La historia se repite y el patrón se rompe en las elecciones argentinas
Los pasados comicios revelan una alteración importante del sistema de partidos argentino, pero también reflejan la continuación de las divisiones ideológicas actuales en América Latina.
Se aproxima el hecho sucesorio en Argentina. Daniel Scioli, candidato escogido por Cristina Fernández de Kirchner para sucederle en la presidencia y así garantizar la continuidad en el poder del partido de gobierno, el Frente para la Victoria (FPV), no logró el porcentaje mínimo de votos para alzarse con el triunfo absoluto en las elecciones del pasado octubre y evitar una segunda vuelta al mes siguiente. Celebrada esta, Scioli terminó finalmente a 700,000 votos de distancia del vencedor, Mauricio Macri, de la coalición Cambiemos – un margen relativamente estrecho, pero que no logra subsanar el hecho de que el candidato no logró lo que se le encomendó hacer. Lo que algunos ya denominan como el punto final de la “era Kirchner” está en marcha.
Esta elección ciertamente merece su lugar en los anales de la historia política argentina por sus propios méritos, pero existen otros detalles que deben analizarse individualmente. Por un lado, ciertas tendencias del sistema de partidos políticos en Argentina fueron interrumpidas por la derrota de Scioli, aunque la gran pregunta en este sentido es si se trata del inicio de un cambio fundamental o una interrupción momentánea. Por otro lado, estos comicios han sido el más reciente episodio del gran debate ideológico, que todavía continúa en América Latina, entre la democracia liberal y la radical. Y es razonable pensar que habrá otro capítulo más dentro de unos años.
Un sistema de ideología hegemónica con sucursales partidistas
Visto desde la óptica del sistema de partidos políticos en Argentina, la derrota de Scioli se presenta como rara avis dentro de un ambiente claramente dominado durante los últimos 12 por el peronismo, la histórica ideología populista a la cual el FPV se suscribe. Desde la llegada de la democracia a Argentina luego de siete años de brutal dictadura militar, un candidato peronista fue derrotado en una elección presidencial solamente en dos ocasiones (en 1983 y 1999). Más importante aún, en esos 12 años ocurrió lo que el politólogo argentino Gerardo Scherlis ha descrito como una “peronización” del sistema político en su conjunto. Pero es de recalcar que no estamos hablando de un sistema de partido hegemónico tradicional.
Ya sea en la definición tradicional de un partido político como instrumento de representación o en la más realista de agente de gobierno, el FPV puede describirse efectivamente como un partido político. Sin embargo, el FPV es una de varias agrupaciones políticas argentinas que ostenta el apelativo de “peronista”, dado que el peronismo ha sido por décadas un movimiento dividido y fragmentado entre facciones y personalidades. Ese es el contexto en medio del cual el FPV hizo su aparición pública en las elecciones presidenciales de 2003, siendo una de tres agrupaciones peronistas disputando con otros partidos (y entre sí) la jefatura de un estado sacudido por la crisis económica de 2001 y el vacío de poder que provocó, logrando un 60% combinado de los votos válidos emitidos. Y cuando Fernández de Kirchner fue reelecta en 2011, ella fue una de otras tres candidaturas peronistas que, en conjunto, lograron un 68% del voto. En contraste, dice Schelis, los votantes no peronistas constituyen una masa decreciente de un electorado que todavía recuerda cómo los gobiernos no peronistas de 1983 y 1999 no pudieron agotar sus mandatos, mientras que los dos gobiernos peronistas de Carlos Ménem (1989-1999) sí lo hicieron.
Pero Scherlis también puntualiza que ese arraigo electoral del peronismo no se relaciona con el hecho de que los argentinos se identifican cada vez menos con los partidos políticos. De hecho, la encuesta Latinobarómetro ha determinado una y otra vez que en Argentina, como en el resto de América Latina, la baja confianza ciudadana en los partidos políticos es crónica. Es en esta contradicción donde, según el politólogo, cómo el peronismo ha tomado partido de las peculiaridades del sistema federal argentino provee la explicación más factible del apoyo electoral masivo que ha recibido el peronismo (y el FPV en particular) desde 2003. Se trata, en definitiva, de la materialización de dos intereses interrelacionados: la coordinación efectiva de un número considerable de organizaciones partidistas sub-nacionales y el acceso de los gobiernos a ese nivel a los recursos monetarios del estado. Los partidos no peronistas no participaron de esa dinámica.
