La ilusión, el material del que está hecho el sueño independentista catalán

Independencia, ilusión y ficción van de la mano en Cataluña.
Independencia, ilusión y ficción van de la mano en Cataluña

Una estatuilla falsa alimenta los sueños en El Halcón maltés; en Cataluña, la independencia se mueve más en el ámbito de la fe que en el de la razón.

La ilusión, el material del que está hecho el sueño independentista catalán

En 1941, John Huston dirigió El Halcón Maltés, posiblemente una de las mejores películas de la historia del cine. Cuentan que a Huston, al leer la novela de Dashiell Hammett, le interesó más el sibilino camino que recorrían los personajes de la historia para conseguir su objetivo que el objetivo mismo. Es decir, se centró más en el cómo que en el qué. La cinta es una referencia por la interpretación de los actores, por los diálogos, por cierto realismo social y por la influencia que aún hoy ejerce en producciones actuales. Su momento culminante llega con el descubrimiento de que la valiosa estatuilla negra que ha provocado un embrollo de pistas falsas y trucos sucios es una falsificación. “Está hecho del material del que están forjados los sueños”… concluye Sam Spade. La sentencia de Bogart es universal. Trasciende a su época y a la cultura. Y llega a la política.

De San Francisco… a Cataluña

En Cataluña hace tiempo que se habla de independencia. El asunto se debate muchas veces en el terreno de la ficción, de las ilusiones, de la fe. Lo emotivo y lo sentimental sustituye al argumento y a la razón. La Unión Europea no reconocería el nuevo estado catalán y las consecuencias serían evidentes: Cataluña perdería sus principales mercados (exporta el 56% de sus bienes a España y un 24% a otros países europeos) y un volumen de negocio equivalente a la cuarta parte de su economía (26,7%).

Pero el proyecto separatista de las élites catalanas está forjado, como el halcón maltés, de sueños. Las declaraciones de los protagonistas en este sentido son frecuentes. Mas: “Apelo a la ilusión de los catalanes para hacer realidad los proyectos colectivos”. Homs: “El proceso soberanista es un proyecto de esperanza e ilusión”. Oriol Junqueras: ”somos conscientes de los retos que tenemos planteados, de las dificultades y de las fuerzas enormes que tratan de entorpecer nuestros sueños como pueblo”.

Los ideólogos del independentismo han tenido la habilidad de construir un sentimiento colectivo basado en la lucha por un ideal futuro.  Y lo han hecho en una época de crisis en la que no hay ni metas ni utopías. Miles de jóvenes catalanes abrazan esta nueva religión para construir su identidad cuando, paradójicamente, su futuro (el real, no el abstracto) está más comprometido que nunca. Les han dado un horizonte, un motivo por el que luchar en un momento histórico caracterizado por la atonía social y el descrédito de la política. El márketing y el adoctrinamiento abarcan todos los ámbitos con un mensaje positivo: “esperanza”, “cambio”, “empezar de cero”, “derecho a decidir”… El nuevo estado catalán sería la solución a todos los males. Adalid de virtudes y ejemplo para el resto del mundo: regeneración democrática, reconversión ecológica y moral de la economía, mayor participación de la ciudadanía… En el creyente no hay fisuras y la realidad siempre está subordinada a la mística: CiU y ERC apenas retroceden un 3% en intención de voto por el caso Pujol, según una reciente encuesta publicada por el Periódico de Cataluña. Para los musulmanes, el paraíso es la yanna. Para muchos catalanes ese nirvana se encuentra mucho más cerca y viene envuelto en una estelada

El independentismo, en auge

El perfil de los que se han subido al tren del independentismo es variado: jóvenes entre 20 y 30 años que no conocen la transición y prescinden de la historia reciente de España, indignados en general con la clase política, republicanos, empresarios inmersos en la red de apoyo tejida por CiU durante los últimos 30 años, socialistas cansados de defender un estado federal y comprobar que año tras año van perdiendo apoyos electorales…

El caso es que el independentismo ha ido acumulando apoyos en los últimos años pero el punto de inflexión en este proceso fue las elecciones autonómicas de 2010 y, particularmente, la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut que anuló 14 artículos y dejó sin eficacia jurídica el término nación de su preámbulo. El último barómetro del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat (Primer trimestre del 2014) ha puesto cifras a un hecho que se palpaba en las calles: la cuarta parte de los catalanes (24,6%) se ha convertido al independentismo en los últimos cuatro años y un 22,5% comulgan con esta ideología de toda la vida. En el otro lado de la balanza, un 48,4% de los consultados no se sienten independentistas. El estudio también muestra la evolución de la forma de estado preferida por los encuestados:

El CIS también preguntó por este asunto un año antes, en mayo de 2013. El 40,6% de los catalanes se mostraba partidario de que se reconociese a las comunidades autónomas la posibilidad de convertirse en estados independientes; un 25,6% decía preferir el modelo actual con mayor autonomía y un 17,6% prefería no alterar el estado de las autonomías actual.

La ilusión, el material del que está hecho el sueño independentista catalán
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