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MUNDIARIO

Eso que llaman 'nueva normalidad'

Claro que estaban y están en juego muchas vidas. Pero mientras en nuestro país nos han manejado por hilos, como marionetas acohonadas, ahí lado, en Portugal y otros países de Europa, han confiado en sus ciudadanos. La inflexibilidad del confinamiento a la española es un insulto a nuestra inteligencia y nuestro grado de civismo.

Eso que llaman 'nueva normalidad'
¿La nueva normalidad?
¿La nueva normalidad?

"Dudo en llamar con el nombre bello y serio de tristeza, a este sentimiento desconocido cuya dulzura y cuyo dolor me tienen obsesionada. Es un sentimiento tan completo y egoísta que me llega a dar vergüenza, mientras que la tristeza me ha parecido siempre honrosa. Conocía el arrepentimiento, el fastidio y hasta el remordimiento. La tristeza, no. Ahora siento algo que me envuelve, como una seda enervante y dulce, y que me separa de los demás”. Si he tomado prestados los pensamientos de aquella chiquilla de 17 años a la que le insufló vida Françoise Sagán, no es mera casualidad, sino algo inevitable.

Me ha pasado algo parecido cada mediodía, cuando el Comité Técnico irrumpía en la pantalla del televisor y nos recordaba que hoy estábamos un poco menos jodidos que ayer pero algo más que mañana, salvo que algún desajuste, casualmente de competencia autonómica, alterase el orden de los factores. Iba escuchando uno a una al coro de voces (que a veces afinaban y otras desafinaban) en el escenario del improvisado Teatro de la Tragedia de La Moncloa y, cuando se bajaba el telón y empezaban a ser pasado las cifras de contagiados, de fallecidos, de hospitalizados, de críticos y de recuperados, volvía a ser consciente de que seguía encerrado en casa con el único juguete de la desesperada esperanza y escuchaba esa voz interior que susurraba: ¡buenos días, tristeza!

¡Oh capitán, mi capitán!, la espantosa escalada ha terminado. Parece ser que hemos hecho cumbre, hemos divisado desde el pico el incierto paisaje del futuro y los sherpas de La Moncloa proyectan esa lenta y arriesgada desescalada hacia ese otro inescrutable valle de lágrimas al que llaman, ¡maldita sea!, nueva normalidad. Los últimos gobernantes que nos han desgobernado, en un indigesto sándwich de Rajoy entre ZP y Pedro Sánchez, nos han llevado de la anormalidad del Lehmam Brothers, del caso Gürtel y la cosa de los ERES, del motín catalán y el recurso del 155, de la pandemia y la terapia del confinamiento, de la estúpida fatuidad que se contagia en ese Palacio de La Moncloa que, chico, debe ser el único espacio cerrado del país en el que no se ha procedido a la desinfección, a este panorama para morir, para seguir muriendo, y esa luz al final del túnel, ya sabes, la nueva normalidad, en el que el día a día de los supervivientes españoles, no se hagan ustedes ilusiones, no va ser vida.

Al final de la desescalada, con decenas de miles de bajas de compatriotas a los que se les salió el corazón por la garganta, ¡qué bello fue vivir!, cuando por nuestras calles no sonaba el himno placebo de Resistiré, sino el himno de la alegría de “Libertad, libertad sin ira, libertad”, descubriremos que la democracia, nuestra ansiada democracia, presentará síntomas irreversibles de congelación y veladas amenazas de amputación. No, de verdad, lo mismo que el fracaso de la medicina se dice que es la cirugía, el fracaso de la política son las “sectas de la ceja”, la politización de la Justicia, la aplicación de cualquier 155 o tentaciones de mando único, de reales decreto de alarma y de derechos básicos de los ciudadanos transformados en delitos en las páginas del BOE.

Nos han puesto, verás, entre la espada del Coronavirus y la pared de la cuarentena; entre la reconstrucción económica y la hermosa y arriesgada aventura de la libertad; entre la resignación de las medidas de alivio y el miedo a la muerte. Y como estos chicos y los que vengan le cojan el tranquillo a eso del gobierno del pueblo, para el pueblo pero sin el pueblo, con el sencillo método de exhumar exóticos e interpretables artículos de nuestra Constitución, os vais, nos vamos a enterar de lo que vale un peine en ese futuro que viene al que llaman, uy, uy, uy, nueva normalidad.

Servidor, que quieren que les diga, prefiere la normalidad de toda la vida. Esa individual, personal y transferible, eso sí, en un pacto cívico e implícito entre ciudadanos libres. Esa interior, en 47 millones de interiores, que no necesitaría reales decretos, policía, guardia civiles, Marlaskas, delatores de ventana, comisarios mediáticos, mentiras disfrazadas de verdades, aaaggg, para que nos quedásemos en casa. O sea, algo así como lo de nuestros hermanos portugueses que, sin tanto aplauso, sin tanta amenaza, sin tantas restricciones y con tanto civismo, han evitado muchas más muertes por cada cien mil habitantes que nosotros, oh, los españoles, confinados por sumarísimos decretos en un país que, estos días, estas semanas, estos meses, parece talmente un impersonal, irracional, inaudito zoológico de seres humanos domesticados.

Es posible que estén programando una nueva normalidad colectiva, oye. Pero solo depende de nosotros, mi pueblo soberano, mi gente, mantener irreductible nuestra normalidad individual y democrática. @mundiario