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¿Es la calle el lugar para trasladar la crispación social?

Esa costumbre tan española de citarse en la calle para dirimir conflictos solo ha traído miserias y tragedias a la historia de este país suspenso en convivencia.

¿Es la calle el lugar para trasladar la crispación social?
Mentiras. / Pexels.com.
Mentiras. / Pexels.com.

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Fernando Cueto

Fernando Cueto

El autor, FERNANDO CUETO, es colaborador de MUNDIARIO. Publicitario, consultor, escritor y bloguero. @mundiario

Nuestro país sigue inmerso en una espiral de crispación social que ya se ha convertido en un permanente estado de convivencia, frágil y tensa, pero convivencia al fin y al cabo. En los medios de comunicación, en el Congreso, en la calle… la permanente obsesión por el enfrentamiento, al precio que sea, es un rasgo que parece definirnos a los españoles, siempre prestos a sacar lo peor de nosotros cuando nos tocan la fibra sensible, y cada vez cuesta menos hacerlo. Lo peor de todo es que este estado suele venir provocado por alguna mentira, porque en este país se valora mucho la mentira, siempre mirando la dirección que nos conviene, por supuesto. Mal que nos pese, lo que los modernos llaman fake news se viene practicando en nuestra nación desde tiempos de maricastaña. Y en la política aún más. Los políticos parecen recibir un master secreto de como mentir sin que la cara se les ponga roja y muy pocos se salvan de esta práctica deleznable que tanto daño está haciendo a nuestra sociedad.

Hace algunos años leí un ensayo sobre el problema nacionalista de Irlanda donde el autor, miembro de una familia católica, con todo lo que ello significa en ese país, aludía a que el verdadero problema irlandés era la llamada de la tierra. Esa tierra que clama por la venganza y la sangre derramada durante siglos y a cuyo influjo parece que la gran mayoría de los muy católicos irlandeses de bien no podían resistirse. En España nos ocurre algo parecido. Tenemos viejas cuitas guardadas en el baúl de los sentimientos, escondidas en cada foto, en cada recuerdo de nuestra infancia o juventud; en cada mirada a nuestros abuelos o en cada línea mal entendida de un libro cualquiera. Y así, el ejercicio de convivencia resulta extremadamente difícil de llevar a cabo. No sacamos los puñales porque, digan lo que digan las crónicas, los españoles nos hemos vuelto cómodos y conformistas, más amantes del jolgorio y la holganza que de la pelea física. Y menos mal que es así porque si no las calles estarían llenas de cadáveres y los bares no tendrían razón de ser terminarían por convertirse en tiendas de Zara o cualquier otra empresa multinacional. No nos liamos a mamporros, es verdad, pero lo tenemos bien guardado dentro para poder soltar la bilis ante cualquier resultado electoral que no nos guste o en una cena con el cuñado de turno. Así nos luce el pelo.


En este país falta leer más y comprender lo leído. Nos falta pensar por nosotros mismos y cuestionar cada eslogan que nos lanzan desde las tribunas públicas. Nos falta coraje para espetarle al miserable de turno “eso es mentira”. Nos falta conocimiento y sabiduría pero también empatía y generosidad. Aquella sentencia que formuló Hobbes, “el hombre es un lobo para el hombre”, podría haberlo pronunciado Curro de Antequera, Ximo de Valencia o Antxon de Basauri. Va de regalo en el carácter de nuestra nación. Lo llevamos en el ADN y esto, admitámoslo de una vez, es una tragedia. @mundiario