Nunca digas nunca
El análisis de Scherlis, hecho en 2014, es categórico en su juicio de que en este sistema político peronizado las posibilidades de crear una fuerza política no peronista viable y de ámbito nacional son escasas, encima de que los partidos no peronistas hace mucho tiempo que dejaron de proveer referentes efectivos a una buena parte de la masa electoral. Lo interesante es que ese juicio valorativo no tuvo en cuenta el que la política da sorpresas de vez en cuando, pues la política es una actividad realizada por seres cuya conducta no es completamente predecible. Una de esas sorpresas ocurrió entre octubre y noviembre, cuando los argentinos votaron por su presidente. Las encuestas que se hicieron con anterioridad a ello fallaron en sus pronósticos: todas veían a Scioli ganar la primera vuelta por un margen más amplio del que finalmente se registró y algunas le veían llegar al porcentaje necesario para la victoria absoluta e incluso superarlo.
La pregunta obligada es qué fue lo que pasó. Un vistazo a los ensayos y notas de prensa que se han publicado entre ambas vueltas electorales demuestra que la sorpresa Macri tiene más de una causa. Primero, la revista Foreign Affairs da a entender que la mala situación económica (aumento en la deuda pública, producto interno bruto estancado, inflación) tuvo que ver, así como las igualmente malas relaciones entre Fernández de Kirchner y el movimiento obrero y la impresión negativa que dejaron la corrupción y el intento de subordinar la rama judicial a intereses políticos. Es, en otras palabras, el “voto castigo” clásico. Segundo, Cambiemos logró ganar la gobernación de la provincia de Buenos Aires, el gran bastión del peronismo, impulsando la candidatura de Macri de cara a la segunda vuelta. Tercero, el peronismo no kirchnerista jugó un papel imprescindible. Sergio Massa, quien logró un 20% del voto en la primera vuelta, declaró que no apoyaría a Scioli en la segunda, aunque sin decir que apoyaría al primero. Es, como lo describió la agencia de noticias Reuters, un apoyo tácito; por consiguiente; no es inverosímil decir que un segmento significativo de los que votaron por Massa votaron después por Macri. De hecho, Massa fue el más votado en la provincia de Jujuy en la primera vuelta, pero en la segunda lo fue Macri. Un apoyo similar provino de otro disidente de renombre, el gobernador José Manuel de la Sota, cuya provincia, Córdoba, fue ganada aplastantemente por Macri. Y finalmente tenemos al propio Scioli, a quien se le ha achacado incompetencia administrativa como gobernador de Buenos Aires y cuya adhesión a Fernández de Kirchner, se dice, selló su suerte.
Como nota al calce, hubo tres diferentes candidaturas presidenciales peronistas en esta elección – Scioli, Massa y Adolfo Rodríguez Saá, presidente en funciones durante la crisis económica de 2001. Si en la elección presidencial de 2011 el peronismo logró un 68% del voto, en esta consiguió un 59%, lo que indica un notable descenso en intención de voto en solamente cuatro años.
Caídos, pero no vencidos
Pero una lectura alternativa de esa estadística nos dice que el peronismo todavía arrastra multitudes suficientes como para ser recipiente de la mayor intención de voto presidencial con todo y ese descenso, pues las coaliciones y partidos no peronistas llegaron solamente a un 39% del total de votos emitidos. El que el peronismo ha sufrido un revés es incuestionable, pero eso no descalifica el que muchos argentinos sigan pensando que solamente el peronismo tiene la capacidad de gobernar efectivamente. El arraigo histórico del peronismo sigue en pie.
Tampoco ha sido un rechazo rotundo a su franquicia del FPV. En primer lugar, ella recibió más de la mitad de los votos por las candidaturas peronistas. En segundo lugar, hay que tener en cuenta que la brecha entre Macri y Scioli es de unos dos puntos porcentuales. Y en último lugar, la legislatura nacional permanece bajo el control del FPV. Aunque la bancada kirchnerista perdió el quorum de 129 diputados que le hubiera permitido sesionar sin recurrir a otros grupos parlamentarios y aprobar proyectos de ley que requieren de mayorías especiales, su masa crítica actual de 100 diputados (entre ellos el hijo de Fernández de Kirchner, Máximo) podría complicarle los planes a Macri, quien solamente cuenta con 90 diputados. El número final de las bancadas reflejará la adición de partidos aliados, pero no como para mejorarle significativamente las cosas al nuevo presidente.
