Napolitano, único garante del control europeo sobre la inestabilidad italiana

El presidente Giorgio Napolitano.
El presidente Giorgio Napolitano.
El electorado italiano frustró las expectativas de tutela de la Unión Europea. Tras el fracaso de Mario Monti, sólo la continuidad del presidente Napolitano puede asegurar el control europeo.
Napolitano, único garante del control europeo sobre la inestabilidad italiana

Demasiado ruido para tan pocas nueces. En realidad, era previsible que el panorama político de Italia no diese para más, pero las ansiedades comunitarias sobre el control de lo que venía siendo un protectorado de la Unión Europea, desde que Bruselas impuso al tecnócrata Mario Monti al frente del gobierno italiano en noviembre de 2011, habían levantado unas expectativas de superación de la tradicional inestabilidad política que el voto popular, una vez más, ha frustrado.

Concebidas para dotar a Monti de un respaldo democrático, las elecciones de los pasados 24 y 25 de febrero produjeron un bloqueo del que apenas se empieza a salir, después de haberse quemado la alternativa de centro-izquierda (la vencedora pírrica de los comicios), de verse reducida la llamada opción centrista a una presencia casi testimonial y de volver a contemplarse cómo Berlusconi es capaz de resurgir de sus cenizas corruptas, gracias, entre otras cosas, a la pasividad de los parlamentarios del Movimiento 5 Estrellas, verdadera revelación de estas elecciones, pero que, de momento, se limita a verlas venir. Los partidos tradicionales, incapaces de llegar a un consenso ni siquiera para elegir nuevo presidente de la República, volvieron a echar mano de Giorgio Napolitano, que, a sus 87 años, se ha visto en la obligación de aceptar un segundo mandato. El viejo ex comunista se ha convertido en la garantía de estabilidad para la UE, los mercados e incluso la Iglesia Católica.

La salida, de momento, no puede ser más convencional. Se insiste en la idea del gobierno de concentración, dentro del criterio generalizado en Europa de que no hay otra política económica posible que la que dicta el gobierno alemán, por lo que no tienen sentido los matices de izquierda o derecha. Esta vez el encargado de templar gaitas es un político, Enrico Letta, segundo del líder del Partido Democrático, Pier Luigi Bersani, que murió politicamente tras acercarse a Berlusconi para pactar un candidato común a la presidencia de la República. Curiosamente, el compromiso de ahora con Berlusconi va a ser mayor: nada menos que un gobierno de coalición. La contradicción afecta al propio promotor de la fórmula, Napolitano, que, en su momento, había forzado la solución de Monti para desplazar a un incontrolado Berlusconi, presunto delincuente más preocupado por protegerse de las actuaciones judiciales que por cumplir la ortodoxia europea de la austeridad.

Al espectáculo del nuevo capítulo de componendas políticas asisten, en primera fila, los parlamentarios del Movimiento 5 Estrellas, promovido por el cómico Beppe Grillo (que lo dirige desde fuera, porque él no fue candidato, como tampoco lo fue Mario Monti, reservado para seguir siendo directamente jefe de gobierno si los centristas ganaban) y reclutados de diferentes plataformas ciudadanas a través de elecciones primarias (procedimiento que también siguieron en el Partido Democrático). Agrupa sensibilidades muy diversas, incluso a veces contradictorias, pero unidas por el rechazo radical a las prácticas de componendas y corrupción de los partidos políticos convencionales.

Puede presumir de ser la fuerza en solitario más votada: las que les superan en votos (centro-izquierda y centro-derecha) son coaliciones.

Después de un primer momento de debilidad, cuando algunos senadores “grillistas” apoyaron al PD para elegir presidente del Senado a Piero Grasso, ex fiscal antimafia, la nueva formación se ha enrocado en su pureza, sin más baza que jugar que la votación de sus propios candidatos y propuestas o su abstencionismo. Quizás esperan así la caída del sistema: de momento, han contribuido a oxigenar a un agobiado Berlusconi, un político que –ironías de la historia– se presentó en la política italiana hace veinte años como alternativa de regeneración para sustituir a los partidos condenados y disueltos por la operación judicial Mani Pulite (“manos limpias”) contra una corrupción generalizada e histórica, que arrastraba la Democracia Cristiana desde los tiempos de la guerra fría, cuando lo prioritario era cerrar el paso al triunfo electoral del potente Partido Comunista y hasta la mafia era considerada un aliado en esa tarea (en los años setenta, los que echaron una mano fueron los terroristas de extrema izquierda, con el asesinato de Aldo Moro, el político democristiano que promovía el “compromiso histórico” con el PCI).

Pero esa inestabilidad crónica no parece tan catastrófica. Entre componendas y corrupciones, a pesar de las trabas burocráticas de una administración anquilosada y de los prejuicios ideológicos derivados de la omnipresencia eclesiástica, la sociedad italiana ha conseguido desarrollar su vitalidad, en la cultura como en los negocios (forma parte del G-8 desde que era sólo G-6, en 1973). Como tantos otros países del sur europeo, es capaz de suplir con imaginación y audacia la falta de rigor y de disciplina, conceptos tan queridos en la Mitteleuropa profunda que hoy vuelve a intentar disciplinar y controlar todo el continente.

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