Lo de menos es si Nadia Calviño se lleva bien o no con Yolanda Díaz

Ejemplares del libro Cómo salir de esta (II). / Mundiediciones
Ejemplares del libro Cómo salir de esta (II). / Mundiediciones
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Lo de menos es si Nadia Calviño se lleva bien o no con Yolanda Díaz

Son tantos los juegos de palabras que alguien podría creer que la reforma laboral española es una cuestión semántica. Y son tantos los globos sonda que se lanzan que alguien también podría pensar que el Gobierno de Pedro Sánchez está jugando al gato y al ratón. Antonio Garamendi, el líder de la patronal, ya estalló contra el Gobierno por la falta de claridad.

Un día el Gobierno propone penalizar a las empresas que abusen de la rotación de los trabajadores temporales, otro plantea aumentar las cotizaciones cuando lleven a cabo las bajas de los trabajadores eventuales, y en este clima sindicatos y patronales optan a veces por rechazar las propuestas del Gobierno, como hicieron en el caso de los nuevos ERTE, ahora parece que abiertos a incluir formación para que los trabajadores se reciclen y cambien de empresa. "Contemplamos como espectadores indiferentes la enésima reforma laboral que se resolverá con otra década de migajas para que la próxima generación herede otra derrota amnésica", resume Najat El Hachmi en un artículo publicado en el diario El País.

Si hay algo cierto es lo que dice Nadia Calviño cuando apremia para cerrar un acuerdo como condición para recibir la segunda entrega de fondos europeos por 12.000 millones de euros. Y con este panorama se explica que haya tantas renuncias del Gobierno, como la del límite general del 15% de empleo temporal, que ahora se fijará mediante topes por sectores. Nadia Calviño es poco dada al lenguaje duro porque es de la escuela de Bruselas, donde los eufemismos son una regla dominante, en público. Pero más allá de la diplomacia, en Bruselas son como en el resto del mundo: al pan se le llama pan y al vino, vino.

Lo que a menudo se presenta como un cuentecillo de buenos y malos en la reforma laboral es algo más complejo

Si España no tuviese el déficit que tiene y sus cuentas apenas registrasen desviaciones, si España no soportase la deuda pública que acumula –su cifra es histórica–, y si España no precisara que el Banco Central Europeo comprase sus bonos para que la rueda del país siga andando, la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, podría hacer los reajustes que quisiera en la política laboral, dentro de un orden lógico. Pero no es el caso.

Lo que a menudo se presenta como un cuentecillo de buenos y malos es algo más complejo. No se trata de que los de Unidas Podemos sean más progres y los del PSOE menos, sino de que ambos están sujetos a las mismas directrices de Bruselas, maniatados por la fragilidad de las cuentas públicas de España, su nivel de productividad y un modelo económico que da de sí lo que da de sí. Todos sabemos lo que decía Yanis Varoufakis y donde acabó.

Yolanda Díaz no solo conoce la trayectoria de Varoufakis sino que sabe hasta dónde puede llegar, con un margen de maniobra escaso. La reforma laboral que ella quiere derogar –y mucha más gente también– se hizo porque así lo quiso Bruselas –léase de aquella Angela Merkel– en un momento en el que había que hacer una devaluación interna. Si España no estuviese en el euro podría haber hecho una devaluación del tipo de cambio de su moneda, y listo, pero como España ya no tiene una moneda propia sino compartida, la devaluación debe hacerla por otras vías. Ajustar los salarios es una de ellas. Mariano Rajoy hizo muchas cosas mal, es verdad, pero otras las hizo porque le mandaron hacerlas y él fue obediente.

Este tipo de escenarios macroeconómicos tan adversos no son del agrado de nadie, menos aún de la izquierda, pero resulta que el dinero no nace en los árboles. Nace por la productividad del país y cuando no llega hay que pedir prestado, que es lo que hace España, a razón de miles y miles de millones de euros.

La ausencia de regla de gasto a raíz de la pandemia toca a su fin, y España debe prepararse para un doble escenario: ajustar las cuentas y subir los impuestos

La ausencia de regla de gasto a raíz de la pandemia toca a su fin, y España debe prepararse para un doble escenario: ajustar las cuentas y subir los impuestos. No queda otra. A corto plazo no habrá milagros; a medio plazo puede que sí, siempre que el Gobierno –y la sociedad española– sea capaz de cambiar el modelo productivo, con una economía sostenible.

Unidas Podemos exigió un día la convocatoria de urgencia del comité de crisis de la coalición para asegurar que se cumple “el acuerdo de Gobierno en materia de reforma laboral y la no injerencia en competencias laborales”. Está en su derecho. Pero Pedro Sánchez, aparte de buenas palabras, poco más pudo darle. Respaldó a Nadia Calviño, pero no porque sea Nadia Calviño o porque la vicepresidenta primera esté en la órbita del PSOE, sino porque en Bruselas quieren que sea así. Lo de menos es si Nadia Calviño se lleva bien o no con Yolanda Díaz.

Luchadora, perseverante y muy de izquierdas –por algo es comunista–, Yolanda Díaz suele interpretar buenos papeles. En la política autonómica de Galicia lo hizo mejor que en la local de Ferrol y en la de España, todavía se acerca más a la excelencia. Pero el gran asunto que  se trae entre manos no es en absoluto semántico: claro que se puede derogar la reforma laboral, como persevera Yolanda Díaz. Pero no para hacer lo que ella dice, sino más bien para escribir en la nueva ley lo que empresarios y sindicatos sean capaces de consensuar sin romper las reglas de juego que marque Nadia Calviño; es decir, Bruselas. Puede hacerse con este asunto toda la demagogia que se quiera, incluso populismo, pero nada de eso va a cambiar el curso del Amazonas. Hay un libro, nuevo, titulado Cómo salir de esta (II), a la venta en Amazon, donde se explican más detalles. @J_L_Gomez


AL ALZA

Bruselas

El poder de decisión de Bruselas está al alza porque la UE tiene hoy muchas competencias, especialmente en los países de la eurozona, donde es a su vez el Banco Central Europeo el que toma decisiones importantes. Pero ese poder es mayor en el caso de España debido la fragilidad de las grandes cifras macroeconómicas. Bruselas suele utilizar un lenguaje suave para hablar de estas cosas, una manera de actuar con puño de hierro con guante de seda. Todo esto, aunque duela, pinta mal. Pero tiene arreglo.

A LA BAJA

La demagogia

El lenguaje político, máxime si vienen elecciones –¿será eso?–, suele volverse más demagógico en los países con dificultades. En los países estables, como Suiza, la política es sumamente aburrida. Prácticamente nunca pasa nada. Aquí sí pasa. El país está ahora en la antesala de un crecimiento importante, pero sigue muy rezagado. Si las cosas se hacen bien es posible que haya buenos resultados en unos años. Pero no parece que el camino sea tirar más de la manta para destapar los pies. @mundiario

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