Manual de castellano urgente para sobrevivir entre ex tesoreros y abogados

Una entrada del diccionario.
Pícaro y corrupto no son sinónimos.

El alegato de Gómez de Liaño en favor de la libertad provisional de Bárcenas nos mueve a reflexionar sobre cuánto nos equivocamos al calificar a los presuntos corruptos.

Manual de castellano urgente para sobrevivir entre ex tesoreros y abogados

Si no viniéramos ya tan baqueteados, creeríamos que el melodramático alegato de Javier Gómez de Liaño, mediático abogado de Bárcenas, es de los que ponen a llorar a las piedras, a la propia Merkel y al mismísimo fantasma de la Thatcher.

Es verdad que al resto también nos hace llorar, sí, pero a carcajadas en estampida. No éramos espectadores de algo tan hilarantemente lacrimógeno desde que Michael Landon se enseñoreó de las sobremesas televisivas en blanco y negro.

Y sin embargo, cuando su ex señoría argumenta en su petición de libertad provisional para el ex tesorero del PP que "toda fuga supone para el huido muchas privaciones y grandes sacrificios", tenemos que darle la razón un poco, por muy desternillados que vayamos.

Toda fuga de dinero público, ya sea hacia Ginebra, hacia las Caimán o hacía los bolsillos de las americanas genovesas, sigue suponiendo para la mayoría de nosotros "muchas privaciones y sacrificios", de cuya autoría no escapan ni el cliente de Gómez de Liaño ni sus cómplices, imputados o por imputar.

Lo que nos mueve a la urgencia que avanzamos en el titular es un eco del escrito melodramático de Gómez de Liaño: "Distinto es el caso del vagabundo que nada posee, que carece de hogar, de arraigo y de afecciones familiares"… ¡Toma, Jeroma, pastillas de goma!

Olfateamos en el texto del abogado un lejano tufo al Siglo de Oro, con su muchedumbre de vagabundos, malentretenidos y poetastros redichos. Un eco que se hace clamor cuando, al conocer las novedades diarias sobre la corrupción desmadrada que nos consume por dentro y por fuera, nos acordamos siempre de rufianes, piratas y pícaros actuales y de la mayor parte de sus parientes, vivos y difuntos.

Y ahí queríamos llegar. Para empezar, nuestros corruptos no son exactamente rufianes, salvo que coincidiéramos en que han convertido España en la casa de Tócame Roque. Un rufián es un jayán, un chulo, un proxeneta, y algunos de aquellos, en todo caso, me huelo que se ufanan de ser clientes, pero de los de fajo de tratante de ganado, de billetes pillados con goma y contados a lengua y pulgar.

Lo que sí les digo ya es que los corruptos españoles no son piratas. Donde los bandoleros saltaban de monte en monte, los piratas saltaban de ola en ola. Bandidos y piratas son lo mismo, y sin entrar en figuras románticas ni en apologías libertarias.

No se engañen, los que hacen botín con nuestros derechos no son filibusteros ni bucaneros, sino corsarios, que no es lo mismo. Los corsarios tenían patente de corso, es decir, licencias que el rey o los alcaldes concedían a un armador para atacar naves o tierras enemigas. Si no se quedan convencidos con esta explicación, lleguemos a un pacto, ni para mí ni para ustedes: los corsarios eran piratas con papeles que juraban fidelidad al rey. Blanco y en botella.

Un corsario muy afamado en aquella época de picaresca y piratería fue Alonso de Contreras, el personaje histórico que inspiró a Arturo Pérez Reverte su Capitán Alatriste. Contreras dejó constancia escrita de sus aventuras en una obrita titulada Discurso de mi vida; para ser hombre de guerra y mar, el corsario escribía con más brío que Pérez de Liaño como de aquí a Maracaibo.

En cuanto a esas otras veces en los que, llenos de justa rabia, llamamos pícaros a los corruptos, pues también nos equivocamos. ¿Saben ustedes cómo acabaron la mayoría de los pícaros hispanos?

Lázaro terminó cornudo y contento, que más parecía un mileurista de hoy que un truhán del XVII; el Buscón don Pablos emigró a las Indias, como emigran nuestros mejores estudiantes por el mundo adelante, que ya se sabe que los embarga un innato "espíritu de aventura"; y, por último, Guzmán de Alfarache se arrepintió al final de todos sus pecados (me disculpan, pero no encuentro símil actual para esta clase de pícaro).

En fin, que El Lazarillo, El Buscón y el de Alfarache fueron aprendices de todo y maestros de nada, gente que no tuvo oficio. No podemos, por tanto, compararlos con nuestros corruptos de hoy porque estos sí lo tienen: son corsarios.

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