La frecuente desvinculación del político con su programa hace tambalear la democracia

Congreso de los Diputados.
Pleno del Congreso de los Diputados.

Algunos exigen un sistema de democracia continua, en el que el voto no legitime a los representantes para toda una legislatura, sino que se sometan al escutrinio constante.

La frecuente desvinculación del político con su programa hace tambalear la democracia

“La democracia debe guardarse de dos excesos: el espíritu de la desigualdad, que la conduce a la aristocracia, y el espíritu de igualdad extrema, que la conduce al despotismo.” Parece que los riesgos a que aludían estas palabras, atribuidas a Montesquieu, han sido una constante desde que las sociedades intentaron adoptar la democracia como forma del gobierno. Etimológicamente, de la conjunción de demos y kratos surge la palabra que significa el gobierno del pueblo. Pero en los orígenes del sistema democrático, el pueblo era un concepto muy restringido, y tenemos que avanzar en la historia hasta la Revolución Inglesa, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, y la separación de poderes estandarte de la Revolución Francesa, para entender las bases de nuestros actuales sistemas democráticos, que sin embargo, hoy ya no parecen tan sólidas. 

Amartya Sen, Nobel de Economía en 1998, consideró que el acontecimiento más significativo del siglo XX fue el ascenso de la democracia. El politólogo Fukuyama consideraba ya en 1992 que con la extensión del liberalismo democrático habíamos llegado al fin de la historia. Pero entrado el siglo XXI, la historia parece aún muy lejos de dejar de escribirse. Ahora nada es seguro, estamos ante la sociedad del riesgo global que anunciaba Ulrich Beck, en la que todo es imprevisible.

Una crisis dentro de la democracia

La democracia se extendió cuantitativamente, pero en duda está que esta expansión haya tenido el mismo peso cualitativo (desde 1828, según Huntington, ha habido tres olas democratizadoras). Existe, siguiendo a Bobbio, una crisis dentro de la democracia. Esta crisis se está manifestando continuamente en la actualidad. A nivel internacional, podemos diferenciar distintos sistemas y repercusiones según los países que han hecho tambalear los cimientos de qué entendemos por democracia. Así, la imposición de sistemas democráticos desde vías externas produce en ocasiones un fuerte rechazo por gran parte de la población, llevando a la radicalización de grupos y, de nuevo, a una sensación de fracaso de los valores democráticos, y de inseguridad interna e internacional en este mundo tan globalizado en el que nada parece ya cierto. Otras potencias mundiales ni siquiera parecen interesados en asimilar esos principios democráticos. ¿Para qué sirven exactamente? ¿Quiénes son en realidad los enemigos de la democracia, y quién está suficentemente legitimado para defenderla? ¿Y en nombre de quién?

Desde el punto de vista interno, dentro de los sistemas nacionales, nos planteamos qué esta fallando. Frente al esquema de representante-activo representado-pasivo que existía antes, hay hoy una tendencia a que los representados quieran actuar, ya no basta con escuchar, sino que quieren también participar en la conversación. Se tiende así a una democracia participativa frente a la representativa, que no está exenta de peligros, ya que las sociedades modernas contemporáneas son complejas y la gestión directa de los asuntos públicos casi utópica, pese a que hay medios, como las nuevas tecnologías, que la aproximan.  

Algunos exigen hoy un sistema de democracia continua, en el que el voto no legitime a los representantes públicos para todos los actos en una legislatura, sino que están sometidos al escutrinio constante de la opinión pública. Además, la  frecuente desvinculación del político con su programa electoral hace tambalear también los principios democráticos. 

Y el propio sistema electoral que rige en España permite plantearse si es el adecuado para satisfacer las demandas de representación de una población que cada vez tiene más vías de información y de crítica. La corrupción y la falta de transparencia en la vida política, unida a la impotencia de ciudadanos frente a decisiones lejanas que todavía no les han sacado de la crisis económica y social en que se hallan, lleva a cuestionar el sistema democrático conocido, en sus múltiples variantes –algunas, ya citadas– y preguntarse si no habrá algo mejor. Otros, consideran que no hay que sustituir el sistema, sino complementarlo con la democracia participativa, asociativa, dialogante, fuerte, cosmopolita o liberadora. Pero lo que está claro es que ni la vocación democrática es unánime, ni el camino a seguir unidireccional. Y hoy, la historia parece presionada a decidir si seguir erigiendo los valores democráticos como los únicos defendibles; si afirmar, como Churchill, que la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás; si cambiar de sistema insignia, alternativa ésta que se presenta dificil y retadora; o, lo que se asemeja más factible, si cambiar el modelo democrático.

Una gran democracia debe progresar
Decía Roosevelt que “una gran democracia debe progresar o pronto dejará de ser o grande, o democracia”. Hoy, volvemos a estar en ese alto en el camino, ya que la crisis financiera global ha llevado a una crisis política más profunda de lo que se podría pensar en el primer momento, y ya no solo se cuestiona al partido político en el poder, sino la forma de atribución del propio poder.
Incluso algunos autores se plantean si no es la democracia un ideal, y, en consecuencia, algo inalcanzable.

 

La frecuente desvinculación del político con su programa hace tambalear la democracia
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