A los infantiles demócratas españoles les asustan los 'cocos' y los 'sacamantecas'

Grabado Que viene el coco. / Goya
Grabado Que viene el coco. / Goya

¡Qué viene Montoro!, ¡qué viene Pujol, ¡qué viene la Troika!, ¡qué viene Podemos!, ¡qué viene Mas!, ¡qué sigue La Monarquía!, ¡qué viene la República!, ¡qué viene el frente popular!, ¡qué se quedan los azules!, ¡qué vienen los rojos…! ¡Uuuuh, qué miedo!

A los infantiles demócratas españoles les asustan los 'cocos' y los 'sacamantecas'

¡Qué viene Montoro!, ¡qué viene Pujol, ¡qué viene la Troika!, ¡qué viene Podemos!, ¡qué viene Mas!, ¡qué sigue La Monarquía!, ¡qué viene la República!, ¡qué viene el frente popular!, ¡qué se quedan los azules!, ¡qué vienen los rojos…! ¡Uuuuh, qué miedo!

We are the world, we are the children. Nosotros somos los miles de millones de individuos de paso en la gran carrera de relevos de la vida en la que, morituri, los que van a morir, le traspasan el testigo a nasciturus, los que van a nacer. Nosotros somos el mundo, nosotros somos esos mocosos demócratas de todas las edades, de todas las condiciones, de todos los géneros, de todos los colores de piel, de todas las creencias, de todas las ideologías, a los que todavía nos despierta por las noches alguna mutación del dichoso “coco” que permanece hibernado en el país de Nunca Jamás de nuestras infancias.

Ya nunca volveremos a temblar con el hombre del saco, con el sacamantecas, con aquellos aliados virtuales a los que invocaban los padres de los niños que se declaraban en huelga a la hora de comer y a la hora de dormir. Aquellos se desvanecían a media que se iba consagrando la primavera de la adolescencia. Estos otros, en cambio, los hombres de negro de los mercados, los ministros de Hacienda, los Honorables autonómicos, los legisladores Girondinos, Jacobinos, Sans Cuolottes o Thermidorianos que siguen calentado los escaños parlamentarios, miradles, como patéticas réplicas del uso y el abuso de la ilustración que consagró la mitificada y trasnochada Revolución Francesa, estos, ya digo, al compás de sus respectivos directores de orquestas ideológicas, han inventado el miedo sofisticado, globalizado, legitimado y sostenible desde que un ser humano escucha la primera nana hasta que un grupo de allegados entonan su réquiem.

La civilizada e incruenta guillotina de las urnas

¡Maldita sea la hora en la que a nuestros antepasados les hicieron creer que acababan de convertirse en ciudadanos! ¡Aquel momento en el que empezaron a rodar cabezas de tiranos ungidos por Dios y empezaron a vislumbrarse los primeros esbozos de tiranos legítimamente ungidos por las urnas, que no dejan de ser contenedores axiomáticos de  la voluntad divinizada y a veces fanática de una mayoría! ¿De verdad no pueden equivocarse 11 millones de moscas que se dan banquetes de mierda…? Pues claro que sí, hombre. Ese sigue siendo el dilema desde que alguien inmortalizó una memorable pintada en las primeras paredes de las lamentaciones exentas de censura, no sé si te acuerdas, en aquel tiempo en el que España volvía darle los buenos días a la democracia. Millones de ciudadanos occidentales pueden seguir coronando reyezuelos, tiranos,  Robespierres, Hitlers, Stalins y peculiares especímenes humanos de esos. Pero, chico, con la gran ventaja de que ya no tenemos que deshacernos de ellos utilizando guillotinas o tanques, que dejan la historia manchada de sangre, sino las urnas, el voto íntimo y secreto, cada cuatro años, que permite que la civilización quede limpia como una patena.

De la tiranía del terror a la democracia del miedo

Del miedo rústico y primitivo a lo desconocido, hemos pasado al terror sofisticado y justificado de lo que se publica en los BOEs. Del abuso del analfabetismo generalizado, hemos desembocado en el legitimado terrorismo de leyes ininteligibles, cuya ignorancia por escasez de comprensión oral y escrita, por falta de tiempo, por falta de recursos para pagar la minuta de un abogado, de un asesor fiscal (no somos todos iguales ante la ley), no exime de su cumplimiento. Ahora que necesitábamos a un Serrat cuya voz clamase en el desierto por millones de “Esos locos altitos”, se nos ha hecho mayor y padecen artrosis sus cuerdas vocales. Ahora que necesitábamos la genialidad de Goya para actualizar su inmortal visión de “Que viene el coco”, qué sé yo, con un Montoro, con un Botín, con un Rajoy, con un Pedro Sánchez, con un Mas, con un Pablo Iglesias, con otro Pujol, con un Junqueras, con un Bárcenas, con un exmatón de Bildu, con un Urdangarín, con un Gallardón, con una Susana Díaz, con una Ana Mato, con un Rato, con un Griñán, con una Barberá, con un Fabra, con un Rosell, con un Cándido Méndez, con un Fernández Toxo, con un halcón del IBEX 35, con cualquiera de los miles de sacamantecas que convierten nuestros sueños en pesadillas reales, como Freddy Krueger los funestos sueños de celuloide,  resulta que nuestro genial pintor mantiene una irreversible sordera eterna.

Una democracia de las maravillas de cartón piedra

We are the world, we are the children. Nosotros somos el mundo, nosotros somos los niños recién nacidos, escolarizados, jóvenes, maduros, adultos, hembras, varones, trabajadores, parados, amas de casa, dependientes, jubilados, unionistas, independentistas, ultras, radicales, hooligan de derechas, hooligan de izquierdas, madridistas, culés, proabortistas, antiabortistas, confesionales, laicistas, mareando la perdiz de las palabras huecas, de las declaraciones de principios grouchomarxistas: “estos son mis principios, si no les gustan tengo otros”, mientras aceptamos con resignación cristiana o atea, progresista o conservadora, femenina o masculina, joven o vieja, ¿qué más da?, vivir acojonados por las siglas de las siglas en una aparatosa democracia de las maravillas de cartón piedra.

