El lento pero improbable y chapucero intento de magnicidio de Rajoy

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Protesta.

Nunca un país, creo yo, ha estado simultáneamente entre la espada de tan pésimo gobierno y la pared de tan chapucera oposición. Estamos tan alucinados digiriendo cómo es posible que Rajoy siga de okupa en La Moncloa, que no acabamos de plantearnos cómo es posible que tantos partidos, separados y revueltos, estén de okupas en los escaños de la oposición.

 

El lento pero improbable y chapucero intento de magnicidio de Rajoy

Nos estamos perdiendo espontáneas primaveras de la mujer, de los jubiletas, de los defensores y detractores de la Prisión Permanente Revisable, brotes sociológicos así, por culpa de un gallego al que todo dios parece que se atreve pero no consigue echar de La Moncloa. La verdad es que nunca tan distintos y distantes presuntos magnicidas habían tenido tan mala puntería, oye. Con razón le invade la melancolía a mi generación a la que ya le habían expropiado cantidad de primaveras. Aquella del Mayo Francés, aquella otra de Praga, cuando lo del cambio climático político, social, mediático y tal del 68. Nos perdimos aquellas hermosas primaveras, incluida la tardía y premonitora Revolución de los Claveles en Portugal, casualmente por culpa de otro gallego al que nadie se atrevía a intentar echar de El Pardo, ni siquiera en pleno otoño del patriarca. Y ahora, verás, resulta que todas estas movidas que irrumpen por las calles de España como aves precursoras de la primavera, podrían ser en sí mismas, por generación espontánea, legítimos medios que justificarían un fin.

La democracia en España es que siempre ha sido una tregua, a veces más corta, a veces más larga

Pero ocurre que a nuestras mujeres, nuestros abuelos, nuestras víctimas, los están usando los proxenetas políticos, sindicales, mediáticos, o sea, tipos de esos que viven de las y los demás, como si fuesen talmente ácaros sociológicos a través de los cuales aspiran a provocar insoportables brotes de alergia en los gobernantes. Una vez más, como hemos hecho por odio, por venganza, por envidia, por intolerancia a lo largo de nuestra agitada y fratricida historia, se ha convertido en dogma esa aberración democrática de que el fin justifica los medios. La democracia en España es que siempre ha sido una tregua, a veces más corta, a veces más larga, entre esas dos partes que llevan un horror liándose a ostias, con perdón, como muy bien inmortalizo Goya en su alegórica y profética obra de “duelo a garrotazos”

Lo del otro día en El Congreso, con el pequeño Gabriel de cuerpo presente y padres y madres de chiquillas y chiquillos ausentes con el alma menguante en la tribuna de invitados, por ejemplo, ha conseguido alargar este nuevo invierno de nuestro descontento. El único indicio primaveral fue el tuit de mi paisana Carolina Bescansa, como una esperanzadora violetera a la que propongo como musa de la nueva primavera que llama a la puerta. Carolina es que se ha acogido al violeta, que es uno de los colores puros en la gama de Isaac Newton, y no como Pablo, que pretendía erigirse en el Mesías de la cosa proporcionándole al pueblo gato por liebre, morado cuaresmal, de abstinencia y ayuno, por genuinos ramitos de violeta pa lucirlos en el ojal del progresismo y la cosa. Todavía hay mucho creyente convencido de que esos chicos nos pueden proporcionar años de 52 semanas apasionantes, pero cada vez aumentan los apóstatas convencidos de que solo podrían proporcionarnos años de 52 semanas de pasión. No sé. El caso es que de Madrid ya no se va al cielo, solo se le mira con inquietud a ver cuándo nos envía la próxima nevada o el nuevo diluvio de granizo, quizá como represalia a un pueblo que no acaba de progresar adecuadamente en la asignatura pendiente de la democracia.

La verdad es que ya no recuerdo en qué momento decidimos que empezaba a valer todo para echar a un inquilino de La Moncloa. Pero la generación que padeció los últimos estertores del franquismo le había cogido cierto gusto a alcanzar ese legítimo fin utilizando el entonces innovador medio de acudir a las urnas.

En un intento chapucero de acabar con Rajoy por la vía rápida, incitándole a otro discurso... se acude a las calles, se recurre a las mujeres, se moviliza a los abuelos

Ahora, 40 años después de haber vuelto al buen redil de la democracia, se acude a las calles, se recurre a las mujeres, se moviliza a los abuelos, se usa a los santos inocentes como armas arrojadizas, se rodean los Parlamentos, se proclaman las DUI, se desenfundan los 155, se montan tanganas en los hemiciclos, se usa el exilio dorado y se abusa del presidio cutre, se convierte a los polis y los jueces en los malos o los buenos de distintas y distantes películas a gusto de los consumidores, en un intento chapucero de acabar con Rajoy por la vía rápida, incitándole a otro discurso (¡que poco le conocen, colega!) como aquel de Suárez cuando tiró la toalla, no sé si te acuerdas, y con la cobardía colectiva de sus señorías de no gastar el último cartucho genuinamente democrático de una moción de censura que, a mis escasas luces, pocas veces le ha puesto la historia tan a huevo a una leal, je, je, oposición. No me extraña que se nos hayan llenado las redes de anónimos Tejeros, las columnas de opinión de magnicidas con balas de fogueo, los platós de televisión de guerracivilistas orales dirimiendo batallitas del Ebro y las butacas de casa de compatriotas que permanecen atentos a las pantallas aferrándose al clavo ardiendo de ser “salvados” por Jordi Évole. @mundiario

El lento pero improbable y chapucero intento de magnicidio de Rajoy
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