ANáLISIS

El mensaje de un hombre abatido, sin convicción y amortizado por la historia

El Rey, durante la lectura del mensaje navideño.
El Rey, durante la lectura del mensaje navideño.

El riesgo de comparar su vida y la de su familia con la ejemplaridad predicada marca el mensaje de Navidad del Rey, que la sociedad recibe cada año con mayor indiferencia.

El mensaje de un hombre abatido, sin convicción y amortizado por la historia

El mensaje de Navidad de Juan Carlos I a los españoles ha sido el discurso de un hombre abatido, amortizado por la historia, por su propia historia; que lee sin convicción frente a la pantalla (¡y como se nota!) lo que le han escrito. Y lo que le han escrito, minuciosamente preparado, puede ser interpretado como cada uno quiera. Por eso dice sin decir nada. No hay pulsión, suelta frases más o menos enjaretadas…Y al final, sin decoro alguno, dada su vida presente, asume la transparencia y la ejemplaridad que nunca ha practicado. Es una falta de respeto a los ciudadanos que pagamos sus caprichos como ese reciente pabellón de caza y “garsonier”.

¿Cómo puede resumir su mensaje en estas palabras y quedarse tan pancho: “Esta noche, al dirigiros este mensaje, quiero transmitiros como Rey de España: En primer lugar, mi determinación de continuar estimulando la convivencia cívica, en el desempeño fiel del mandato y las competencias que me atribuye el orden constitucional, de acuerdo con los principios y valores que han impulsado nuestro progreso como sociedad. Y, en segundo lugar, la seguridad de que asumo las exigencias de ejemplaridad y transparencia que hoy reclama la sociedad”.

Algunos han querido encontrar, espigando en el mensaje, respuestas a asuntos o cuestiones que no consta que hayan sido abordados por el monarca, a no ser que sean augures capaces de interpretar su críptico contenido. Comenzó recontando la obviedad de la situación de España, desde la cómoda posición de quien no la padece, sino que la estimula con sus frivolidades y el mal ejemplo de su propia familia. Por eso, ¡cuán hipócrita suena en sus labios todo mensaje de solidaridad, cuando en plena crisis sigue solazándose en sus caprichos, y de cuyos resultados nos enteramos sólo cuando sufre un accidente que los desvela. No basta con pedir perdón.

Todas sus alusiones a los que padecen la crisis, a la sociedad civil, a las víctimas del terrorismo están bien, pero el personaje sigue sin convencer, como lo denota que, en una primera encuesta de urgencia, realizada por El Mundo sólo el 32 por ciento de los españoles asumieron el discurso, más o menos los mismos que ahora apoyan la monarquía.

Esto que dijo sí es cierto, que es indiscutible que la crisis económica que sufre España ha provocado desaliento en los ciudadanos, y que falta de ejemplaridad en la vida pública, han afectado al prestigio de la política y de las instituciones. También lo es que la sociedad española reclama hoy un profundo cambio de actitud y un compromiso ético en todos los ámbitos de la vida política, económica y social que satisfaga las exigencias imprescindibles en una democracia. Empezando por su familia, claro.
Y no faltó la alusión a los “brotes verdes”. De su jardín, claro.

Se ha querido interpretar, en este decir sin decir nada de Juan Carlos, una alusión al problema de Cataluña cuando afirma que el Estado de Derecho funcione desde la ejemplaridad y el respeto a la Constitución “y para que las diferencias y las controversias se resuelvan con arreglo a las reglas de juego democráticas aprobadas por todos”, a lo que añade este párrafo inquietante, a mi entender: “Y, como siempre, generosidad para saber ceder cuando es preciso, para comprender las razones del otro y para hacer del diálogo el método prioritario y más eficaz de solución de los problemas colectivos”. ¿Ceder en qué y hasta dónde? No lo aclara. Menos mal que, siempre de modo periférico añade que juntos debemos seguir construyendo nuestro futuro porque nos unen y nos deben seguir uniendo muchísimas cosas. Lo que es obvio y recuerda aquella famosa frase de Arias Navarro, “la rica multiplicidad de nuestras regiones”.

Donde el hombre se enredó fue al citar a su hijo, en cuanto a que “España es una gran Nación que vale la pena vivir y querer, y por la que merece la pena luchar”. También dijo que Cataluña no es un problema. ¿En qué quedamos?

Pero en el mensaje del Rey hubo algo curioso, referido a la puesta en escena: la bandera nacional, que debería figurar a la izquierda del plano, visto desde el espectador (es decir, la derecha desde la posición del monarca, y a la izquierda de esta la de Europa), según las disposiciones en vigor que establecen la forma de colocar las enseñas. ¿Era también un mensaje en el sentido de que España forma parte de un órgano federal que asume plenamente nuestra soberanía? Lo cierto es que lo establecido es colocar las banderas en orden contrario, como incluso reflejaron las caricaturas de los humoristas que hicieron viñetas sobre la comparecencia del Rey.

Otro discurso de aliño, sin abordar las cuestiones con claridad y valentía. Un simple rito más, como el comer turrón en estas fechas para volver al día siguiente a la realidad de todos los días.

En fin, más de lo mismo y a seguir tirando.

El mensaje de un hombre abatido, sin convicción y amortizado por la historia
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