Y luego está la propia presidenta. Sus últimos días en ejercicio han sido descritos por un medio periodístico porteño como algo que tiene “estertores monárquicos”, pero sería más exacto todavía el caracterizarlos como el comportamiento de una mala perdedora. Impedida por la constitución de su país a postularse para un tercer término (aunque ganas no le faltaron para forzar una enmienda que se lo permita), Fernández de Kirchner ungió a Scioli como su príncipe heredero, pero las palabras poco amables que ella y los suyos le brindaron a su candidatura en varias ocasiones hacen pensar que ella le pasó el batón a regañadientes. Por otro lado, la mandataria saliente no oculta su desdén por el mandatario entrante, al punto de no retratarse con él cuando este hizo la visita pos-electoral de protocolo en la residencia oficial, entre otros desplantes públicos. En definitiva, a Fernández de Kirchner la consume no solamente el que no sea más la jefa del estado, sino el que alguien de ideología contraria le suceda.
Como perros y gatos
Es en este último punto, el de la ideología, donde se aprecia la otra gran historia de esta elección presidencial: la democracia liberal y la radical (y sus asociados económicos) se enfrentaron una vez más y Argentina fue el campo de batalla. Así lo dejó entender Scioli en su malograda campaña, pintando a Macri como punta de lanza de un neoliberalismo dispuesto a eliminar las conquistas sociales facilitadas por Fernández de Kirchner, la cual dijo 10 días después de la segunda vuelta que “muchos argentinos [los que ascendieron a la clase media bajo su gobierno] se van a dar cuenta muy pronto que ellos también tenían subsidios”. Y después añadió que “la auténtica gobernabilidad, la que le sirve a la sociedad, es la de las calles, de la inclusión social". Las mayorías legislativas del FPV y el 2% que separó a Scioli de Macri ya señalados, el que los gobiernos de 12 de las 24 sub-divisiones argentinas estén a manos del FPV e incluso el que este tenga también la mayoría de representantes por Argentina en el Parlamento del Mercosur tienen su mayor impacto e implicancias para el futuro vistas desde esta óptica de confrontación ideológica. Esa óptica se resume así en Argentina: prácticamente la mitad de los argentinos todavía sigue viendo al populismo peronista-kirchnerista como medio de necesaria y más que justificada inclusión social, mientras que la otra mitad lo ve como autoritario y la razón última de los actuales males económicos que el país padece. El alborozo de Foreign Affairs ante la victoria de Macri es, por lo tanto, injustificado por las circunstancias a ras de suelo.
El gran reto que se avecina luego de que el nuevo gobierno tome posesión es gobernabilidad, pura y simplemente. Visto desde los anales de la ciencia política, ese reto puede definirse también como el del consentimiento contingente (contingent consent), por el cual en este caso el FPV tiene que reconocer que Macri y sus ministros tienen el derecho a la iniciativa en política pública por haber ganado limpiamente una elección presidencial libre y justa (nadie ha dicho que hubo fraude) y ellos tienen que reconocer que el FPV tiene el derecho a dejarse escuchar en el proceso y a intentar retomar el poder ejecutivo en el futuro. La urgente tarea de arreglar una economía maltrecha encallará de seguro si un partido – o una rama de gobierno – intenta menospreciar, silenciar o desautorizar a la otra, especialmente desde posiciones ideológicas encontradas. En ese caso, todos los argentinos, sin importar sus simpatías políticas o falta de ellas, sufrirán las consecuencias.
Finalmente, ¿es este el principio del fin de la “peronización” del sistema político argentino y sus consecuencias en el sistema de partidos? La respuesta a esta pregunta depende de la respuesta a otras preguntas más específicas. ¿Podrán Macri y Cambiemos demostrar que el peronismo no es el único capaz de gobernar a Argentina? En un país donde los partidos políticos no están sólidamente nacionalizados, ¿podrá Cambiemos revertir esa tendencia? ¿Recurrirá, como hizo el FPV, a las transferencias monetarias del estado para crear una fuerza política nacional y duradera? Y parafraseando a un columnista porteño, ¿puede Cambiemos desarrollar lineamientos programáticos que no giren alrededor de la antipatía hacia Fernández de Kirchner? ¿Podrán estos aumentar el número de votantes no peronistas u ofrecer el referente efectivo que ellos no han tenido desde antes de la crisis de 2001? Y por el lado del peronismo, del cual algunos ya dicen que está por encarar una disputa interna por su liderazgo, ¿se mantendrá cohesionado como para reconquistar el poder pleno o sufrirá escisiones que le facilitarán las cosas a Cambiemos o a otro partido no peronista? Son preguntas incisivas que solo el tiempo contestará.
Pero algo sabemos a ciencia cierta. El politólogo Adam Przeworski definió una vez a la democracia como un régimen en donde los partidos pierden elecciones. El que el FPV haya perdido esta elección presidencial es, pues, una señal de que la democracia argentina anda en la dirección correcta.