí algunos datos históricos de los privilegios de Cataluña, antes y ahora, con respecto al resto de España y le recordé que fueron los ahorros de gallegos, extremeños y andaluces los que financiaron sus infraestructuras a partir de los años sesenta. No paramos de hablar, eso sí, muy educadamente, durante la hora y diez minutos que duró el viaje. Al final, nos despedimos cordialmente, y le di mi tarjeta, para que me llame cuando vuelva Vigo para invitarlo a almorzar y seguir dialogando. No espero convencerlo, pero al menos me escuchará.

El caso de Galicia y el Norte portugués

Aparte del daño en su economía, de la quiebra en su sociedad y de la serie de secuelas que el alzamiento del Gubern y el Parlament contra el orden constitucional dejarán en Cataluña y el resto de España (pensemos que apenas estamos en una de las fases del imprevisible giro del conflicto), hay otro daño que me preocupa tanto o más: su contagio al resto de la sociedad española, cuyo amargo fruto es, por un lado, el extremismo de algunos sectores de la extrema derecha española, que resucita demonios familiares del pasado, y la incompresible justificación de la deriva de Cataluña por parte de algunos sectores de la izquierda y del nacionalismo no sólo periférico tradicional, sino al que se suma el pintoresquismo del nacionalismo andaluz a ritmo de fandanguillos.

Aquí, en Galicia, desde esos sectores nacionalistas que creímos de izquierda,  se han alzado carteles de apoyo, manifestaciones de aliento, análisis falsamente jurídicos festoneados de las más pintorescas razones para apoyar la rebelión de una parte de Cataluña, preparando armazones de razonamientos para sustentar el derecho a decidir, los acuerdos del Parlament, la estrategia y objetivos de la Generalitat cesada. Y en ese sentido, sorprende que desde dichas trincheras broten voluntarios dispuestos a enrolarse bajo las banderas que en su día alzó la burguesía, la derecha nacionalista catalana que en este asunto se ha dejado conducir por los anarquistas de la CUP y sus extraños aliados de la Esquerra Republicana.

Lo que no se atreven del todo, fuera de los gritos y pancartas de reglamento en las manifestaciones de los patriotas nacional populares, es razonar que a nosotros nos vendría bien una fórmula parecida a la que se respalda, justifica, pondera, alaba y defiende para la región catalana.

 Este daño es irreparable. Y para cada giro negativo para la causa que apoya, una respuesta prefabricada. Si de Cataluña se marcha la sede social de casi dos mil empresas, decenas de las de Galicia se han ido a Portugal, por las mejores condiciones del precio del suelo. Cierto; pero no se alude a los centenares de trabajadores de Portugal que trabajan en los sectores industriales de Galicia; del propio capital lusitano invertido en Galicia, especialmente notable en los sectores cementeros o, lo que es peor, a la propia existencia de una eurorregión integrada, como es O Eixo Atlántico que llega hasta el Duero, donde las actividades industriales se complementan, compiten y conviven bajo un marco que no tiene nada que ver con el éxodo de Cataluña.

Millones de españoles están hartos del conflicto catalán y temen el alcance de sus secuelas
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