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Hasta donde pone Toledo

Oí de un comentarista de radio que Lopetegui se la había clavado a Rubiales “hasta donde pone Toledo”. Muy propio y singular: hasta la empuñadura, pues.

Hasta donde pone Toledo
Julen Lopetegui, entrenador. / Fcbarcelonanoticias.com
Julen Lopetegui, entrenador. / Fcbarcelonanoticias.com

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Pablo González Mariñas

Pablo González Mariñas

El autor, PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS, es colaborador de MUNDIARIO. Es político, profesor de Derecho Administrativo y escritor. Fue miembro del Partido Galego Independiente y diputado por la UCD en el primer Parlamento de Galicia. Tras ser uno de los fundadores de Coalición Galega, en 1985 encabezó la escisión del sector más nacionalista, que dio origen al Partido Nacionalista Galego. Fue conselleiro de la Presidencia y diputado por el BNG. @mundiario

En Shakespeare los protagonistas están dispuestos a todo para llegar al poder o satisfacer su ambición extrema. Son como dioses. En sus dramas hay asesinatos, venganzas, duelo y traición, incluso una cierta tristeza funeraria, pero con frecuencia se cuelan en el texto dosis de humor y de ironía, que pudieran conducir a una catarsis salvífica. Incluso estaría presente la presunta debilidad de un espíritu sobrehumano. ¿Cervantes?

Lo nuestro –me refiero a España– parece más crudo, directo y estéril. Lo hemos visto en esa peripecia de Lopetegui, Rubiales y Florentino, que ha traído en vilo al país hasta su abrupta resolución final. ¿Final? Pero también en el lamentable caso de Màxim Huerta. No se trata de cambios en la legislación que a todos nos pueden llevar a error. A muchos nos ha sucedido, claro que sí. Pero yo se lo hubiera contado precautoriamente Pedro Sánchez. 

En Julio César, cuando se le pregunta a Bruto por qué se alzó contra su amigo, su contestación es un prodigio: “No porque amaba a César menos, sino porque amaba a Roma más”. Y “Porque César me apreciaba, le lloro; porque fue afortunado le celebro; como valiente, le honro; pero por ambicioso le maté”.

Como se ve, aquí el castigo a la traición busca una justificación filosófica, salvífica. Incluso el arma asesina es modesta y el sacrificio se ejerce en grupo.

En la peripecia de los tres tenores que en estas horas últimas ha dejado muda a la afición y huérfana a la República no hay lugar para las finuras ni los discursos, ni las ironías ni mucho menos el humor. Hay un siniestro designio de, por descuido o evasión, abortar al ilusión que embarga a muchos a día de hoy.

No hay en esto ni preparación ni conjura. Hay simplemente un lamentable error del César. Él no se lo esperaba a pesar de los sueños premonitorios de Calpurnia. Y siempre queda viva una resolución posible al margen de la sangre.

¿De quien es hoy en día la responsabilidad de la daga que corta las cabezas? ¿Se podría haber resuelto así? Cuando Otelo se dirige a Graciano con palabras amenazadoras, éste responde: “Si lo intentas te costará caro”. Pero Otelo añade: “Mírame , pues, y hablamos”.

Sin embargo, ahora se planteó un escenario distinto, un duelo a “finish” abocado a terminar mal. ¿De quién la culpa? Siempre se apunta a Calpurnia. Pero no: el arma utilizada es tremenda, una espada letal, casi taurina, para descabellar al traidor. Oí de un comentarista de radio que Lopetegui se la había clavado a Rubiales “hasta donde pone Toledo”. Muy propio y singular: hasta la empuñadura, pues. Y el deporte es solo un síntoma de la decepción de la sociedad actuante e ilusionada una vez más.

Pero ¿qué pasa con el gran muñidor? Ha dejado el suelo lleno de cadáveres sin enterrar. Y pocas luces de futuro. Esto es preocupante, porque en lo que probablemente terminemos pareciéndonos a Shakespeare será -Dios no lo quiera- en el corolario-moraleja: los traidores, como Laertes, suelen morir víctimas de su propia traición.

Vale! Sin embargo, esto nada nos arregla y no ha de consolarnos de tanta impericia en la conducción de los asuntos públicos. @mundiario