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MUNDIARIO

Galicia, entre la espada de La Voz de su amo y la pared del Faro de Abel

La Voz de su amo Santiago Rey y el Faro fundido de Javier Moll llevan un horror practicando el mismo tongo y el mismo tango en mi tierra: y todo a media luz, a media luz los dos…

Galicia, entre la espada de La Voz de su amo y la pared del Faro de Abel
Cabeceras de prensa.
Cabeceras de prensa.

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Javier González Méndez

Javier González Méndez

El autor, JAVIER GONZÁLEZ MÉNDEZ, es columnista de MUNDIARIO, donde hizo popular la serie de artículos titulada Suspiros de Expaña, que dio paso a Crónicas desde Babia y ahora a DIARIO DE PEREIRA. Es periodista y analista político. Tiene amplia experiencia como corresponsal político de importantes diarios y tertuliano de radio y televisión. @mundiario

La Voz de su amo Santiago Rey y el Faro fundido de Javier Moll llevan un horror practicando el mismo tongo y el mismo tango en mi tierra: y todo a media luz, a media luz los dos…

Por lo menos la prensa calvinista no es pretenciosa; no irrumpe en la vida de sus pueblos, de sus lectores, con tarjetas de presentación evangelizadoras; no toma todos los días los kioskos con grandilocuentes cabeceras salvapatrias, salvaverdades, salvaderechosalainformación, salvapueblos, en un paradigma diario de hipocresía impresa en papel que se va amontonando en las hemerotecas como los residuos sólidos urbanos en los basureros.

Por lo menos ahí arriba, ya digo, para hacer lo mismo que aquí abajo, o sea, publicar verdades maquilladas, correr rentables y tupidos velos de silencio y repetir mentiras cochinas goebelianas las veces que haga falta hasta que se conviertan en verdades, no encabezan sus panfletos con épicas cabeceras, La Razón, El País, El Mundo, La Vanguardia, La Voz de Galicia, Faro de Vigo, La Verdad de Murcia, cosas así, que parece talmente que no vas a leer un simple periódico, sino  una nueva y trascendente declaración de los derechos humanos de cada día. Allende las fronteras españolas, verás, la taza de café humeante y el morning croissant  lo comparte el personal con The Times, The New York Ídem, The Daily Telegraph, The Sun, Die Welt, Bild, reclamos de esos descomprometidos, desdramatizados, asépticos, que explican por qué a los desdichados “yonquis” de periódico de allí se les queda menos cara de gilipollas que a los desdichados “yonquis” de periódico de aquí, aunque los unos y los otros lleguen a menudo a la última plana igual de vacíos, igual de alucinados e igual de estafados.

Del cinismo mediático calvinista a la grandilocuente hipocresía mediterránea

En los kioskos de ahí arriba también venden desinformación, manipulación, deformación, intoxicación, verdades desteñidas y silencios rentables, oye. Pero al menos tienen el cinismo de presentarlos bajo manchetas vulgares, insulsas, que hieren menos la sensibilidad del respetable público. Aquí abajo, en cambio, nos venden todo eso, o sea, más de lo mismo, pero bajo grotescas manchetas quijotescas que pretenden hacernos ver gigantes donde siempre ha habido, siempre hay y siempre habrá prosaicos molinos de viento.

La prensa española es que abusa de la gula informativa que padecen mis compatriotas, ¡oh, los españoles!, ávidos de comernos con los ojos, y nunca mejor dicho, los más fraudulentos platos diseñados por los grandes chefs de información "cocinada". A esta enfermiza y pantagruélica relación entre los hipócritas "cocineros mediáticos" y los glotones devoradores de papel periódico genuinamente españoles, no se le puede llamar simplemente cultura gastronómica informativa. Esto es hambre acumulada, ¡maldita sea nuestra historia! Un espejismo de nouvelle cuisine para un pueblo de advenedizos gourmets ávidos de información que, apenas hace cuarenta años, llevábamos otros cuarenta sin comer información caliente, saludable y democráticamente nutritiva.

Lo que pasa es que, al final, resulta que La Razón es un bluf enfermizamente irracional; y El País, esa insinuante cabecera que sugiere un todo, una parcial y miserable ración al gusto exclusivo y excluyente de un seleccionado grupo de lectores con derecho de admisión; y El Mundo, que evoca ese lugar en el que habitan miles de millones de seres humanos, un insignificante planeta de papel que hasta hace poco giraba alrededor de Pedro Jota, aquel director sol; y La Vanguardia, je, una astuta retaguardia donde el seny catalán del Conde de Godó espera pacientemente a ver si la cosa va a Mas o a menos; y La Voz de Galicia, ¡nada menos que la sublime idea de una Galicia y unos gallegos con voz!, lo que en realidad lleva siendo desde hace un horror: la voz de su amo Santiago Rey; y el Faro de Vigo, que te deja volar con la imaginación hasta el legendario Faro de Alejandría, una cutre  linterna de esas de andar por casa, a ver si me entiendes, a la que se le han agotado la pilas, se le han vendido al mejor postor los fareros y guía a los vigueses y a los gallegos, con menguantes y menguados haces de luz, hacia funestos e impredecibles arrecifes sociológicos.

