El lenguaje no verbal de los nuevos alcaldes y la eficacia compatible con la imagen

Martiño Noriega, alcalde de Santiago. / Luis Polo
Martiño Noriega, alcalde de Santiago. / Luis Polo

Tienen toda la razón quienes afirman que para valorarlos como alcaldes habrá que esperar y, en todo caso, hacerlo en función de otros parámetros, eficacia, honradez y buena administración.

El lenguaje no verbal de los nuevos alcaldes y la eficacia compatible con la imagen

Tienen toda la razón quienes afirman que para valorarlos como alcaldes habrá que esperar y, en todo caso, hacerlo en función de otros parámetros, eficacia, honradez y buena administración.

Cuando el presidente Josep Tarradellas regresó del exilio y negoció con Suárez el restablecimiento de la Generalitat, advirtió a su anfitrión: “Todo es negociable, menos el protocolo”. Es decir, que desde el primer momento requería ser tratado como correspondería a su rango, esto es, una forma de hacer visible en  su persona aquello que todavía no existía. Tarradellas entendía este asunto de la imagen pública que debe dar un político de la propia entidad que representa.

Cuando el padre Xirinachs lo visitó por primera vez, ocurrió una cosa muy curiosa. El religioso nacionalista vestía de forma informal, pero adecuada a su modo de ser: camisa a cuadros, pantalón de pana y espardeñas, es decir, alpargatas. Cuando Tarradellas salió a recibirlo y le vi la pinta, le dijo: “¿Mosén va de excursión? Cuando regrese venga a verme”.

En sentido contrario, cuando era alcalde de A Coruña Domingo Merino se produjo un incidente con  el capitán general del Departamento Marítimo. El representante de la Armada acudió al palacio de María Pita ataviado como correspondía a la visita de presentación, pero el edil salió a recibirlo en mangas de camisa. El almirante lo saludó cordialmente y se dio la vuelta sin proseguir el encuentro.

Me acordaba yo de esto a propósito del lenguaje verbal de los alcaldes de Santiago y A Coruña, respectivamente. Sus paladines ya han terciado en defenderlos ante lo que han sido meros comentarios, no sobre su inédita gestión, sino sobre sus dos primeros gestos de imagen y convencimiento, como es más que natural con respecto a su rechazo a participar en un acto tradicional en la historia de Galicia.

Martiño Noriega (Compostela Aberta) en Santiago de Compostela y Xulio Ferreiro (Marea Atlántica) en A Coruña, como principales paradigmas del cambio de imagen –aunque hay otros- en cuanto a lo que era tradicional en los ediles máximos anteriores en sus respectivas ciudades, ofrecen abundantes lecturas en cuanto al lenguaje no verbal, pero tremendamente indicativo que han exhibido.

En el caso de Noriega, su presencia permanente como caballero tocado con una horrible gorra de estibador de los muelles de Nueva York en las películas americanas de los años 50 no le favorecía demasiado. Las fotos de su toma de posesión ganan mucho,  y muestran a un hombre sin el complejo que se le atribuía, al apearse la gorra. Y a pesar de no usar corbata, tanto en su aspecto el día que recibió el varal de alcalde, como las primeras imágenes en ropa de trabajo aportan un sentido dinámico y moderno.

Pero ya advertido que no participará en los actos de la Ofrenda Nacional a Santiago Apóstol el 25 de julio, lo que invita a pensar qué va a pasar con  la comitiva que sale y regresa del Pazo de Raxoi que comparten el Ayuntamiento y la Xunta de Galicia en la plaza del Obradoiro. En todo caso, no se podrá evitar que otros ediles si participen en este acto, representando a los vecinos de Santiago que sí apoyan la presencia de sus representantes en la mencionada ofrenda. Ya veremos qué hace cuando llegue ese día y su ciudad y Galicia toda esté de fiesta.

Tienen toda la razón quienes afirman que para valorarlos como alcaldes habrá que esperar y, en todo caso, hacerlo en función de otros parámetros, eficacia, honradez y buena administración. Aunque además de todo eso, dado el carácter representativo que ostenta, a algunos nos cuidaría que no descuidara otros, como regidor de la capital de Galicia, que tiene peso, tradición e imagen propia en todo el mundo. Es de esperar que matice algunos maximalismos iniciales sobre el turismo o sus relaciones con empresas s instituciones, baremado únicamente en función del uso que éstas hagan del idioma gallego.

El varal de alcalde como trofeo

Ferreiro da más sensación de desaliño premeditado. Su gesto de mostrar en la plaza de María Pita el bastón de alcalde, que es una insignia, no otra cosa, es una forma equívoca como de exhibir un trofeo. El mensaje que se desprende, sobre todo, rubricado con sus palabras es de una demagogia infantil, que deja con el culo al aire al PSOE que tantos años gobernó la ciudad. El nuevo alcalde de A Coruña viene a decirnos que gracias a él el poder vuelve al pueblo, como si antes hubiera estado cautivo, y sus predecesores no fueran tan legítimos alcaldes como él mismo, a quienes ese pueblo soberano otorgó la función que ahora recae sobre él.

Me pregunto qué va a ser de determinados usos y símbolos que Francisco Vázquez entronizó durante su mandato: La milicia honrada ciudadana para acompañar en los actos solemnes a la corporación, los heraldos y maceros de gala; la ofrenda ante el monumento a María Pita, la ofrenda de la ciudad a su patrona y otros elementos que dieron a A Coruña un carácter de ciudad cuidadora de su historia, por no citar la gran bandera española en Riazor, luego acompañada de la gallega.

Y aplicándole el mismo criterio que debe ser aplicado para medir la calidad de un alcalde, su gestión como tal, que es y debe ser lo prioritario, ¿por qué eso no puede ser compatible con determinados valores en cuanto a la imagen de la ciudad que representa a través de sus gestos cuando comparezca en determinados actos públicos? Y que conste que hablo en general, no en cuanto a las ceremonias que ambos ediles ya han recusado.

Debo confesar que a mí me gustaba el estilo de Francisco Vázquez. Que es socialista, por cierto.

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