Niño, deja ya de joder con la pelota. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca. ¡Españoles, dejad ya de joder con los derechos! Españoles, que aquí se fuma donde yo diga, que aquí se circula a la velocidad que yo decida, que aquí se le paga a Hacienda lo que yo ordene, cuando yo lo ordene y como yo lo ordene. Que aquí, o sea, en España, los incautos ciudadanos que se proclaman progresistas o conservadores, incluso los que ahora  aspiran a terceras vías constituyentes, involutivas y narcóticas, con sus tentadores efectos placebo contra la indignación, son y seguiremos siendo los mismos conmovedores perros, mansos o rabiosos, con distintos collares.

Anatomía de los nuevos “cocos” que acojonan a los españoles

Los nuevos “cocos”, como los carteros, siempre llaman dos veces. Los ministros de Rajoy perturban los sueños del mismo número de españoles que los ministros de sus antecesores Felipe, Aznar o Zapatero. Pero, ni más ni menos de lo que los perturbarían los ministros de ese hipotético Frente Popular que tejen por las noches Izquierda Unida, independentistas radicales, Adas Colau, Monederos, Pablos Iglesias y demás Robín Hoods que organizan emboscadas, en sus frondosos y laberínticos bosques de Serwood ideológicos, con sonoras y sonadas palabras en vez de con flechas silenciosas. ¡Es el Poder, estúpido! Es la inercia tóxica que desprenden las paredes de Las Moncloas, los ambientadores de los coches oficiales, la tinta voluble de los documentos que se corrompen en las claustrofóbicas carteras ministeriales, el culto enfermizo a los Césares, la tentación genuinamente española de ser un caudillo por la fuerza o por las urnas.

Aquí, ladies and gentlemen, hemos inventado la democracia del miedo. ¡Qué viene el Fisco!, ¡qué viene el Consejo de Ministros!, ¡qué vienen el alcoholímetro!, ¡qué viene el aborto!, ¡qué viene la consulta!, ¡qué viene Mas!, ¡qué viene la derecha!, ¡qué viene la izquierda!, ¡qué viene Podemos!, ¡qué viene la reforma constitucional!, ¡qué no se va el Rey!, ¡qué viene la República!, ¡qué viene el lobo!, ¡qué viene el coco (uuuuh, qué miedo) que asusta unas veces a una media España, otras veces a la otra media y siempre a la tercera España que permanece al acecho, en mitad de la escalera, sin dejarnos vislumbrar si la quiere subir hacia la democracia o la quiere bajar hacia el totalitarismo! ¿Todavía no se han cansado, no nos hemos cansado de vivir en permanente contradicción entre la libertad y el miedo? ¿Somos tan democráticamente inmaduros como para no aceptar las alternancias, los “sorpassos” y los avatares de las periódicas citas electorales? ¿Seguimos sin aprender a ganar y a perder en las legítimas contiendas electorales, ay, que tanto anhelamos durante cuarenta tenebrosos años de franquismo?

La democracia, el miedo y el onanismo ideológico

Una democracia con miedo, del miedo, viene siendo como ponerse a practicar todas las posiciones del kamasutra con preservativo. Puede parecer lo mismo, pero no es igual, colega. A mis escasas luces, y dicho sea con todos los respetos, es un hándicap que dificulta el estimulo colectivo e individual del punto G sociológico que permite compartir orgasmos sostenibles con ese permanente y nebuloso objeto del deseo al que llamamos libertad. Ustedes son muy libres de seguir practicando el onanismo político y electoral con sus respectivos fetiches y sus inconfesables fantasías erótico-ideológicas. Pero un demócrata genuino, de marca, de los que de verdad pueden cambiar esta España que sigue helándonos el corazón, debe ser un algún españolito/a que todavía duerme en una cuna, con un chupete en la boca, esperando a hacerse mayor para poner en práctica la monogamia con la libertad. O sea, no el polvo fugaz con la libertad escrita en minúsculas a la que invocan con promiscuidad nuestros políticos feriantes y su corte de “trileros” electoralistas de las mil y una calles Sierpes. Ca. De esa llevamos siglos empachados. Dicen los utópicos nacionales, esos “alien” en serio peligro de extinción, que existe o que debería existir otra LIBERTAD con mayúsculas, en su más amplia, variada, tolerante, integral e integradora dimensión, capaz de ser asimilada por un ser humano que pretenda trascender más allá de nuestra historia mezquina, cainita y fratricida.

¡Qué vienen los hombres de negro…!

Y luego otra cosa, ya que estamos evocando la figura del coco, queridos compatriotas. Al final, el que siembra vientos siempre acaba recogiendo tempestades. El pueblo que asustó durante siglos a los niños belgas con el Duque de Alba, ¡si no comes viene el Duque de Alba!, no puede extrañarse ahora de que Bruselas nos responda con “cocos” para a asustar a los niños, los jóvenes y los adultos españoles: ¡si no practicáis la austeridad os envío a los hombres de negro! No todo ha sido culpa de la incompetencia encadenada de Felipe, de Aznar, de Zapatero o de Rajoy. Además de nuestra desmesurada deuda pública, emerge entre las sombras la deuda histórica de nuestros Tercios y nuestras picas en Flandes, a ver si me entiendes, cuando Felipe II ejercía de Merkel de Europa.

A los infantiles demócratas españoles les asustan los 'cocos' y los 'sacamantecas'
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