La Voz de su amo, el Faro de Abel Moll y todo a media luz

Hoy debo confesar que me he levantado un poco más escéptico que ayer pero menos que mañana. Me está bien empleado, oye, por haber caído en la tentación de mojar indigesto papel periódico en el café del desayuno. Por haberme leído La Voz de su amo Santiago Rey, asunto que me tenía terminantemente prohibido el médico, y haberme detenido en una información sobre el Faro de Abel, o sea, el Faro de Moll (y todo a media luz, a media luz los dos…), ese lugar donde trabajan algunos fareros que se han convertido en paradigma de esa teoría de la sabiduría popular que se ha ido trasmitiendo de padres a hijos: dios los cría y ellos se juntan.

Por lo visto, nuestro flamante decano de la prensa nacional, que lleva décadas señalándole a Vigo y los vigueses el camino más corto para encallar inexorablemente en las rocas, se ha especializado en las últimas semanas en mantener a oscuras, en la sombra, el sinuoso camino a través del cual el alcalde Caballero circula en dirección contraria a las normas de tráfico democrático: supuesto nepotismo, posible amiguismo y presuntas influencias a cambio de réditos en votos cautivos. A lo mejor es que un servidor te es muy sensible, Director. Pero duele reconocer, como periodista y como vigués, que el periódico de mayor tirada de tu ciudad sea un foco permanente de intoxicación que convierte en pura anécdota inofensiva la alarma de intoxicación del mejillón gallego. Jode que sigamos llamándole Faro a un medio de comunicación que está sumiendo a la ciudad de Vigo y su Área Metropolitana en las tinieblas. Insulta a la inteligencia humana que sigamos llamando alcalde a un ególatra y egocéntrico conductor suicida al volante de una gran autobús, ¡oh, Vigo!, en el que viajan por el presente y hacia el futuro 300 mil pasajeros con un enorme porcentaje de víctimas propiciatorias, un relativo porcentaje de incautos hooligan ideológicos y un mínimo pero maquiavélico y activo cupo de cómplices con estómagos llenos y eternamente agradecidos.

Al poder el culo, a la oposición por el culo y al resto de la gente...

No, de verdad. Ahora, cuando pronuncio la palabra Faro, el periódico en el que prácticamente tomé mi alternativa, me viene a la cabeza una versión de una despótica frase popularizada, convenientemente adaptada a la actual filosofía de su amo y señor con cuyo nombre me hago siempre un lío, Abel Moll, Javier Caballero o algo así: “Al poder el culo, a la oposición por el culo y al resto de la gente la tarifa de publicidad vigente”. Y luego, claro, me invade una inmensa envidia por los lectores de ahí arriba, que pueden sacarle a sus Times, sus NYT, sus Telegraph, sus Bild y demás cabeceras asépticas de esas, mucha más rentabilidad que los lectores de aquí abajo a nuestros pretenciosos tabloides. Ellos, en caso de necesidad, pueden reciclarlos como papel higiénico sin el menor problema de conciencia. Y no como nosotros, los pobres lectores de aquí abajo a los que, incluso en los casos más extremos, nos puede dar apuro utilizar nada menos que La Razón, El País, La Voz de Galicia, Faro de Vigo y demás respetables y trascendentes cabeceras de esas, para limpiarnos esa parte donde nuestras espaldas pierden su noble nombre.

Ya ves, Director: incluso un acto tan íntimo, tan doméstico y tan escatológico, con perdón, como ese, puede explicar la poca versatilidad y la nula optimización de los recursos de los que lleva un horror haciendo gala la economía española.

Solo para colegas
 Y luego está la empatía hacia las nuevas generaciones de colegas, ¡tantas víctimas en manos de tan pocos y tan miserables verdugos!, obligados a caminar por la delgada línea roja que separa su hermosa profesión y la mía de la profesión más antigua del mundo. Entonces, verás, se me parte el corazón como del rayo, como a Miguel Hernández en su Elegía, y siento el impulso de requerir a sus aladas almas de prosas amordazadas al pie del algún almendro de nata de Galicia. Porque tendríamos que hablar de muchas cosas, compañeros de páginas, compañeros. De los Cousos que han ido cayendo en sus redacciones y permanecen profesionalmente muertos en vida; de los colegas secuestrados en sus propios puestos de trabajo, a vuestro lado y el mío, mientras miramos para otro lado y reivindicamos la libertad de un colega secuestrado a mil kilómetros de distancia. De las leyes mordaza que imperan en tantas redacciones españolas, ¡miradlas!, mientras redactamos crónicas enardecidas contra la censura en países lejanos.
Tendríamos que hablar, por ejemplo, de esta España mediática secuestrada, vendida, prostituida, desde la que cada día sometemos a juicios sumarísimos a la España política, financiera, judicial, sindical, autonómica, cultural, oficial y civil, con la vieja coartada de descubrir la paja en el ojo ajeno y la nueva y mezquina resignación de ignorar la paja en el ojo propio. De una profesión en la que hay tipos dispuestos a jugarse el cuello (como muy bien nos han mostrado recientes imágenes que han herido nuestra sensibilidad), pero como una excepción que confirma una regla: no hay tipos dispuestos a plantar cara y jugarse su puesto de trabajo, todos a una, todos a la vez, para que propietarios, editores, directores, mecenas políticos, avispados especuladores en la gran subasta de la información/desinformación nuestra de cada día, no puedan seguir utilizándonos como José Luís Moreno a sus muñecos.