Michelle Bachelet: segunda oportunidad para el consenso y las reformas sociales

La presidenta socialista asume su segundo período presidencial con un amplio respaldo político.
La presidenta socialista asume su segundo período presidencial con un amplio respaldo político.

La líder de la coalición 'Nueva Mayoría' deberá enfrentar retos en temas de educación, desigualdad y, sobre todo, decidir si da luz verde a una nueva Constitución.

Michelle Bachelet: segunda oportunidad para el consenso y las reformas sociales

Michele Bachelete ha iniciado su segundo mandato presidencial en Chile. El pasado martes, en una ceremonia que tuvo lugar en la ciudad de Valparaíso (a 120 kilómetros de Santiago), la candidata de la coalición 'Nueva Mayoría' ha reiterado su compromiso con los chilenos y ha esbozado las líneas generales de la gestión que encabezará hasta 2018. En el traspaso de poderes han primado la cordialidad y el entusiasmo, algo que quizá pueda entenderse como una prueba más de la aceptación de la que goza Bachelet entre la sociedad chilena. Recordemos que, en 2010, cuando entregó el poder al conservador Sebastián Piñera, un 84% de los votantes apoyaba su gestión.

Sin embargo, el hecho de conocer los pasillos del Palacio de La Moneda permite que el nivel de exigencia de los electores sea mayor. Pese a heredar una de las economías más sólidas de la región (5.5% de crecimiento anual) y, por eso mismo, uno de los destinos preferidos de los inversores extranjeros, Bachelet debe hacer frente a unos niveles de desigualdad que se han disparado en los últimos años y a las fracturas sociales que han surgido tras el debate sobre la educación pública. Además, una buena parte de la población reclama la reforma de ciertas leyes sobre la memoria histórica y la reparación de las víctimas de la dictadura de Pinochet. La madurez democrática demostrada por el grueso de la sociedad en el último cuatrienio, espacialmente entre la clase trabajadora y los movimientos estudiantiles, es una clara señal de que el nuevo gobierno tendrá que estar a la altura de las necesidades de los cerca de 17 millones de chilenos. Todo ello, claro, dentro de los márgenes de una nueva Constitución, otro de los objetivos a corto plazo de este nuevo ejecutivo.

Por otro lado, la reelección de Bachelete viene a reiterar el proceso de reconciliación nacional que inició el país en 1990 tras la caída de la dictadura. Ella, que es hija de un mandatario derrocado durante el golpe militar de 1973, ha elegido a la tercera hija del expresidente Salvador Allende, Isabel Allende Bussi, para que se convierta en la primera mujer que presida el Senado de la República. El Chile de hoy parece estar en paz con sus viejos fantasmas políticos, y Bachelet encarna la imagen visible de ese pacto. De hecho, en su equipo de gobierno ha incluido a seis miembros del Partido de la Democracia (PPD), cinco de Democracia Cristiana (DC), tres del Partido Socialista (PS), dos del Partido Radical Socialdemócrata (PRSD), uno del Partido Comunista (PC), uno de la Izquierda Cristiana (IC) y otros cinco de formaciones independientes.

De puertas para afuera, sobre todo con la vista puesta en otros países de Latinoamérica, el segundo mandato de la candidata de 'Nueva Mayoría' confirma la necesidad de una alternancia en el poder de los partidos de gobierno. Con la figura del empresario Sebastián Piñera, la derecha chilena tuvo la oportunidad de acceder a la presidencia por primera vez desde el fin de la dictadura. Fue la propia Bachelet quien, a la pregunta de si deseaba continuar en el gobierno por cuatro años más, respondió con un «no» rotundo. Según dijo, aquello no era sano para la democracia. Y las urnas se inclinaron por Piñera. Ahora ha regresado, sí, pero tras una pausa de cuatro años en los que desempeñó, entre otros, el cargo de Directora Ejecutiva de la ONU para las mujeres. Vista así, su reelección bien podría ser un mensaje para otros mandatarios de la región: la prueba de que un socialismo moderado, eficaz y conciliador puede tener cabida sin recurrir a forzosas reformas constitucionales, el desprestigio de los opositores o al sistemático recorte de las libertades individuales.

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