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MUNDIARIO

Impresionan las sonrisas y las lágrimas de dos niños, testigos singulares de dramas que les afectan

La niña siria Salwa contagia su risa abierta y franca en una explosión de alegría gracias a la “magia” de su padre. El pequeño andaluz Eugenio, testigo del asesinato de su madre, ha perdido su alegría y su sonrisa para siempre.
Impresionan las sonrisas y las lágrimas de dos niños, testigos singulares de dramas que les afectan
Salwa, la niña siria. / RR SS
Salwa, la niña siria. / RR SS

Tomo prestado el título para este comentario de la película dirigida por Robert Wise en 1965, aunque las dos historias conocidas en febrero que voy a contar nada tienen que ver con el argumento del film interpretado por Julie Andrews y Christopher Plummer, pero sí que dejan “sonrisas y lágrimas” en los protagonistas, dos niños de 4 años.  

En la primera, la niña siria Salwa aparece en un vídeo en brazos de su padre riendo a mandíbula batiente. El progenitor trataba de evitar que la guerra le arrebatara la infancia y en un derroche de imaginación -que recuerda al judío italiano Guido de “La vida es bella”- le hacía creer que el ruido de los aviones y la explosión de las bombas en Saraqi, la ciudad donde vivían, eran petardos lanzados por otros niños que estaban jugando.

Siria se mueve al ritmo que marcan los aviones que descargan estos días la potencia destructora de las bombas sobre Idlib, la provincia rebelde asediada por tropas gubernamentales y rusas. De ahí huyeron cerca de un millón de personas -nueva crisis de refugiados- que se hacinan en campamentos improvisados o entran en Grecia donde  los policías, después de robarles, los devuelven a Turquía.  

Antes de huir, Abdulá Muhamed consigue que su pequeña Salwa se ría y contagie su risa abierta y franca en una explosión de alegría y su carcajada inocente y feliz es como un regalo de magia y de luz en medio de tanta destrucción. Desgraciadamente, un regalo momentáneo que acaban destruyendo intereses geopolíticos y económicos que están en el origen de esta guerra, cruel y despiadada, como todas las guerras.     

La segunda historia la protagoniza Eugenio, el niño de Aznalcóllar. A sus cuatro años presenció el asesinato de su madre y el suicidio de su padre, el asesino, en el piso familiar de esta localidad sevillana. Cuando llegó la Guardia Civil al domicilio, el pequeño “estaba en el sofá del salón conmocionado, en estado de shock, hasta que lo sacaron de allí”. Una información lacónica que sobrecoge el ánimo.

La violencia machista tiene su expresión más cruel en la muerte de las mujeres, 14 en lo que va de año, y también deja como víctimas a los familiares, sobre todo en los niños y adolescentes que se quedan solos, sin “miña nai, miña naiciña… que me quentou a cariña có calorciño da sua”. Especialmente dramático es el caso de Eugenio y de todos los niños “obligados” a presenciar el crimen. 

No hay nada más doloroso que la imagen de un niño con la mirada triste, dice la psicóloga Raquel Aldana. Impresiona ver la cara de un niño con la sonrisa congelada para siempre. Nada desconsuela y aflige tanto como ver a un pequeño que ha perdido su energía, su magia, su alegría. Nada hay tan triste y desolador. @mundiario