Es más difícil digerir el triunfo previsible que el fracaso evidente

Pablo Iglesias.
Pablo Iglesias.

“Cordones sanitarios”, junto a exposiciones casi beligerantes y ofensivas, tienden a potenciar una sociedad enfrentada, sin capacidad de aunar voluntades para salvar la nave.

Es más difícil digerir el triunfo previsible que el fracaso evidente

“Cordones sanitarios”, junto a exposiciones casi beligerantes y ofensivas, tienden a potenciar una sociedad enfrentada, sin capacidad de aunar voluntades para salvar la nave.

Esta última semana de campaña deja frases acomodadas al siglo XIX, amén de otras que generan sentimientos y emociones adversos. Nos topamos también con episodios esperpénticos, grotescos. Desconozco si es pura contingencia o el simple resultado de la estolidez colectiva. Quizás el ajetreo propio del instante lleve a una sociedad ahíta a consentir que se rebasen todas las líneas establecidas por la mesura. Cuando nuestro desvelo debiera centrarse en desenmascarar cánticos de sirena, cualquier fruslería desvía y entretiene tal encomienda. Seguramente alguien, mentes maquiavélicas, disfraza las intrigas anecdóticas de sustancia noticiable. Cruzan inadvertidas, vacuas, por mentes poco dispuestas a discriminar grano y paja. Todo vale para encender una confusión jugosa, miserable. Pienso que la democracia en España se asienta sobre cimientos arteros, ilusorios, inconsistentes. El pueblo lleva años padeciendo esta tacha. Los políticos empiezan a expiar su cuota de flaqueza. Veremos.

El récord de la fantasía lo protagonizó aquella noticia que narraba el apresamiento de una banda que quiso comprar un riñón a un inmigrante. Al parecer, fue golpeado ante su negativa. Extraemos, como lectura válida, la evidencia de que un riñón vale seis mil euros netos. Nos satisface transgredir esa tópica indefinición que se cernía sobre la frase: “Me ha costado un riñón”. Ahora, por mor del arrojo policial, conocemos el dispendio exacto del cauteloso derrochador. Huérfana de esencia, asimismo, tiene esta otra que se refiere a la denuncia que los mossos de escuadra presentaron contra tres militares por hurtar una bandera estelada de un lugar público. Se me ocurre pensar, comparándola con anteriores reseñas sobre el tema, que hay especies protegidas o de trato desigual.

Algo más serio, pero no tanto, quedan los decimonónicos enunciados de Monedero: “Hay que desarmar a los generales mediocres” y “las clases medias necesitan herramientas de indignación”. Aparte ese tono ex cátedra, infalible, que destilan ambos, surgen ampulosos y extemporáneos. Además, irrisorios. A poco nos quedamos sin generales; o sea, sin políticos. Por su parte, las clases medias -señor Monedero- solo necesitan recuperar su poder adquisitivo porque la indignación, bien orquestada, es la aldaba del totalitarismo. Pablo Iglesias, raptado por sortilegios mitineros, dijo que el PP carecía de fuerza moral para acusarlos de populismo desde que Cañete hiciera campaña, en las europeas, subido a un tractor. Don Pablo cometió un lapsus o, peor aún, una vileza. No puede confundir populachero (relativo al populacho, parte ínfima de la plebe) con populista (que utiliza al pueblo para conquistar un poder, generalmente tiránico).

Percibo cierto alejamiento, quisiera prejuzgar no definitivo, de los medios -sobre todo audiovisuales- respecto a su deontología. El cuarto poder, imprescindible en las democracias, se viene adscribiendo a diferentes siglas. Semejante escenario les lleva a tomar partido instaurando un adoctrinamiento, cuanto menos, preocupante. Beben e impulsan el dogmatismo que quiebra toda posibilidad de moderación, sensatez y entendimiento. Desde púlpitos enfrentados difunden un maniqueísmo que completa el emitido por líderes concretos en sus pronunciamientos irreflexivos. “Cordones sanitarios”, junto a exposiciones casi beligerantes y ofensivas, tienden a potenciar una sociedad enfrentada, sin capacidad de aunar voluntades para salvar la nave. Los políticos justifican su pan, pero los medios no. ¿Por qué ese apetito disgregador? Si quieren medrar saben cuál es el vehículo propicio. Bifronte es sinónimo de engendro.

Hasta mi paisano Raúl del Pozo dosifica atrevimiento e incoherencia al afirmar que “todos los partidos -en alusión a los de mayor envergadura- son democráticos”. De inmediato admite un innegable proceder estalinista en Pablo Iglesias. Esas alegrías conforman una conciencia social determinada. Emilio Lledó, recién galardonado con el premio Princesa de Asturias, profirió un pensamiento clave: “La corrupción que más me preocupa en nuestro país es la de la mente”. Sabe, mejor que nadie, con qué sencillez se conduce a individuos descabezados o convertidos en masa uniforme. Cualquier marco institucional mantiene fresca la probabilidad de remedio; una conciencia social desorientada, prostituida, no. Sería un acto patriótico que políticos y medios renunciaran a conseguirla.

Existen dos premisas corruptoras: sostener que el ardor antifranquista ofrece la mejor prueba de convicciones democráticas y la indiscutible supremacía moral de la izquierda. Mi experiencia vital indica que ambas son falsas. Al menos, no tienen por qué ser verdaderas. No obstante, se utilizan cual firma notarial para exaltar algo o a alguien. Si nos ajustáramos a los hechos evitaríamos muchos desengaños porque, como ilustra la vieja sentencia, “no es oro todo lo que reluce”.

Se conjetura bastante sobre los pactos tras el veinticuatro. Algunas siglas, con mayor o menor claridad, parecen dispuestas a avanzar sus preferencias sin análisis ni avales. Allá ellas. Malicio que la falta de humildad, el dejarse llevar por la corriente, puede ahogar expectativas de futuro para sus integrantes y para España. En ocasiones, es más difícil digerir el triunfo previsible que el fracaso evidente. Otros recogerán los frutos que por prepotencia y ceguera se dejaron sin cosechar.

Ni tengo espacio, ni quiero abundar en los argumentos. Arendt y Korstanje previenen que los grupos totalitarios orientan su discurso a hacer creer que la democracia ha sido la causante de miserias y privaciones ya que ignora los principios de igualdad ante la ley. Sin embargo, las libertades democráticas adquieren su significado y función orgánicamente allí donde los ciudadanos pertenecen a grupos y son representados por ellos. Con la ruptura del sistema de clases murieron también gran parte de los partidos europeos y la posibilidad de mejorar la acción deliberativa. Como sugería un popular locutor deportivo, ojo al dato.

Es más difícil digerir el triunfo previsible que el fracaso evidente
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