Infantes y adolescentes estarán mejor protegidos en adelante

Niños en una escuela. / Mundiario
Niños en una escuela. / Mundiario

Falta ahora implementar la nueva ley en todos los aspectos; es imprescindible para que también la sociedad se sienta más protegida de sus fantasmas.

Infantes y adolescentes estarán mejor protegidos en adelante

Entre las raras ocasiones actuales en que acontece algo estimulante en el Congreso de Diputados, debe figurar la reciente sesión en que se aprobó el proyecto de Ley orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia, antes de pasarla al Senado.

Entre sus novedades, aporta que los delitos contra quienes en la edad de la enseñanza obligatoria hayan sido objeto de acoso o violencia sexual, no prescriban hasta que alcancen los 50 años de edad; y también, un articulado de medidas específicas a plasmar en cada centro educativo, buen punto de exigencia, a la par que de vigilancia, para que las violencias sobre la infancia y la adolescencia desaparezcan. Cuando en febrero de 2019 lo que era anteproyecto pasó por el CES (Consejo Económico y Social) para su preceptivo informe previo, este señalaba “la falta de datos globales, fiables y sistemáticos sobre la envergadura” de este tipo de  violencia, junto a su “aumento espectacular” desde 2009, y la dificultad añadida de proteger “el derecho de los niños y niñas a la integridad física y moral” a pesar  de ser un “problema grave y de crecientes dimensiones”. Según el CES,  solo en 2017 había habido 38.433 víctimas de algún ilícito penal de los contemplados en esta ley cuando era anteproyecto, unos mil más que el año anterior.

Cultura ambiental

Los datos que organizaciones preocupadas por estas edades aportan a día de hoy, entre ellas Save the Children, no son mejores y no serán fáciles de mejorar. Las actitudes que rechazan son un producto cultural aprendido, de los que tienen muy larga historia detrás. En la infancia y adolescencia de la mayoría de los españoles, el problema ha existido pero la preocupación por lo que ocurría en los espacios escolares, en las familias y en algunos ambientes no traspasaba los círculos coloquiales, ni suscitaba mayores escrúpulos de conciencia. Era muy habitual que los maltratos no se recriminaran, pero los que pasamos de los 50 años fuimos testigos de situaciones obligadas, en que eran algo “normal”, “natural”, e, incluso, obligado; hasta la Biblia nos esgrimían a veces como ejemplo, porque en algunos de sus libros hay consejos inspiradores de ese tipo. Y cuando con motivo de la ley de Violencia de género se ha explicado que el maltrato a las mujeres repercute en el infantil, han seguido teniendo cancha los opinadores para quienes lo primero no existe –o que es pura ideología- y que lo segundo es  exagerado.

Por tu propio bien

En terreno tan embarrado es de agradecer esta ley. Pero solo será más pionera respecto a otros países si se implementa bien y acelera la desaparición de este tipo de comportamientos. La existencia de ilícitos en este ámbito está muy asentada: las familias, espacio donde acontecen mayoritariamente tales abusos y muchos otros, les costará cambiar actitudes que los hayan propiciado en su privacidad; instituciones tan relevantes como la Iglesia católica han tardado, hasta febrero de 2019, en aceptar que tuvieran dentro su “escándalo”; y quienes hayan descubierto el mal llamado “pin parental”, tardarán lo suyo en admitir que los niños  y adolescentes son tan sujetos de derecho como cualquier adulto.

Detrás de tales violencias está el desapego sufrido por muchas generaciones en que no ser mayor de edad era no ser sujeto jurídico, sino apéndice inconcreto de otras voluntades minoradoras; esta sinrazón, generadora de conductas  inapropiadas -y, a veces, bochornosas-, mixtificó, sin embargo como virtuosa la atención que parecían prestar a niños y adolescentes quienes –en las casas, en los colegios y en la calle- solo alcanzaban  a verse a sí mismos como norma rectora de hipocresías dañinas.. Alice Miller, experta en maltrato infantil, estudió ese estilo educador en que todos decían actuar “por nuestro propio bien”; y descubrió cómo las vidas de muchos quedaron marcadas por los métodos con que nos prohibían, reñían, mentían, castigaban, pegaban, silenciaban y sometían a obediencias que, desde una cualificación actual, rechazamos. Aquellas maneras de enderezar la “buena educación”, opacas a los “Derechos del Niño”, son violencia pura y dura.

Estos abusos tienen mucho que ver con lo que les enseñaron a muchos educadores, tutores o colegas, quienes, de manera igualmente agresiva lo reproducen con todo tipo de pretextos en otros alumnos, hijos o compañeros de pupitre. Las mafiosas hipérboles de obediencia y silencio con que se acompañan suelen ser, como en toda dictadura que se precie, normalidad en no pocos ambientes; al transmitirlas, hacen que prosiga la injusticia profunda de sometimientos, quiebras y estropicios personales y, cual pandemia tóxica, repercuten en la sociedad. El abuso autoritario –prolongado a veces en violencia sexual- que se imponía en muchos ambientes, ha dejado rastros desgraciados en cuantos han sufrido maltrato educacional. “El cuadro de los malos tratos sufridos en la infancia –escribe también Miller- no aparece todo de un golpe, es un largo proceso en el curso del cual nuevos aspectos emergen poco a poco a la conciencia... Llega a ser perceptible solamente cuando se es adulto, ya que el niño no tuvo otra elección que la de sufrir durante años en silencio”. Esta especialista , después de adentrarse en la infancia del dictador alemán y en la relación con su padre, dejó este aviso:   “Bastó el delirio de un Führer, bastaron unos millones de ciudadanos bien educados para extinguir, en el curso de pocos años, un número incontable de vidas humanas inocentes”.

La lluvia y el llanto

Cuando se proclame esta ley orgánica, quedará mucho por remover; no solo tras la ajetreada “disciplina” que muchos han demandado siempre, sino también en lo que, recientemente, algunos alegan por nuestra “libertad”. El reglamento de régimen interior de institutos  requería, en 1940, actitudes acordes con “las orientaciones establecidas en la Ley de 20.09.1938”; no desmerecía mucho de  otros más próximos, con la “autoridad del profesor” como bandera . En el tránsito a la efectividad de esta honrosa ley orgánica, ni siquiera un ejercicio de “impecable paleontología” sobre muchas infancias podrá tapar sus “grietas y traumas”, ni  –según expresión de Benedetti- “remendar con zurcido invisible los desgarrones” que puedan acompañar algunos buenos recuerdos de aquellos años. @mundiario

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