Un mes después del referendum, ¿y ahora qué hacemos con Europa?

Banderas del Reino Unido y de la UE. / Pixabay
Banderas del Reino Unido y de la UE. / Pixabay

Tras la decisión tomada en las urnas el 23-J, los políticos británicos y europeos han de plantearse el nuevo encaje del Reino Unido en las relaciones con la Unión Europea. Se vislumbra el desentendimiento total.

Un mes después del referendum, ¿y ahora qué hacemos con Europa?

La decisión está tomada, ya no hay marcha atrás. Pero parece que nada haya cambiado, la lluvia cae hoy en Londres como lo haría cualquier otro día, y los británicos caminan entre la niebla matinal haciendo su vida normal, como si no se hubiesen percatado de la tormenta política que han desatado las papeletas que depositaron en las urnas hace tan sólo unas semanas. Y aunque la normalidad impere por ahora, ya nada será igual, y no lo será porque el papel que reflejaba su estatuto jurídico europeo se deshace sobre las aguas de un ensanchado Canal de la Mancha que nunca antes parecía haber separado tanto a las islas del continente.

Y como toda vieja relación que termina por romperse caducada por los años, duele. Es cierto que la UE no ha perdido a su mejor socio, que siempre ha mantenido amplios sectores de la sociedad reacios a la idea del europeísmo e incluso se podría decir que ambas se encontraban en una situación de separación de hecho tras el estatuto especial negociado por Cameron en febrero. Desde la convocatoria del referéndum, se han esgrimido argumentos de todo tipo, pero en pocos ha habido tan poco consenso como en la situación en la que se encontrará el Reino Unido con respecto a la UE a partir de este momento. Y tras esta previa separación de hecho, ha llegado el momento de tramitar el divorcio, un proceso que será largo y costoso, y que dependerá en buena medida de la postura que adopten los abogados que lleven las negociaciones en cada parte. Por el momento, todo parece haber quedado varado en el estanque del verano, a la espera de que Theresa May tome posesión como primera ministra y decida o no ejecutar el artículo 50 del Tratado de Lisboa para iniciar un proceso de salida que unos califican como urgente y otros como precipitado e imprudente, por no haber diseñado aún un proyecto post-Brexit.

El RU deberá decidir qué postura toma en relación al derecho comunitario adoptado, decidiendo qué se debe suprimir, preservar o modificar, pero siempre sin olvidar que para mantener las exportaciones a la UE, los bienes y servicios deberán seguir bajo los estándares comunitarios.

Una vez se invoque, el RU deberá decidir qué postura toma en relación al derecho comunitario adoptado, decidiendo qué se debe suprimir, preservar o modificar, pero siempre sin olvidar que para mantener las exportaciones a la UE, los bienes y servicios deberán seguir bajo los estándares comunitarios. La principal pretensión del RU será negociar la persistencia en la aplicación de las disposiciones que le sean favorables, sin embargo, esta hipótesis se antoja complicada por la dificultad que supone negociar individualmente ante veintisiete países con intereses divergentes. Aunque algunos brexiteers argumenten que Europa no tiene incentivos para ponerle barreras a Londres, lo cierto es que serán numerosas las voces que pidan una política severa con las islas para disuadir futuras salidas o cláusulas opt-out.

Si no funcionase esta opción, se abren diversos senderos en el camino del Brexit. Una de estas opciones es la de equipararse a una situación como la de Turquía con una unión aduanera, pero perdería la libertad de adoptar su propia tarifa  aduanera  y debería  cumplir  con  el marco de la política  comercial  común. También podría seguir la estrategia de Suiza, con acuerdos bilaterales sectoriales, pero las relaciones de la UE con ésta no tardarán en ser reformados para otorgar mayor coercibilidad e integración del país en la normativa europea y que, por lo tanto, no interesaría demasiado a los británicos. La cuarta opción pasaría por negociar un acuerdo de libre comercio o de asociación con la UE, así como ha sido concluido con la mayoría de los países del mundo. Sin embargo, no existen acuerdos de libre comercio de la UE equiparables a lo que el RU aspira. La UE exigiría, en su caso, que una parte del acervo comunitario fuese adoptado por el RU, un precio que muchos británicos no estarán dispuestos a pagar.  

Por otro lado, uno de los escenarios más invocados por los partidarios de un Brexit no radical es la de convertirse en un  miembro  del  Espacio  Económico  Europeo  (EEE),  al  igual  que Noruega, para participar en gran parte del mercado interior de la UE y de beneficiarse de las cuatro libertades fundamentales. No obstante, esta opción confrontaría con el motivo de su separación, pues habrían de mantener la libre circulación de personas, no pudiendo vetar la entrada de ciudadanos de países del Este, y se verían obligados a seguir la evolución de la  legislación de la UE relativa al mercado interior, sin tener derecho a influenciar mucho en su contenido, además de pagar a la UE una contribución financiera.

Una de las opciones que tiene el Reino Unido es la de equipararse a una situación como la de Turquía con una unión aduanera, pero perdería la libertad de adoptar su propia tarifa  aduanera  y debería  cumplir  con  el marco de la política  comercial  común.

Al margen de todo esto se vislumbra el desentendimiento total. De no lograr ningún acuerdo, se convertiría  en  un  Estado  tercero  en  relación  a  la  UE, librándose de su obligación de implementar el Derecho europeo, pero se aplicaría el derecho  de  la  OMC. Deberían renegociarse los acuerdos comerciales con Estados  no  miembros  de  la  UE  y  organizaciones  internacionales,  ya que no mantendría los derechos y las obligaciones previstas en los acuerdos concluidos por la UE con Estados terceros. Para esto deberían tener en cuenta la pérdida de poder negociador que supone sentarse a la mesa representando entorno al 20% de las exportaciones mundiales de bienes y servicios, como la UE, a representar tan sólo el 3-4%.

En este caso, el  Parlamento  británico  debería  adoptar  nuevas leyes  nacionales sometidas a unos debates y deliberaciones cuya tardanza generarían un período de incertidumbre en las islas. Además, en términos de comercio, quien pierde con un Brexit sin posterior acuerdo es el RU, debido a su desequilibrada balanza con la UE, ya que a pesar de que tienen un déficit comercial con la UE superior a 50.000 millones de libras anuales, la pertenencia a la Unión le es favorable porque la UE es el destino de un 44,5% de sus exportaciones. Según Deutsche Asset Management, incluso en un escenario en el que se asegurara rápidamente un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, el PIB disminuiría en un 3%. Aunque es probable que finalmente todo se salde en un término medio en búsqueda de mantener la alianza económica a través de la concesión de ciertas prerrogativas al Reino Unido, cada parte venderá el acuerdo en su territorio como una  victoria  ante  el  gran  público. Unos harán ver su intransigencia para desalentar futuros movimientos antieuropeístas, otros resaltarán la mayor soberanía y certidumbre conseguida, a pesar de que cualquier pacto les otorgará una peor posición jurídica con respecto al traje hecho a medida que habían tejido en Bruselas.

Con todo esto, el tapiz ya ha sido colocado encima de la madera, y ninguna de las cartas repartidas parece que sea suficiente para ganar. Puede que algunos pongan el semblante serio, puede que otros vayan al principio de farol. Pero el dinero empieza a amontonarse encima de la mesa y toca tomar decisiones rápidas. Ahora toca jugar. 

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