Hollande, Cameron, Merkel… aumentan su popularidad tras decidir atacar a los terroristas

Miembros del Estado Islámico. / geic.com.ar
Miembros del Estado Islámico. / geic.com.ar

Claro que sería deseable y maravillosa una sociedad pacífica, sin ejércitos ni otras fuerzas disuasorias, pero me temo que eso está lejos de conseguirse. 

Hollande, Cameron, Merkel… aumentan su popularidad tras decidir atacar a los terroristas

Hollande, Cameron, Merkel… han aumentado su popularidad en sus respectivos países tras decidir atacar a los terroristas islámicos in situ. La opinión pública española, en cambio, se manifiesta mayoritariamente contraria a cualquier acción de fuerza.

Eso no resulta sorprendente porque éste es el único país que tras sufrir un horripilante atentado –la matanza de Atocha— acusó de él no sólo a los matarifes, sino a su propio Gobierno; seguramente, porque somos tan buenos como un trozo de pan, que se decía en las épocas de escasez de antaño.

El argumento más utilizado por el pacifismo a ultranza es que hay que buscar las raíces del terrorismo, para así poder atajarlo, lo cual no estaría nada mal si se llevase a efecto. Pero, ¿dónde se encuentran esos motivos? ¿En la pobreza extrema?: entonces habría millones de terroristas, de todos los pelajes e ideologías. ¿En el islamismo?: entonces estaríamos criminalizando a toda una religión con millones de fieles pacíficos y respetuosos con su prójimo.

En el fondo, pues, aquella afirmación parece encubrir más una disculpa que intentar prevenir la violencia. Entre otras razones, porque la anticipación a los terroristas exige sistemas de investigación, de seguridad y de disuasión que no difieren mucho de otras formas de autodefensa armada.

Habrá que concluir que ese llamado buenismo que inunda a nuestra sociedad es una forma de aislacionismo de los problemas, como si el yihadismo y otras tentativas de islamización violenta fueran con otros y no tuvieran nada que ver con nosotros, cuando la experiencia nos indica precisamente que no es así.

Claro que sería deseable y maravillosa una sociedad pacífica, sin ejércitos ni otras fuerzas disuasorias, pero me temo que eso está lejos de conseguirse. 

Mientras tanto, si nuestra intención colectiva es acabar con el terrorismo siendo amorosamente comprensivos con sus practicantes, mejor sería que aboliésemos nuestras fuerzas armadas y nos ahorráramos su presupuesto. Total, si pretendemos liquidar los terroristas a besos nos sobra casi todo, empezando por el simple sentido común.

Hollande, Cameron, Merkel… aumentan su popularidad tras decidir atacar a los terroristas
Comentarios