España: El Debate sobre el Estado de la Nación refleja faltas de empatía y coherencia política

Las propuestas presentadas por los distintos partidos políticos españoles, muchas de urgente puesta en marcha, pierden fuelle ante la falta de credibilidad y confianza ciudadana.
España: El Debate sobre el Estado de la Nación refleja faltas de empatía y coherencia política

Los marcos para recuperar cierta credibilidad y retomar la iniciativa estaban claros: paro y corrupción / Popicinio vía Compfight

Nunca en la historia de la democracia en España se ha desarrollado un Debate sobre el Estado de la Nación en un ambiente de tanta tristeza social, desafección y descrédito, no solo de la política como institución sino del mismo trabajo de los políticos. A pocas horas del inicio de las primeras comparecencias en el Congreso se publicó un brutal sondeo de Metroscopia en el que una abrumadora mayoría de los encuestados (85%) censuraba a los diputados por no desempeñar su labor con honestidad. Salían incluso peor parados que los banqueros.

Los marcos para recuperar cierta credibilidad y retomar la iniciativa estaban claros para los partidos mayoritarios, el paro y la corrupción. El primero, con seis millones de personas que lo sufren directamente y muchas más indirectamente, como fiel reflejo de la crisis económica, y el segundo, como causa y/o consecuencia de una depresión incluso más profunda, la de moral y los valores, la de falta de ética. ¿Cómo explicar pues una gestión de Gobierno cuándo saltan noticias sobre suicidios, desahucios, ERES con miles de afectados o sobre corruptelas en todos los estamentos, desde los partidos a la Casa Real, pasando por los jefes de la patronal? ¿Cómo afrontar el debate cuando el desempleo deja ya a España a la cabeza de la UE en pobreza infantil, según el último informe del Consejo Económico y Social (CES), o cuando día sí y día también están en la calle protestando por las reformas los profesionales de la sanidad, de la judicatura o de la enseñanza, a los que confiamos nuestra salud, la educación de nuestros hijos y la administración de la justicia? Este es el verdadero Estado actual de la Nación, el de la inseguridad, ya no ante el futuro sino en el mismo presente.

Pese a este escenario, el ritual en el Congreso no se modificó ni un ápice respecto a años anteriores en aras de conseguir una mayor confianza ciudadana. Sin espacio para la improvisación en la contrarréplica ni para acuerdos reales, cada político acudió a fijar su mensaje en una escenografía preparada a fondo por los asesores con palabras escogidas y palabras escondidas.

Rajoy, el inevitable

Mariano Rajoy se lanzó en su primer Debate como presidente con el ánimo de recuperar a parte de los suyos (siete de cada 10 votantes del PP se sienten ajenos a las decisiones que emanan del Gobierno a solo un año de su mayoría absoluta en las urnas). Fiel a su estilo, escasamente empático, solo en la apertura dio margen a la parte más emocional al ofrecer la cifra exacta de parados, sin redondear, porque cada número representa a un ciudadano. Solo fue un espejismo, y es que no hay lugar para identificarse con los afectados cuando se cumple con el deber. “Se nos podrán reprochar muchas cosas, pero nunca la cobardía de no cumplir con nuestro deber por temor a los riesgos o a la impopularidad”, sostuvo.

El presidente evitó hablar de las derivadas de la crisis económica (obvió palabras como pobreza, desahucios o recortes), y se centró en explicar sus logros en esta materia sin olvidar, claro, la “herencia recibida”, tesis sin la cual no puede explicar las promesas incumplidas, asegurar que las medidas adoptadas eran “inevitables” y poner en valor el “esfuerzo titánico” del Gobierno por salvar el país. Apostó por un discurso casi estadístico, y a veces difícil de seguir por alguien no acostumbrado al lenguaje económico, pero leído con seguridad y aportando cifras para articular su mensaje: "Hemos evitado el naufragio y salvado la etapa más difícil”. “Hace un año no teníamos futuro, pero ahora sí”, argumentó.

Sin autocríticas, como si el paro, la recesión económica, la pobreza, la desigualdad, la corrupción, el desaliento y el desprestigio de las instituciones no se acentuasen en el último año. Sin disculpas, porque se siente apoyado: “De mejor o peor humor, con mayor o menor resignación, los ciudadanos aceptan los sacrificios”. “Los españoles no son niños; son conscientes de las dificultades, saben distinguir perfectamente lo que les ayuda de lo que les perjudica, y no confunden lo que les gustaría con lo que les conviene”, sostuvo al final de su discurso.

