Francia: el vértigo de Europa

Portada de Libération 11 de abril./ Foto de Libération
Portada de Libération el 11 de abril./ Libération
Lo que Francia nos viene señalando es una sociedad del malestar que, vistas las tendencias y comportamientos sociales en otros países de Europa, no se da únicamente en nuestro país vecino.
Francia: el vértigo de Europa

Aparentemente nada nuevo bajo el sol en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas, salvo algunos matices cualitativamente muy importantes, y algunas consideraciones significativas.

La cuarta parte de los electores pasó de votar sobre la presidencia del país, marcando record de abstención desde 2002. Y la extrema derecha (sumando los votos del candidato Zemmour) alcanzó el 30% de los apoyos electorales, marcando también una tendencia preocupante.

Ambos fenómenos dan para que se erice la piel política de Europa, teniendo en cuenta que Francia siempre ha sido un buen exponente de las tendencias ideológicas del viejo continente. Y esa mezcla de leve indiferencia y de también leve, pero sostenido, crecimiento y consolidación del populismo de extrema derecha dan elementos de preocupación.

Es cierto que el sistema presidencialista francés, y sus mecanismos de elección, facilitan la polarización del voto, pero en los resultados del pasado domingo hay indicios de una descolocación del tablero democrático de Francia, que no debemos pasar por alto.

Está el hundimiento de la derecha clásica republicana, que parece que va a ser sustituida por el movimiento de Macron. Habrá que ver si las elecciones legislativas de junio lo confirman o, por el contrario, generan una Asamblea Nacional con el retorno del voto “adonde solía”, y con una fragmentación elevada de la representatividad.

Algo parecido, aunque aún más dramático, ocurre con el Partido Socialista francés, cuyos votantes han alimentado -no sé si a partes iguales- el voto útil a Macron y a Mélenchon. Ambos, curiosamente, aunque por motivaciones distintas, fugados del propio Partido Socialista. También habrá que esperar a las elecciones legislativas de junio, para tener un juicio exacto sobre la tendencia.

De confirmarse ésta, en el caso de la derecha quedará claro que Macron ha logrado sustituirla, aunque sin un partido estructurado, y tal vez sin un proyecto de país. Y en el caso del PS se pondría de manifiesto una inclinación de la izquierda hacia el populismo radical, también carente de una articulación estructurada, y fruto de la pérdida de pulso del socialismo, que se asfixió entre las moquetas de sus propios gobiernos. Aunque, a pesar de haberse estrellado en las presidenciales, ambos grupos siguen manteniendo un poder municipal y regional nada irrelevante.

En todo caso, lo que Francia nos viene señalando es una sociedad del malestar que, vistas las tendencias y comportamientos sociales en otros países de Europa, no se da únicamente en nuestro país vecino. Es, tal vez, una mezcla de un mal envejecer -que acentúa conservadurismo e individualismo- y un proceso mal llevado de adaptación a unas realidades nuevas, tanto en la propia sociedad como en el mundo, y que puede estar afectada tanto por la incertidumbre de los avances tecnológicos como por las propias relaciones sociales, por el reflujo de una defectuosa integración social, y por la constatación de una penosa impotencia frente a la dominación de los poderes fácticos, tanto por parte de los ciudadanos como de los propios Estados. Unos poderes fácticos que sobrevuelan por encima de las propias estructuras de los Estados, y -no lo pasemos por alto- que parasitan y controlan muchas de sus instituciones.

Lo que sí hemos podido constatar en Francia es que -dentro de un posible desconcierto- sí queda en los líderes políticos una clara conciencia de dónde está la raya ideológica que puede librarnos de malograr definitivamente la Historia, con la vuelta a nacionalismos antidemocráticos y xenófobos, y a supuestos valores demagógicamente supremacistas. En la noche del domingo, los representantes de todas las fuerzas verdaderamente democráticas dejaron claro a sus seguidores la prioridad de prescindir hasta de las propias convicciones ideológicas e intereses partidistas, con tal de salvar la democracia del asalto de los profetas del autoritarismo y de los horrores de un pasado que pretende seguir lastrando nuestra Historia. Hasta Mélenchon, que hace cinco años fue incapaz de recomendar el voto a Macron, demostrando una gran miopía política y sectaria, en la noche del domingo repitió de forma apasionada, y por tres veces: Le Pen no, Le Pen no, Le Pen no.

Por contraste, al día siguiente en España, nuestra derecha celebraba en Castilla y León sus bodas con la ultraderecha, sin el menor rubor, y sólo con el mohín vergonzante de su nuevo líder, Núñez Feijóo, evitando asistir al pleno de investidura de su barón Fernández Mañueco, pero sin haber movido un dedo para evitar lo que estaba en su mano.

Al contrario que las fuerzas democráticas en Francia, el Partido Popular de Feijóo no está dispuesto a anteponer los valores de la democracia a sus intereses partidistas y a su ambición de poder. Esperemos que nuestra sociedad sepa tomar buena nota y sea capaz de reaccionar a tiempo, para impedir que nuestro país pase del vértigo que hoy siente Europa a caer, como acaba de hacer Hungría, en el apoyo a opciones dispuestas a pasar por encima de los derechos humanos y de los principios democráticos. @mundiario

Francia: el vértigo de Europa