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Humillar

Humillar es tratar a un probable socio como minusválido social y político y como potencial delincuente contra los intereses del país, necesitado de vigilancia.
Pablo Iglesias y Pedro Sánchez.
Pablo Iglesias y Pedro Sánchez.

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Antonio Campos

Antonio Campos

El autor, ANTONIO CAMPOS, es columnista de MUNDIARIO. Diplomado mercantil, DUE y Dirección Hospitalaria. Fue teniente de Alcalde de A Coruña, diputado provincial, presidente del Hospital Municipal de A Coruña y parlamentario gallego. Pertenece al PSOE desde 1976. Publicó 'A Ollada Melancólica' y colaboró en Xornal de Galicia. También es columnista de Contraposición. @mundiario

Un político con cierta inclinación al abuso del histrionismo mesiánico en sus palabras y a pronunciamientos agrios sobre las carencias ajenas, pero con escasa critica en orden a sus limitaciones, se revuelve indignado contra las humillaciones que entiende reciben él y su votantes por parte de quienes deberían ser compañeros de viaje en una excursión ilusionada hacia la estabilidad política, y el progreso en valores y libertades.

Quizás, tirando de una cierta modestia, debiera considerar –-si la modestia cupiera en su forma de producirse–, el contenido exacto de los que es una humillación.

Humillar es sin duda anunciar, a espaldas de su hipotético socio, la composición de un presunto gobierno adjudicándose carteras y competencias en el mismo, mientras éste está reunido con el Jefe del  Estado. Salvo que lo que se pretendiese  de esa guisa fuese  abortar  algo antes de que pudiese nacer.

Humillar es tratar  a un probable socio como minusválido social y político y como potencial delincuente contra los intereses del país, necesitado de vigilancia. Y usar tal argumento para pretender como inexcusable, adjudicarse sillones en el Consejo de Ministro a conveniencia, cual si fuese un supermercado, para ejercer su tutela.

Humillar es tratar como minusválidos sociales y políticos, menospreciando su criterio,  a más de siete millones y medio de ciudadanos que delegaron su confianza en unas siglas determinadas y en quien las lidera.

Humillar es tratar a varias decenas de millones de españoles que durante el periodo democrático dieron su confianza a una siglas y unos dirigentes de forma reiterada  y  siguen dándosela, tratándolos como débiles mentales, amparadores de corruptos, antipatriotas, enemigos de la democracia, y presuntos delincuentes.

Humillar es juzgar al previsible socio con palabras huecas y sin hechos, cuando  los pocos hechos que hay oportunidad de conocer, deja a la ciudadanía estupefacta. Es tratar despectivamente el bagaje ético ajeno, sus convicciones, menoscabando falazmente conductas y el grado de  compromiso de cualquiera ajeno a su círculo de fe.

Humillar es de forma ofensiva para el resto de la izquierda erigirse en depositarios de esencias, administradores de purezas y dadores de “certificados de buena conducta”.

Humillar la sensibilidad democrática es prestarse al indigno juego de los lacayos mediáticos de la reacción política que sirven a sus amos y sus intereses en una pinza reeditada de una bochornosa experiencia habida hace varias décadas encaminada ayer y hoy a yugular por la vía que fuere menester un gobierno de izquierda y progresista.

Humillar es subordinar el interés ciudadano a estrategias personales y a un narcisismo poco domesticado con actos que por acción y omisión derivan en el sufrimiento de una ciudad y una comunidad anegada por la corrupción.

Humillar es considerar necio el apoyo del Bloco de Esquerda portugués que coopera con el gobierno monocolor del socialista Sr. Costa en la gobernanza de la República. Tales “irresponsables” son fundadores de la Izquierda Anticapitalista de Europa. Esta “disparatada” fórmula de gobierno logra coronar importantes progresos sociales. Humillar, es considerar estúpidos a millones de electores portugueses que la respaldan.

Humillar la inteligencia es ignorar que la solidez de un gobierno se basa no tanto en el número de sus escaños, sino  en la claridad de los términos de los acuerdos y en la ambición de sus objetivos. Cuatro partidos daneses, sin sentirse humillados ni hacer casus belli porque sus posaderas estén en el Consejo de Ministros,  pactan un acuerdo de legislatura basado en un documento de apenas veinte folios, que preside en solitario el partido más votado, la socialdemocracia liderada por la Sra. Mette Frederiksen.

Es humillante anteponer al dialogo político, el victimismo. O  la razón de los sillones a la lógica de las soluciones. Es humillante para los electores degradar su sufragio en almoneda, usándolo como moneda de cambio y no como herramienta de cooperación para crear futuro. Conviene recordar que las vejaciones suelen pasar factura más pronto que tarde. Igual que la esterilidad de los actos cuyo único objetivo está encaminado a  subirse a lomos de algo o de alguien para aparentar lo que no se alcanza.

El prócer cubano José Martí gustaba recordar –algo que acomoda en tiempo de algarabía–  “Las palabras deshonran cuando no llevan detrás un corazón limpio y entero. Las palabras están de más, cuando no fundan, cuando no esclarecen, cuando no atraen, cuando no añaden”.

El escritor argelino Mohammed Moulessehoul, que usa un seudónimo femenino, Yasmina Khadra, en una novela plena de desesperanza, “Las golondrinas de Kabul” nos relata una ciudad fantasma donde el trino de las golondrinas, es sustituido por el aullido de los lobos y el graznar de los cuervos. En la que vagan espectros que se creen personajes, pero son  incapaces de responder a su destino, superados por sus miserias, su cobardía e irracionalidad… Deja una reflexión importante… “La humillación no está forzosamente en el comportamiento de los demás; a veces consiste en el hecho de no asumirse uno mismo”. @mundiario