Buscar

MUNDIARIO

Incapacidad del nacionalismo catalán para gobernar

Para la inmensa mayoría de analistas y dirigentes, no es posible gobernar ni desde el exilio ni desde la cárcel ni libre pero bajo un proceso judicial que terminará con, al menos, la inhabilitación.

Incapacidad del nacionalismo catalán para gobernar
Palacio de la Generalitat de Cataluña.
Palacio de la Generalitat de Cataluña.

Firma

José Luis Méndez Romeu

José Luis Méndez Romeu

El autor, JOSÉ LUIS MÉNDEZ ROMEU, es licenciado en Pedagogía y columnista de MUNDIARIO. Exdiputado y exportavoz parlamentario del PSdeG - PSOE, fue conselleiro del Gobierno de Galicia y secretario de Estado del Gobierno de España. @mundiario

El nacionalismo catalán aunque dividido en tres familias logró mayoría suficiente para gobernar la Generalitat. Sus fuertes divisiones internas así como la competencia por la hegemonía, le han impedido hasta ahora regresar a la normalidad política. La presión de Puigdemont, líder del grupo mayoritario, les ha abocado a repetir su candidatura a la Presidencia de la autonomía, despreciando la evidencia de que no podrá gobernar. Todas las sobreactuaciones del candidato tienen como único fin poner en evidencia al Gobierno estatal y forzarlo eventualmente a negociar medidas de gracia. Pero para la inmensa mayoría de analistas y dirigentes, no es posible gobernar ni desde el exilio ni desde la cárcel ni libre pero bajo un proceso judicial que terminará con, al menos, la inhabilitación.

El bloqueo entre los grupos nacionalistas ha llevado a una solución pragmática pero enrevesada. Se trata de que el Gobierno central asuma el coste de impedir la reelección de Puigdemont. Algo que ya ha comenzado a ocurrir con la impugnación ante el Tribunal Constitucional. No importa que el Consejo de Estado no la considere pertinente pues el objetivo no es ganar, sino suspender la propuesta, dando así motivo suficiente a los nacionalistas para enmendarla con otro candidato. Salvo que el nuevo Presidente del Parlament decida seguir la senda de su antecesora, desoir al alto Tribunal y mantener el Pleno. Vistos los precedentes, le esperaría la detención y el juicio posterior.

Escribe Durán i Lleida, voz todavía respetada, que el problema de la sociedad catalana actual es alumbrar una nueva generación dirigente

Escribe Durán i Lleida, voz todavía respetada, que el problema de la sociedad catalana actual es alumbrar una nueva generación dirigente. Está resultando evidente que los actuales dirigentes viven todavía de la ensoñación anterior y que no pueden, por razones tácticas o por mediocridad personal, imaginar un nuevo camino que permita restaurar el autogobierno y el prestigio de las instituciones.

Cuando Rajoy en una decisión audaz convocó elecciones autonómicas en diciembre, pretendía acortar al mínimo imprescindible el período de interinidad provocado por la asunción de competencias por el Ejecutivo estatal tras la aprobación en el Senado de la activación del artículo 155 de la Constitución. Su peor pesadilla era que la situación de interinidad se prolongase. Sigue siendo el mayor riesgo si las fuerzas nacionalistas no pactan entre sí un gobierno viable y, algo todavía más difícil, una estrategia de distensión social  y política.

Como se está demostrando en la parálisis del Ayuntamiento de Barcelona, lograda por la alcaldesa a fuerza de incoherencia, no basta presidir las instituciones para gobernar. La fuerte pugna interna entre los nacionalistas, se complicará por la estructura del grupo de Puigdemont, una amalgama de independientes y restos de la vieja Convergencia, soldados por él mismo. Su exilio debilitará esos lazos complicando aún más la unidad necesaria para gobernar.

La solución propuesta entre otros por el anterior conseller de Economía, un gobierno tecnocrático para recuperar la normalidad durante cuatro años, podría ser la salida de menor coste para los nacionalistas, que podrían trasladar el conflicto político al Parlament, siempre más fácil de manejar, mientras el Ejecutivo se dedicaría a la gestión y a restaurar el diálogo interior, con la sociedad catalana hoy polarizada, y con el Gobierno estatal, algo imprescindible para conseguir la estabilidad necesaria para la vida económica.

A día de hoy, Puigdemont es el principal obstáculo para todo. Sacrificarlo se ha vuelto una necesidad. El nacionalismo que lleva mucho tiempo escapando de la realidad, pretende que ese trabajo sucio se lo haga el Gobierno central. Demostrará una vez más que sin Madrid, el frontón de todas las quejas, el nacionalismo catalán es inane. @mundiario