Injurias y menosprecio de creencias deberían quedar fuera de lo opinable

El Cristo Redentor del Corcovado. Río de Janeiro, Brasil. / Mundiario.
El Cristo Redentor del Corcovado, en Río de Janeiro.

Dirigirse al público a través de un medio de comunicación constituye un privilegio que debe administrarse con responsabilidad, según explica este autor, notario jubilado.

Injurias y menosprecio de creencias deberían quedar fuera de lo opinable

Dirigirse al público a través de un medio de comunicación constituye un privilegio que debe administrarse con responsabilidad, según explica este autor, notario jubilado.

Injurias, insultos, menosprecio de valores religiosos, culturales o ideológicos deberían situarse al otro lado de lo opinable, por decisión personal de quien emite el juicio, en aras del respeto a las ideas, creencias y principios de vida de quienes no piensan como nosotros. Este sería el límite de conciencia –naturalmente, podría haber otros límites impuestos por la legislación-; traspasarlo, implicaría agravio a terceros, que podrían reaccionar de formas diversas: silencio, réplica dialéctica, querella  o violencia irracional.

Dirigirse al público a través de un medio de comunicación, constituye un privilegio que, quien lo ejerce, debe administrar con sentido de la responsabilidad y mesura, independientemente  del número de personas que realmente lean o escuchen el juicio vertido.

Es muy frecuente recurrir a la violencia verbal mediante exabruptos, insultos, gritos y blasfemias para defender una postura o atacar las opciones ajenas, en la creencia de que los argumentos resultan más contundentes cuanto más gruesos y abundantes son los calificativos; sin embargo, el manejo del lenguaje mediante un vocabulario rico, uso de la ironía, doble sentido, imaginación y otros recursos lingüísticos, pueden resultar dialécticamente demoledores.

Vivimos -casi todos somos responsables- en un permanente ambiente de crispación, que propicia la profusión de todo tipo de extremismos desde tribunas públicas. La expresión libre de la diversidad que, en principio, debería enriquecer  la convivencia, suele convertirse en coliseo romano  donde se polemiza de forma irracional y violenta, gestual y verbalmente, oyendo al adversario sin escucharle, con un discurso preconcebido carente de voluntad de adaptar los razonamientos a cada momento del debate. Véanse artículos de opinión, tertulias radiofónicas, televisivas o  de café, debates de todo tipo, declaraciones y ruedas de prensa de ciertos políticos.

Es cierto que una misma realidad puede ser  percibida de forma diferente por quienes la miran,  en función del lugar desde el que se produce la observación, el estado de ánimo y otros factores; pero de ahí a teñir de negro o de rojo el paisaje, hay una notable diferencia.

Injurias y menosprecio de creencias deberían quedar fuera de lo opinable
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