Rajoy apeló a un acto de fe para anunciar una nueva batería de reformas, esta vez de estímulo, muchas esperadas, que complementan a las ya adoptadas aunque, lo admitió, los ciudadanos no perciben los resultados. Da igual la inconcreción de algunos de los anuncios, o que varios fuesen promesas incumplidas; se convirtieron en nuevos compromisos sin lugar para “la improvisación, ni los bandazos, ni la imprudencia, ni la impaciencia”, todas ellas críticas constantes del PP al Gobierno Zapatero.

Optimista, pero no en exceso, redobló su esfuerzo en la toma de iniciativas al hablar de la corrupción, y consciente de la mala imagen de su partido, propuso una serie de reformas, las más contundentes puestas sobre la mesa hasta ahora, para controlarla y ganar en transparencia. Fue ahí donde tendió la mano a la oposición y donde recibió más aplausos de su bancada, porque la corrupción “es corrosiva para el espíritu cívico, lesiona la democracia y desacredita a España”. Por lo demás, sobre el guión previsto pese a lo que supone de falta de coherencia: pasar de puntillas sobre las corruptelas del PP y de Bárcenas, ni mención. Lo que no se nombra no existe, o al menos parece más lejano.

Rubalcaba y el pasado

Frente al “yo o el caos”, Alfredo Pérez Rubalcaba se erigió como portavoz de los ciudadanos con los mismos objetivos que Rajoy, recuperar la credibilidad de los suyos (9 de cada 10 votantes socialistas no se ven representados en el Congreso) y convencer de que el PSOE aún puede ser alternativa. Más ágil en su discurso, aunque algo caótico. Si Rajoy apeló a la razón, Rubalcaba lo hizo directamente al corazón.

No dejó colectivo sin citar, mujeres, niños, ancianos... No faltaron las alusiones a Obama, las críticas a la UE y al Gobierno de Rajoy ni los datos. Narró historias, manejó con acierto los tonos y utilizó un lenguaje brutamente visual. Los ciudadanos rebuscando en la basura, los niños pasando hambre en las escuelas, la anciana que dejó de pagar los ocho euros de su tratamiento en una farmacia porque con ese dinero compraba dos pollos para alimentar a su familia... Las palabras fracaso, angustia, decepción, miedo, tristeza e incertidumbre, sentimientos que efectivamente sienten millones de ciudadanos, se sucedieron en su discurso como arietes. La ruptura de los consensos sociales básicos en materia laboral, en educación y sanidad pública fue otro de los ejes del PSOE, para quien el Gobierno ha creado por pura ideología una España sectaria, de dos velocidades, con “menos igualdad de oportunidades, más injusta y más inhumana”.

Implacable contra la corrupción, supo donde colocar un buen titular: “¿Cree usted, señor Rajoy, que se puede gobernar un país en crisis pendiente cada mañana que al señor Bárcenas le entre un ataque de sinceridad?”.

Rubalcaba también propuso alternativas, la más valiente fue la evolución hacia un sistema federal y un cambio constitucional (la actual no la votaron los jóvenes, y los no tan jóvenes, 2 de cada 3 españoles), pero sus propuestas se manejaron en todos los frentes hasta configurar “algo parecido a un programa de Gobierno”, según reconoció el propio Rajoy.

Los diputados socialistas aplaudieron el discurso una y otra vez, pero enseguida el presidente les devolvió a la cruda realidad. “Señor Rubalcaba -sentenció- tiene usted una historia y eso le resta credibilidad”, para rematarlo con: “Yo no le pediré su dimisión porque ya se lo piden desde su partido”.

El resto, bises de años anteriores. Bancadas con escasa educación, diputados que se ausentan en el tiempo de los partidos minoritarios, y los “tú más” repartidos por doquier, nada que los ciudadanos no se esperasen ya decepcionados otra vez por no sentirse representados. Pero eso sí, Rajoy se fue contento consigo mismo y Rubalcaba, además de reclamar su derecho a rectificar, tuvo la oportunidad de armar una frase que pasará a la historia del PSOE y que, aunque aplicada a los desahucios, resume el verdadero Estado de la Nación y de su partido: “Maldita sea, ¿por qué no arreglamos aquello?”.

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