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Gerardo Fernández Albor, un político que no lo fue, ni quiso serlo

Albor contagió el galleguismo a Fraga, pero Fraga no consiguió convertir a Albor en el político bragado que se necesitaba para gobernar aquella Galicia convulsa y menos en el líder que precisaba la fragmentada derecha gallega. Tan poco desconfiado era Albor que se enteró por la prensa del "barreirazo".

Gerardo Fernández Albor, un político que no lo fue, ni quiso serlo
Laxe, Feijóo, Albor y Touriño.
Laxe, Feijóo, Albor y Touriño.

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Fernando González Macías

Fernando González Macías

El autor, FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS, es articulista y columnista de MUNDIARIO. Fue delegado del diario La Región en Valdeorras (Ourense), hizo radio en varias cadenas y desempeñó distintas responsabilidades tanto en radio como en televisión. También fue redactor jefe del Gabinete de Comunicación de la Xunta de Galicia y asesor de empresas. @mundiario

No parecía un político como los demás. Los espectadores de sus primeros mítines nos sorprendíamos al escuchar en un acto de Alianza Popular, el partido del tonitronante Manuel Fraga, a un señor mayor –ya entonces contaba 61 años– que, en un tono afable y tranquilo y con un discurso constructivo, pedía el voto de los gallegos para poner en marcha el autogobierno y para que Galicia no fuera menos que Cataluña y el País Vasco, que aquella altura, octubre de 1981, ya contaban con instituciones propias. Inspiraba confianza, incluso ternura, con esa imagen de abuelo entrañable, muy alejada del arquetipo del dirigente político de raza o de perfil alto que, además de defender con vehemencia sus ideas, reparte descalificaciones hacia sus rivales con frases ocurrentes y eslóganes, recurriendo si es menester a expresiones de trazo grueso.

Gerardo Fernández Albor, de profesión cirujano, fue el fichaje estrella de AP como candidato a la presidencia de la Xunta, en las primeras elecciones autonómicas. Tenía un escaso bagaje político, el de haber formado parte de la franquicia gallega –el PPG– del Equipo de la Democracia Cristiana de Ruiz Jiménez y compañía. María Victoria Fernández-España, Totora, descendiente del fundador de la La Voz de Galicia, persona muy cercana a Fraga y ya entonces diputada en Cortes, fue quien convenció a Don Manuel para que apostara por Albor. No le debió resultar fácil, porque el patrón era de suyo desconfiado y le costaba asumir que el cabeza de cartel "aliancista" no fuese militante del partido, sino un independiente, para más INRI vinculado al galleguismo histórico. 

Lo que no esperaba Fraga, ni casi nadie en el mundillo político de entonces, es que Albor ganara las elecciones y mucho menos que llegará a sentarse en el despacho presidencial del Pazo de Raxoi. La todopoderosa UCD había sufrido una dolorosa derrota de la que el partido de Suárez ya no se recuperaría nunca. Los ucedeos permitieron la investidura del candidato popular, en un gesto de generosidad política y de coherencia ideológica, que constituyó la simiente de la "mayoría natural" con la que soñaba Don Manuel. La impactante campaña del "Galegos coma ti", que vinculaba a Albor con Fraga e identificaba a AP con Galicia, fue un éxito de marketing político que aún se recuerda.

Con aquel eslogan, parido por Xosé Luís Barreiro Rivas, que luego sería vicepresidente y factotum de Albor, se pretendía cambiar la imagen de un Fraga contrario a las autonomías y a sus banderas ("España, lo único importante", fue uno de sus primeros lemas en las elecciones generales) por la de un líder que ejercía de gallego y apoyaba a un candidato de pedigrí galleguista. En parte a raíz de aquella campaña, el de Vilalba acabaría abrazando lo que Barreiro definió como un "nacionalismo blando" y, una vez instalado en la Xunta como presidente, a principios de los años noventa, se convirtió en un ferviente defensor del estado autonómico, para cuya mejora hasta formularía atrevidas propuestas, como la administración única o la Conferencia de Presidentes.

Albor contagió el galleguismo a Fraga, pero Fraga no consiguió convertir a Albor en el político bragado que se necesitaba para gobernar aquella Galicia convulsa y menos en el líder que precisaba la fragmentada derecha gallega del momento. A Don Gerardo no le gustaba nada esa parte marrullera que acompaña a la actividad política, en la que además de enfrentarse a los rivales, hay que defenderse de los compañeros de filas, incluidos los que se sientan a todo en el Consello de la Xunta.  Para subsistir en entornos tan hostiles se precisa un carácter fuerte, una malicia y un cinismo de los que carecía el ilustre cofundador de La Rosaleda. Tan poco desconfiado era Albor que se enteró por la prensa (por un scoop de Javier Sánchez de Dios en Faro de Vigo) de que su vicepresidente y la mayoría de sus conselleiros se habían conjurado para forzar su renuncia, en 1986, en aquella maniobra que se dio en llamar "el barreirazo".

Y así "pasou o que pasou", en palabras de Iglesias Corral. En un ejercicio de transfuguismo hasta entonces inédito, un año después de aquel episodio, Barreiro apoyó una moción de censura que sustituyó al gobierno de Albor por un breve tripartito (del PSOE y dos grupos nacionalistas) encabezado por el socialista Fernando González Laxe. Fraga cumplió su amenaza de enterrar políticamente al "felón" y en 1989 reconquistó la Xunta para los populares. Se abrió de ese modo una era, el fraguismo, que duró quince años. Durante ese periodo la figura de Albor, que nunca había sido fulgurante, se fue desvaneciendo ante el brillo avasallador de Don Manuel. Aun así tuvo ocasión de vivir de cerca, como eurodiputado, la integración de las dos Alemanias, lo que reforzó sus convicciones europeístas, que nunca entraron en contradicción con su amor a Galicia y su idea de una España diversa pero unida.  En la esfera pública y en la privada, hizo bandera del humanismo. Es por ello que en la hora de su muerte se destaca especialmente su empeño en humanizar la política, que tan poco humana fue con él en algunos trances de su vida. @mundiario