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MUNDIARIO

Memoria histérica

Vivimos en una época donde la memoria, en lugar de aplicarse para comprender, se utiliza como arma arrojadiza contra el adversario como si así se pudiese cambiar la historia.

Memoria histérica
La Apoteosis de la Guerra de Vereshchagin
La Apoteosis de la Guerra de Vereshchagin

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Fernando Cueto

Fernando Cueto

El autor, FERNANDO CUETO, es colaborador de MUNDIARIO. Publicitario, consultor, escritor y bloguero. @mundiario

Vivimos en un país curioso donde las heridas nunca parecen cicatrizar porque el odio actúa de sal permanente que las mantiene abiertas. La historia nos dice que la guerra civil terminó en 1939 y la dictadura en 1975, sin embargo parece que no es así, que el conflicto sigue latente y amenaza con aumentar su intensidad cada día. La tan manida ley de Memoria Histórica tampoco resulta tranquilizadora en este aspecto. Vivir sin olvidar, permanecer sin perdonar. Han pasado demasiados años y muchas generaciones para seguir enfrentados entre buenos y malos, según convenga a cada cual, pero existen políticos sin escrúpulos -demasiados- interesados en olvidar que las guerras las ganan unos y las perdemos todos. Mantener viva la llama del odio les resulta rentable para unos intereses particulares que dudo que culminen en un interés colectivo. A raíz de la exhumación de Franco leo en un periódico la declaración de uno de sus simpatizantes: “Que desentierren a sus muertos pero dejen en paz a los nuestros”. Esto es lo que consigue la irresponsabilidad, que se vuelva a los nuestros y a los suyos. Otra vez separados, de nuevo enfrentados por cuitas de otra época. Ellos y nosotros. Es lamentable que la opinión pública se vaya situando en uno de los bandos en lugar de exigir que dejen de tratarnos como a imbéciles a los que hay que pastorear cual rebaño. Es lamentable y triste formar parte de una sociedad que niega el sentido común y se opone al veredicto de la historia.

Mantener viva la llama del odio les resulta rentable para unos intereses particulares que dudo que culminen en un interés colectivo.


Conocí a un hombre que tenía siete años cuando perdió a su padre, militar, en la guerra civil, muerto a manos de un comisario político comunista. Este hombre, un ingeniero cabal y muy formado, atormentado durante muchos años por la ausencia de su padre, al llegar a la jubilación dedicó largos meses a intentar reconstruir los últimos meses de su vida investigando en archivos militares, en hemerotecas y entrevistándose con distintas personas del entorno de su padre. De su estudio surgió un voluminoso dossier que finalizaba con el nombre del culpable de la muerte de su padre y el lugar donde vivía en ese momento. Cuando me contó la historia me quedé fascinado y tuve que preguntarle si pensaba ir a verle, pedirle explicaciones. Su respuesta encierra toda la generosidad y el intelecto del que carecen nuestros políticos. “¿Pare qué?”, me dijo, “¿Qué le voy a decir? Son cosas de la guerra y hay que olvidarlas”. Esto es memoria histórica de verdad. Esto es seguir hacia adelante. @mundiario