La sociedad española se ha hecho más participativa a través de la revolución tecnológica

La incorporación de innovación tecnológica en las empresas es insuficiente.
La incorporación de innovación tecnológica en las empresas es insuficiente.
En España los partidos políticos han establecido un régimen oligárquico, en donde la obediencia es lo único que se prima, según destaca esta colaboradora de MUNDIARIO en su tercer análisis.
La sociedad española se ha hecho más participativa a través de la revolución tecnológica

Desde la época de la transición allá por el año 76, en donde se produjo un traspaso de poderes de un sistema dictatorial a un sistema de partidos, han llovido algo más de 30 años, pero no los suficientes como para olvidar que la función principal de los partidos políticos es la de canalizar la voluntad popular. Con el devenir de los años, esa misión fue desvaneciéndose a medida que la bonanza económica daba pasos elefantiásicos acompañados, como no podía ser de otra forma, por su eterna y silenciosa compañera de viaje: la corrupción. Desapercibida, circunstancialmente, por la inmensa mayoría de los españoles que vivían obnubilados por la mejora “in crecento” de su poder adquisitivo y el estado de bienestar; hasta que llegó el “imprevisible” 2008 y, con él, la época de las vacas gordas dio paso a la de las vacas flacas y día sí, día también, todo han sido fuertes envestidas hacia el pueblo español a modo de escandalosas corruptelas; perpetradas en torno al clientelismo político al servicio de los grandes empresarios que, actuando en continua concomitancia, se dedicaron prioritariamente al ejercicio de la delincuencia económica, también conocida como “white collar” en la cultura anglosajona.

La operatividad continuada de los delincuentes económicos, con alevosía y premeditación, durante los últimos 20 años ha creado una sensación de hartazgo que ha desembocado en una profunda desafección ciudadana. De hecho, el tercer problema que más preocupa a la sociedad española es la clase política, con la cuota de valoración más baja de la era democrática. Por tanto, de la desafección política no se saca nada en positivo, salvo el llevar a cabo una crítica constructiva que dé paso a la transición ciudadana. Puesto que la existencia de los partidos políticos es de omnímoda necesidad en toda democracia. Si no es así, lo único que le queda a la sociedad civil es el telón de acero de la dictadura.

En una sociedad abierta y democrática la ejemplaridad ha de venir de todos y para todos. Y la primera piedra para que la construcción de la misma sea férrea y consistente, ha de partir desde los poderes públicos y proyectarse al resto de la sociedad. No ha de ser acaso más eficiente una militancia que realmente controle a sus partidos, en lugar de dedicarse a obviar el art. 20 de la Constitución española sobre la libertad de expresión y consagrarse, de manera desmesurada a la subordinación, peloteo y sumisión como medidas rentables de promoción y mantenimiento en la cúpula. En España los partidos políticos han establecido un régimen oligárquico, en donde la obediencia es lo único que se prima y da lugar a escuchar lindezas como la pronunciada, con indescriptible verborrea, por la presidenta de las Nuevas Generaciones del PP, Beatriz Jurado, que tuvo la osadía de comparar a la ministra de empleo, Fátima Báñez, cual hada madrina de los jóvenes españoles cubierta por una pátina de luz de la oportunidad; dejando entrever, por enésima vez, la mediocridad de la fauna política.

La crisis actual no es sólo coyuntural, puesto que se ha visto agravada por la corrupción estructural. Precisamente, ha sido esa organización estructural como tejido operativo que ha de llegar a todos los rincones institucionales, la que ha antepuesto sus propios intereses a las preocupaciones de los ciudadanos. Y es por este motivo que la sociedad se ha hecho más participativa a través de la revolución tecnológica, y no sólo cada 4 años ejerciendo su derecho a voto, y preguntarse por qué la clase política ha degenerado hasta una avaricia servida a la carta. De hecho, los políticos profesionalizados andan sobrados del síndrome del espejismo y carentes de proyecto político. Y he aquí donde el político pasa a convertirse en funcionario. La casta política no debe confundir jamás la lealtad al partido con el aplauso incondicional. La crítica es necesaria y la crítica interna de los partidos es totalmente lícita, además de que es sana e higiénica para cualquier organización, porque sólo así se contribuirá al saneamiento de las cámaras que, a modo de vaso conductor con la sociedad, nos conducirá a la regeneración política tan necesaria para salir de esta crisis, económica y de valores, tan infructuosa para España.

Por tanto, la salida de los portales del culo de un poderoso organismo, cuya única función es excretar la munición, el defoliante necesario para que otros organismos más poderosos destruyan el milagro de la humanidad, sólo necesitará superar la prueba del tiempo. Liberarnos de este hedor es el compromiso que tenemos por delante. Nadie ha dicho que sea fácil, pero tampoco imposible.

La sociedad española se ha hecho más participativa a través de la revolución tecnológica
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