La gobernanza local, frente al desafío global

A Coruña. / Mundiario
A Coruña. / Mundiario

Es ahora el momento de dar a las ciudades el papel que les corresponde como polos generadores de riqueza. Mientras el reto rural es necesario, el urbano es urgente si no queremos perder la comba  de la competitividad global.

La gobernanza local, frente al desafío global

Existe un consenso generalizado a la hora de señalar las bondades de la descentralización administrativa –moneda corriente en la búsqueda incesante de la prestación de servicios públicos–, al tiempo que se exploran instituciones políticas coherentes con la dimensión espacial de los beneficios que generan los servicios públicos. Esta concreción no resulta sencilla. En la medida en que el servicio público no admite una definición unívoca, sino que su delimitación emana de la voluntad política de aquel que asume la tarea de ofrecerlo y determina el modo de organizarlo, la manida concordancia entre los territorios funcionales, institucionales y relacionales se topa con la falta de estructuras de gobierno capaces de servir con eficiencia, responsabilidad o transparencia a las demandas del ciudadano. La herencia del pasado, la resistencia de los políticos a mudar realidades que afecten a su renta de situación e, incluso, la propia inercia en la trayectoria que arrastra a  los municipios hacen de esto el eterno problema local.

A pesar de lo etéreo del diagnóstico, que puede hacerse extensible a la heterogénea situación europea, es necesario precisar para España que el resultado se agrava por una estructura administrativa local concebida y diseñada bajo el corsé institucional del siglo XIX. En ella ya no tienen cabida las necesidades actuales, que demandan con urgencia un cambio tendente a abrir las prietas costuras administrativas para hacerlas compatibles con unas nuevas rutas coherentes, capaces de enfrentarse y adaptarse a los retos del siglo XXI. La redimensión de la planta local ante el minifundismo, la pertinencia de las Diputaciones, la revisión de un sistema de competencias arcaico y duplicado –o triplicado–, la necesidad de introducir una gestión moderna capaz de evaluar la calidad de los servicios o un sistema de financiación suficiente que permita atajar el raquitismo presupuestario, son los problemas de antaño que siguen pendientes de respuesta hoy.

En una comunidad como Galicia, la tendencia no difiere mucho de la descrita. El inframunicipalismo, la despoblación de unos territorios frente a la concentración en otros, la anémica situación financiera –proveniente, en parte, de la abstinencia fiscal–, la escasa capacidad de gestión o la necesidad de innovación, son la tarjeta de visita de los entes más próximos al ciudadano, batiente de todas las demandas urgentes que requiere respuestas inmediatas. Esta estampa, sin embargo, no es óbice para que se dé cumplimiento ala exigencia financiera de equilibrio presupuestario en la mayor parte de los municipios gallegos, ni tampoco para que afecte al buen comportamiento en la reducción de la deuda pública. Galicia no es de las comunidades con más problemas en este ámbito, ni tampoco de las más fragmentadas, pero aún así tiene muchos municipios –313 después de las dos últimas fusiones alentadas por el gobierno autonómico, que ha devuelto el contexto institucional al año 1994–; son muy pequeños, tienen poca población y está envejecida. La mitad de los ciudadanos vive en  20 municipios, mientras la otra mitad lo hace en los 293 restantes.

Mientras el reto rural es necesario, el urbano es urgente si no queremos perder la comba  de la competitividad global

Dentro de  la dualidad que caracteriza a la hacienda local, hemos de diferenciar los problemas rurales de aquellos que atañen a las entidades urbanas. La autonomía municipal, ligada a los recursos humanos, técnicos y financieros, la suficiencia o la mera supervivencia apenas se alcanzan en las pequeñas entidades. A su lado, las urbes –plagadas de fenómenos de congestión–, se enfrentan a una realidad que difiere de su limitación administrativa y se topa con un ciudadano que demanda gestión compartida. La planificación urbanística, el transporte, la proyección internacional, etc. requieren de una visión amplia, lejos de la miopía institucional que muchas veces profesan los dirigentes políticos.

La respuesta supramunicipal y el planeamiento conjunto ganan en un escenario donde –ahora más que nunca– compiten los territorios por encima de los países. El futuro obliga a la política a poner en marcha cambios acordes con la realidad de los tiempos en los que vivimos, aunque ésta no nos deje mucho margen para el optimismo. Ni la ley 27/2013 de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local, ni ninguno de los intentos llevados a cabo hacia una modernización de lo local han sabido dar respuesta a estos retos inminentes. Por no conseguir ni siquiera se ha conseguido poner en funcionamiento el Área Metropolitana de Vigo –cuenta con su Ley desde el año 2012–, ni tampoco se ha avanzado en la “non nata” de A Coruña, por citar algunos ejemplos. Así, convenimos que mientras el reto rural es necesario, el urbano es urgente si no queremos perder la comba  de la competitividad global.

Es ahora el momento de dar a las ciudades el papel que les corresponde como polos generadores de riqueza

Es ahora el momento de dar a las ciudades el papel que les corresponde como polos generadores de riqueza, conceptuadas en las coordenadas económicas, políticas y sociales contemporáneas, que precisan relegar a un lugar secundario la tensión dialéctica que se produce entre la gestión y la representación.

La cooperación, también a nivel metropolitano, ha de marcar el futuro de la política local para permitir que las ciudades innoven y compitan juntas. Y es que ya lo recogía Sun Tzu, en “El arte de la Guerra”, cuando dijo que hay una estrategia militar infalible: divide y vencerás.

Esta enseñanza nos lleva a afirmar que lo contrario funciona, si bien, como decía Séneca, “hay cosas que para saberlas no basta con haberlas aprendido”, también hay que poner voluntad. @mundiario

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