La historia no cambia a golpe del BOE: La República perdió la guerra

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El general Líster, entrevistado por Fernando Ramos. / Mundiario

El mérito de la Transición fue el intento de poner a cero los contadores de los odios e iniciar una nueva etapa en la historia de España, y es de destacar el papel que jugó el propio Partido Comunista. No fue todo perfecto, y quedaron importantes flecos. 

La historia no cambia a golpe del BOE: La República perdió la guerra

Es una obviedad, pero a veces se quiere olvidar que la II República perdió la guerra. Es un hecho histórico, incontrovertible que no se puede cambiar. Podemos analizar las causas de la derrota y sus consecuencias y cómo se llegó a ello. Hay abundante literatura, empezando por el propio testimonio de los perdedores para comprenderlo. No hay aquí espacio para recoger la inmensa bibliografía, pero me permito recomendar lo que al respecto escribe el general Vicente Rojo, uno de sus más destacados protagonistas.

En nuestros días, quienes no vivieron el franquismo ni la transición se han convertido en revisores del pasado con más bien escaso equipaje de imparcialidad o mera documentación para intentar cambiar lo que no se puede cambiar, pero lo más peligroso es que, desde esa ignorancia, formulan juicios y emiten sentencias sobre dónde estuvieron los buenos y dónde los malos con simplismo ignorante.

Ya he contado que a lo largo de mi vida como periodista tuve el privilegio de entrevistar a destacados protagonistas de la II República y la Guerra Civil, desde Carrillo a Enrique Líster y desde Gil Robles a Dionisio Ridruejo. Las entrevistas, grabadas y digitalizadas están depositadas y se pueden consultar en el archivo sonoro de Galicia. Y, es más, cuando yo recuperé otros episodios como el fusilamiento llevado a cabo por los sublevados en la pacífica villa de Tui, la última en caer tras el alzamiento de Franco, fui procesado por revelar el contenido del sumario del consejo de guerra, y a punto estuve de ser atraído por el fuero militar, ya que todavía me hallaba en edad de movilización, en mi condición de personal de complemento. Tengo por tanto una proximidad directa de todo aquello y traté a quienes lo vivieron.

El mérito de la Transición

El mérito de la Transición fue el intento de poner a cero los contadores de los odios e iniciar una nueva etapa en la historia de España, y es de destacar el papel que en ese objetivo jugó el propio Partido Comunista. No fue todo perfecto, y quedaron importantes flecos que era preciso incluir, como recuperar y dar digna sepultura a las personas que yacían en las cunetas (y no sólo del bando republicano). Es de reparadora justicia que se haga y hemos de lamentar que no se hiciera antes.

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Santiago Carrillo en plena transición.

Sería interesante, insisto en ello, que quienes ahora están propugnando una revisión simplista de nuestra historia reciente y reparten a buenos y malos según sus personales punto de vista, sin el adecuado contraste, pusieron sus ojos en un documento: “La dominación roja en España. Causa General instruida por el Ministerio Fiscal”. La versión que poseo es la cuarta edición, de 1961, editada por la Dirección General de Información en 1961. Me dirán que es un informe fascista, parcial, interesado, un recuento desde el bando franquista de los crímenes atribuidos a la República. Pero los crímenes, asesinatos, sacas y ejecuciones que allí aparecen, muy ilustrados con las fotos de aquellas desdichadas personas ocurrieron. Y ya sé que la memoria de estas víctimas ya fue reivindicada y honrada. Y por supuesto que en el banco franquista se cometieron igualmente el mismo o parecido tipo de asesinatos, tropelías y salvajadas impunes que ahora se tratan de reparar a través de la Ley de la Memoria Histórica.

No hay diferencia alguna entre los pistoleros de la Falange o los de la CNT, la FAI o el Partido Comunista de entonces. Es más, creo que, cambiados de bando, muchos de estos indeseables habrían hecho lo mismo. La “Causa general” a la que me refiero reconstruye el asesinato de Calvo Sotelo, la ejecución de José Antonio Primo de Rivera (sobre el que hay un interesante libro de José María Zavala, sobre sus últimas horas y los responsables de su muerte), y se extiende por el llamado “terror anárquico” y las terribles “Chekas” del Madrid republicano, alguna tristemente famosa, dirigida por un conocido miembro del PSOE de la época, el cruel asesino Agapito García Atadell, sin  que me conste que el PSOE haya pedido perdón, por cierto, por ello.

Siempre me ha impresionado la impotencia del Gobierno republicano, sin fuerza y sin medios para atajar el terror o evitar la muerte violenta de tantas personas, como está probado que lo intentaron el propio Indalecio Prieto o el mismo Azaña. Pero estos hechos son una realidad histórica que hemos de asumir.

