Madrid da luz verde al bulevar entre Cibeles y la Puerta de Alcalá
Madrid ha decidido, por fin, cruzar una línea que llevaba meses dibujándose y borrándose en los planos. El Ayuntamiento ha confirmado que el bulevar entre la fuente de Cibeles y la Puerta de Alcalá será una realidad, una intervención largamente prometida que transforma uno de los espacios más icónicos —y congestionados— de la capital. La obra, anunciada en 2024 y ahora activada, supone una inversión de 6,1 millones de euros y arrancará a principios de febrero, con horizonte de finalización en el primer trimestre de 2027.
La decisión no es menor. No se trata solo de una obra más en una ciudad acostumbrada al ruido de excavadoras, sino de una apuesta política y urbana por redefinir el equilibrio entre coches y ciudadanos en pleno centro histórico. El tramo afectado, 425 metros de la calle Alcalá, es una de las arterias con más tráfico de Madrid y conecta dos símbolos nacionales. Hasta ahora, el asfalto mandaba. A partir de ahora, el peatón ganará terreno.
Durante meses, el proyecto estuvo en el aire. La acumulación de grandes obras —A-5, M-30, Castellana— había llevado al equipo de gobierno a frenar nuevas actuaciones por miedo al colapso circulatorio. Pero el Ayuntamiento sostiene que las circunstancias han cambiado y que el impacto en la movilidad será asumible, concentrando los momentos más delicados en los meses de verano. El mensaje es claro: el bulevar no podía esperar más.
El nuevo diseño elimina un carril por sentido para ampliar aceras, plantar 57 árboles, incorporar un carril bici segregado y crear un paseo peatonal central de 3,8 metros que permitirá, por primera vez, caminar hacia la Puerta de Alcalá sin sentir que se invade territorio hostil. No es casual que la propia delegada de Obras evitara la palabra “bulevar”. Quizá porque el término impone. O porque el cambio, aunque relevante, sigue siendo prudente.
Un giro urbano con carga simbólica
La reforma va más allá de la ingeniería viaria. Afecta a la forma en que Madrid se mira a sí misma. Reducir carriles en un eje tan transitado es asumir que la ciudad ya no se mide solo por la velocidad de los coches, sino por la calidad del espacio público.
Menos tráfico, más ciudad
El nuevo reparto —dos carriles para coches y uno para autobús por sentido— marca una jerarquía distinta. No expulsa al vehículo, pero deja claro que ya no es el único protagonista. El peatón gana ancho, sombra y continuidad.
Que hasta ahora no se pudiera pasear con comodidad entre Cibeles y la Puerta de Alcalá dice mucho de las prioridades históricas de Madrid. El bulevar llega tarde, pero llega en un momento en que la ciudadanía reclama calles que se vivan y no solo se crucen.
Una obra que también es relato político
El Ayuntamiento presenta el proyecto como una muestra de gestión responsable: hacer obras, sí, pero “molestando lo mínimo”. El reto será que el resultado final justifique los años de espera, los cortes y la polémica.
Cuando termine la obra, Madrid no solo habrá cambiado un tramo de calle. Habrá ensayado una versión de sí misma más caminable, más verde y más consciente de su patrimonio. La pregunta no es si el bulevar funcionará, sino si la ciudad se atreverá a repetir el modelo en otros puntos donde el coche aún manda. @mundiario