Los gallegos, aunque lo suyo es la emigración, no se niegan a la acogida de refugiados
Pero no olvidan que en Galicia, al igual que en las otras comunidades autónomas española, hay familias enteras que piden soluciones a sus problemas.
Pero no olvidan que en Galicia, al igual que en las otras comunidades autónomas española, hay familias enteras que piden soluciones a sus problemas.
Recuerdo nítidamente la vuelta a casa, en Galicia, de los denominados "niños de la guerra" que salieron de su tierra rumbo a Rusia en plena guerra civil española. También recuerdo el regreso a la misma tierra gallega de familias que huyeron de la vieja Indochina cuando comenzó la guerra de Vietnam. En ambos casos tuve la ocasión de dialogar con algunos de los retornados en Ribeira, A Coruña y Gandarío (Sada), donde tanto los "niños de la guerra" como los que volvían con sus familias vietnamitas, hallaron solución a sus problemas inmediatos.
Ahora nos conmueve a los gallegos la imagen de un niño turno ahogado en una playa europea cuando su familia -padres y un hermano- buscaban en esta orilla del Mediterráneo la seguridad que nadie les ofrecía en Siria.
Ha podido más la imagen de ese niño de rojo y azul y con zapatos que parecían haber sido poco utilizados muerto -al igual que su hermano de 5 años y su madre- que todas las imágenes que en los últimos años nos llegan de Afganistán, de Irak, de la propia Siria, etc., de niños destrozados por la metralla de armas facilitadas a quienes las utilizan por países -¡qué contradictorio!- de ese continente de infieles en el que saben que pueden tener encontrar la ¿paz? que en sus países de origen se les niega por aquellos que, inducidos inicialmente por quienes quisieron enseñarles el camino de la libertad, quieren imponer ahora a machamartillo los caminos más que trillados de una vuelta a los orígenes.
Y la vieja Europa, a pesar de grupúsculos xenófobos, nazis, acoge. Lo hace, eso sí, después de que la policía de un país con un pasado nada claro relacionado con el nazismo, los marcara con tinta indeleble, mediante un número y una letra señalados en la muñeca de unos de sus brazos, del mismo modo que los seguidores de Hitler señalaron a los judíos con un número y la obligación de llevar bien visible la estrella de David en sus escasas ropas.
Hay niños que si ahora mismo pueden comer es gracias a la ayuda social de personas y entidades
Un dolor que, supongo, ha martilleado la cabeza y el corazón de aquellos que, como quien escribe esto, vivieron en la posguerra española años de hambre o de escasez, desde luego de falta de muchas cosas que se querían y no se podían adquirir. O quienes conocemos a familias enteras, en el pueblo o ciudad de cada uno, que en el siglo XXI carecen de medios económicos para poder vivir debido a la crisis que ellos, nosotros, no hemos generado y que algunos gestionan indebidamente aquí y en Bruselas.
Galicia se brinda a atender las necesidades de los huídos de Siria, de Afganistán, de Irak, y uno aplaude la decisión; pero me gustaría que, al mismo tiempo, se atendieran las exigencias mínimas -comparadas con las de los refugiados que puedan llegar aquí- de otros niños que, si ahora mismo pueden comer, es gracias a la ayuda social de personas y entidades que se movilizan para nadie se muera de hambre ni de miseria.
Hay centenares de familias cuyo futuro resulta incierto, cuando menos. Ni pueden pagar el alquiler de sus viviendas, ni garantizar una comida diaria. Tampoco asumir el coste del agua, de la luz, del gas... Pero estos no son niños refugiados, no. Son niños nacidos aquí, empadronados aquí, que tienen la desgracia de convivir con una familia en la que ninguno de sus miembros tiene trabajo.
Para ellos no hay bombas. Ni disparos. Solo hay hambre y no disponen de cartilla de racionamiento como teníamos los niños de hace 70 años en una España con muertos en las cunetas y las tapias de los cementerios. Es lo que más los distancian de los que llegan de esos países renegridos por el humo de las bombas que otros vendieron a los que agreden por tierra y aire, en algún caso también por mar.
Los niños de aquí no son refugiados. Claro que no. Pero en muchos casos carecen de refugio, en ocasiones por unas hipotecas que nadie controló o un despido que, improcedente o no, deja en la calle a toda una familia porque las prestaciones sociales previstas por el Gobierno nunca llegan para atender las necesidades de todos los integrantes del grupo familiar.
Sería lógico y humano, sin discriminar a nadie, que los refugiados que llegan pudiesen compartir refugio con aquellos que, en su tierra, no encuentran sino resistencias de las instituciones oficiales a darles el mismo trato digno que se quiere -queremos- dar a los que vienen a sumar voluntades.
Ayudemos, claro que sí. Pero también a los de casa, que son tan niños como aquellos que se han visto en la obligación de dejar cuanto tenían en Irak, en Afganistán, en Siria, donde sea. Un niño lo es allí donde se encuentre. Y con el niño, sus padres, sus abuelos, sus historias.
Colaboremos con los que nos necesitan; pero no olvidemos que aquí tenemos niños que no comen cuando los colegios cierran en verano.
La comida es necesaria cada día. Para cada niño, sea cual sea su nacionalidad. Europa, y en ella España, tiene que aprender a reconocerlo.