Una ley sesgada

Y en este sentido, somos muchos los que pensamos que la “Ley de la Memoria Histórica” se quedó corta o, como escriben los historiadores Stanley G .Payne y Jesús Palacios “es una ley sesgada”. Es del todo justo y necesario que los familiares de los republicanos que pueblan las cunetas de España recuperen a sus deudos y que se les honre, reivindique y recuerde dignamente. Pero unos y otros son los involuntarios actores de una tragedia nacional que os incumbe a todos.

Es notable la diferencia entre las diversas guerras civiles que hemos librado los españoles. En las carlistas se cometieron barbaridades, como el fusilamiento de la madre de Cabrera. Pero cuando llegaba la paz, era realmente paz. Franco persiguió a los republicanos durante décadas y hasta inicios de los años sesenta se solventaron responsabilidades por su actuación durante la guerra civil, alguna conocida en todo el mundo. Sáinz Rodríguez, que fue ministro del Caudillo, nos deja en sus memorias un dato aterrador: Franco, firmaba los enterados de las condenas a muerte, mientras desayunaba. Y otra prueba de su carácter lo revela este dato: Cuando visitaba las obras del Valle de los Caídos pasaba por delante de presos que conocía por haber sido militares sin ni siquiera mirarlos, en tanto Millán Astray se paraba con ellos y les daba tabaco.

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Causa general.

Don Manuel Azaña decía que matar a una persona es lo mismo que matar a cien, “matar es”. En este caso, se han echado muchas veces las cuentas de los asesinatos y ejecuciones que cometieron unos y otros, e incluso se ha tratado de establecer gradaciones entre el terror anárquico y los procesos judiciales, ya fueran tribunales populares o consejos de guerra, “matar es”.

Un triste balance

Sólo antes de la guerra civil, fueron muertas entre asesinatos y enfrentamientos de pistoleros de los dos bandos 2.500 personas, como macabro preludio de lo que se avecinaba. Si nos horroriza el terror de las chekas, ¿qué decir de las ejecuciones masivas de republicanos llevadas a cabo por Franco tras la conquista italiana de Málaga, donde logró el tristemente célebre apelativo de “carnicerito de Málaga” el que luego sería presidente del Gobierno Arias Navarro? Y qué decir de los episodios de la plaza de toros de Badajoz que se llevaron a cabo por el coronel Yagüe, quien dijo que camino de Madrid no podía dejar atrás una masa de prisioneros republicanos (sobre este asunto tuve yo un rifirrafe con un hijo de Yagüe, también general)

Según Palacios y Stanley G. Payne, las estimaciones actuales permiten aventuras que en el banco republicano se cometieron 56.000 asesinatos, cifra que casi se dobla en el bando de Franco, al sumarse las ejecuciones judiciales, derivadas de los consejos de guerra que se prolongaron durante muchos años tras la guerra civil.

Pero ya no es una cuestión de cifras, “matar es”.

Tras el no aclarado del todo intento de golpe de Estado del 23-F de 1981, pregunté al teniente general Gutiérrez Mellado en qué pensaba cuando a cuerpo limpio se enfrentó al golpista Tejero e intento reducirlo y me dijo “Que nunca más en España volviera a producirse una guerra civil”.

Por cierto, que en su libro “La larga marcha hacia la monarquía”, Laureano López Rodó diga que el primer acto para la restauración de la misma fue la guerra civil. Curiosa paradoja es que la “Ley de la Memoria histórica” la firmara quién en sí mismo fue su consecuencia: Juan Carlos I, sucesor del Caudillo a título de Rey.

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Fernando Ramos entrevista a Herbert R. Southworth, autor de "El Mito de la cruzada de Franco".

Y ahora que vivimos estos días de revisar la historia, quiero acabar destacando la grandeza de espíritu de un republicano, don Julián Zugazagoitia, entregado a Franco por la Gestapo y fusilado. Don Julián fue el único dirigente republicano que alabó con respeto el heroísmo de los situados en el Alcázar de Toledo (la mayoría guardias civiles y no cadetes de Infantería), subrayando el respeto que le merecía la valentía de aquellos enemigos, enemigos sí, pero dignos enemigos.

Las cosas no son tan simples como ahora pretenden afirmar los que no vivieron ni el franquismo ni la Transición. Una película de Berlanga, “La vaquilla” narra perfectamente el drama de aquella España. El motivo del filme recuerda un episodio real del frente de Madrid, en que nacionales y milicianos establecieron una tregua por su cuenta durante largo tiempo, jugaban al fútbol entre las trincheras y se intercambiaban tabaco en lugar de tiros.

Alguien escribió que era una evidencia de la forma de ser de los españoles, conviviendo ante la muerte. Que no vengan ahora éstos “parvenues” a contarnos otra historia. @mundiario

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