Una incorrección política: ¿y si España fuera un Estado (parcialmente) fallido?

Una imagen relativa a la corrupción en España.
España.

Para percibir los defectos, incluso genéticos, de España no hace falta ser antiespañol ni particularmente pesimista.  Basta releer a Ortega de vez en cuando.  No era un anarquista ni un nacionalista periférico, pero era muy perspicaz y no estaba preso por la corrección política.

Una incorrección política: ¿y si España fuera un Estado (parcialmente) fallido?

Al profesor Alvaro Mira

 

¿España, estado fallido? ¿Con helicópteros vigilándonos, Hacienda controlándome el último euro y furgones policiales patrullando hasta las ciudades más tranquilas?  ¡Absurdo!

Sí, tiene razón, pero on second thoughts, la realidad de este protectorado alemán loco por hablar inglés llamado España, aconseja, como siempre, responder con un céltico depende.

En defensa, economía, moneda, empleo, demografía o cultura, la salud de España no es mucha.  Ante una amenaza bélica o terrorista seria, España no garantizará la integridad de su territorio o la seguridad de su población ni durante un día, por mucho que en el tren A Coruña-Santiago escaneen mi cartera como si de ello dependiera la paz mundial (supongo que el scanner conserva registros de los contenidos de mi bocadillo diario).

En economía, su capacidad para sacarnos por sí misma de la crisis es —siendo benévolos— escasa, y respecto a moneda, sobra todo comentario.

¿Y en desempleo?  La incapacidad del Estado para rebajarlo, en un futuro razonable, al 10% (que en USA provocaría una revolución) es clara.

Pasemos, ahora, a la demografía: en el pasado, quizá España pudo, pero no quiso, afrontar el problema; hoy no puede garantizar el reemplazo generacional y no frena la despoblación ni el envejecimiento.

¿Y en cultura?  Pues pese a las apariencias y fastos, básicamente para consumo interno, el inglés penetra el español como un cuchillo la mantequilla y, en realidad, es, con mucho, el idioma más promocionado en España. Hace cinco años, nadie conocía el Black Friday; hoy, nadie lo desconoce.

Se me responderá que todo eso no describe un Estado fallido, sino un Estado federado o un miembro de la UE. Y con razón, pero no toda.

José Ortega y Gasset. / Mundiario

José Ortega y Gasset. / Mundiario

Ciertamente que si alguien pone en común parte de su soberanía para formar los USA o la UE, no se convierte eo ipso en estado fallido, muy especialmente si antes no existía, o no tenía soberanía que hipotecar (así, Utah o Eslovenia, o Cataluña si se independizara e ingresara en la UE).  Pero el juicio no será el mismo si quien hipoteca su soberanía es un Estado viejo y pleno.  Un Estado maduro que ingrese en la UE debería conservar no menos autogobierno que Quebec; no menos soberanía tributaria que Delaware; no menos capacidad de co-gobernar la nave común que Alemania, no menos capacidad de bloqueo y auto-defensa que la pequeña Wallonia, no menos control sobre su constitución que California, y así sucesivamente.

Démosle otra vuelta al asunto.  Que uno sea incapaz de solucionar por sí solo el cambio climático mundial no implica ser un Estado fallido en todo ni en parte, pero ser incapaz de atender los fines irrenunciables de una comunidad política (por ejemplo, protección de su población), sí; y en los campos donde la incapacidad fuera seria y duradera (defensa, empleo, etcétera), tendríamos un Estado fallido.  El Estado español se ha comportado como tal al no defender —por ejemplo— el modelo español de Universidad, ni sus autónomos ni pequeños comerciantes (si es que no ha sido el verdugo).

También estamos ante un Estado fallido cuando en ciertos territorios sentimos que “es como si no hubiera estado Estado”

También estamos ante un Estado fallido cuando en ciertos territorios —como, por ejemplo, algunas áreas remotas de Colombia o México, que en otros aspectos son muy auténticos estados— sentimos que “es como si no hubiera estado Estado”. Y aquí no hay territorios, pero sí materias en las que “es casi como si no hubiera Estado” porque su existencia no implica gran diferencia, bien por su incapacidad (defensa), bien por consentir (Bolonia, políticas europeas anti-crisis).  En el último caso, no es que no haya sobre nosotros un poder (y nada escaso, además) sino que, aunque parezca ser el de nuestro Estado, no es sino un terminal de otro poder superior.  Esto no produce estados fallidos sensu stricto sino Estados-brazos ejecutores, agentes o delegados que un día, a la larga, podrían resultar prescindibles.

Para recibir las llamadas de Bruselas y ejecutar aquí sus órdenes, incluso implacablemente, bastaría una colonia.  Controlarme a mí, —como al 99 por cientoi de la gente corriente—, lo puede hacer casi de rutina un Estado medio fallido; le basta con un poco del postmoderno totalitarismo soft.  Y tampoco refuta este argumento la capacidad de control sobre una población más anestesiada y vigilada que en 1975.  Que el presupuesto ocupe más y más del PIB, o que la población y renta de Madrid no paren de crecer, no hacen menos fallido al proyecto España.

Terminemos.  Para percibir los defectos, incluso genéticos, de España no hace falta ser antiespañol ni particularmente pesimista.  Basta releer a Ortega de vez en cuando.  No era un anarquista ni un nacionalista periférico, pero era muy perspicaz y no estaba preso por la corrección política.

Una incorrección política: ¿y si España fuera un Estado (parcialmente) fallido?
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