¿Cómo fabricará Felipe VI su carisma, que no es algo que se pueda transferir?

Felipe VI, rey de España.
El Príncipe de Asturias.

Carisma, legitimidad y sucesión, tres órdenes no siempre coincidentes en la Monarquía, advierte en su nuevo análisis este especialista en asuntos de la Corona.

¿Cómo fabricará Felipe VI su carisma, que no es algo que se pueda transferir?

Carisma, legitimidad y sucesión, tres órdenes no siempre coincidentes en la Monarquía, advierte en su nuevo análisis este especialista en asuntos de la Corona.

Al analizar los diversos orígenes o modelos de la monarquía y estudiar el contenido de conceptos como legitimidad, carisma o sucesión, Weber afirma que elemento esencial es el carisma (elegido por los dioses a través de un oráculo), que dotan a su poseedor cualidades extraordinarias de las que los demás carecen o poseen en grado inferior. Estos días se habla mucho de ello, de que el carisma de Juan Carlos I no es transmisible y que tendrá que conseguir el suyo.

. Lo que reclama el poseedor del inicial carisma, cuando los demás lo han reconocido, es la capacidad de nombrar a su sucesor. La legitimidad es entonces adquirirá por designación (del que la posee previamente y se la otorga a quien decide que la suceda. Franco así lo resolvió, pues él no se tenía por obligado a dar cuentas de sus actos a los españoles, sino a Dios y a la historia). En una dinastía ordinaria, al que posee el derecho de primogenitura. Es un modo de evitar conflictos dentro de un mismo linaje (aunque la historia no siempre lo refrende).

Esta clase de carisma inicial, como el que tantos alaban en Juan Carlos I, al no ser trasmisible, como tal, nos sitúa ante el problema de la propia justificación de la herencia dinástica. El carisma es personal, de ahí que el “sucesor” precise adquirir su propio carisma. De este fenómeno se ha venido hablando repetidamente estos últimos años en España e incluso se ha especulado con los riesgos que puede suponer para el hipotético sucesor de un monarca que goza de cierta aceptación popular por sus cualidades personales no poseerlas.

Aristóteles se había ocupado de este asunto, y en este sentido, escribe:

Pero nosotros preguntaremos a los que alaban la excelencia del reinado: ¿cuál debe ser la suerte de los hijos de los reyes? ¿Es que quizá también ellos habrán de reinar?  […] Trasmitir el carisma requiere de la santificación, la tutela o el reconocimiento de un poder habilitante superior, la Iglesia en su caso. Para no perder ese carisma, durante su reinado, el príncipe no debe ser responsable, y por tanto han de ser otros los que asuman sus responsabilidades por los actos desafortunados o impopulares.

Jacobo Benigno Bossuet (1627-1704), obispo de Meaux y preceptor del Delfín de Francia, desarrolla la doctrina del sometimiento total de los súbditos al Rey, dado el origen divino de su poder. “El Rey es sagrado –por eso se le llama Cristo y se le unge-, es ministro y lugarteniente de Dios: Dios establece a los Reyes como ministros suyos y por eso reina sobre los pueblos”. Luis XIV escribe en sus memorias que “la autoridad de que están investidos los reyes es una delegación de la Providencia y que sólo a Dios deben los reyes dar cuenta del Poder del que se les ha investido”.

Sostiene García-Gallo que estas ideas se van a extender en la España del siglo XVIII, ya que Felipe V conoce la obra de Bossuet, escrita para su padre. Por el “Principio dinástico”, al ser la realeza hereditaria, el Rey se designa siempre, tanto en el caso de sucesión manifiesta, como en el de posible elección, entre personas de la realeza. En principio, la legitimidad de nacimiento es condición obligada para ocupar el trono, aunque la historia está plagada de ejemplos de hijos espurios o bastardos, llamados a reinar.

Sobre este asunto, Guglielmo Ferrero  afirma:

El poder monárquico como poder hereditario derivado de la herencia y no de la voluntad popular, es el único que no puede ser revocado por los hombres sino tan sólo por la suerte o la gracia divina.  Y como es algo tan singular, “No pudiendo ser revocado, condenado a sobrevivir de por vida, es decir, por tiempo indefinido, no está en condiciones de tolerar la crítica y, por consiguiente, su destino no es otro que el de ser considerado por todos y para todo infalible”.

Y con cierta ironía se pregunta en qué situación se encontraría un Estado cuyo poder supremo fuera irrevocable en el momento en que la totalidad de sus súbditos estuvieran persuadidos de que su soberano es en realidad un inepto. Y sobre la propia esencia de la monarquía, la trasmisión de la herencia dinástica añade:

Por estado Monárquico se entiende un cierto número de grandes naciones cuyo poder supremo estaba depositado en manos de una sola persona, designada al margen de cualquier elección y sin considerar para nada sus particulares circunstancias de capacidad intelectual y profesional, siguiendo únicamente las reglas de la herencia biológica. En este contexto habría que indagar cuáles fueron las razones que posibilitaron la aparición, primero y la consolidación después, en el seno de una de las más grandes civilizaciones de la historia, de una forma de legitimidad basada en la idea de transmisión hereditaria del poder, así como analizar las motivaciones que propiciaron su brutal desaparición.

Recuerda Ferrero que no pocas dinastías perecieron, sobre todo en el mundo antiguo, donde la inestabilidad del matrimonio provocada ora por las facilidades para obtener el divorcio, ora por la naturalidad con que las concubinas compartían con las esposas legítimas los favores del rey, propiciaron una inestabilidad permanente en las leyes de sucesión dinástica:

 Las diferentes mujeres que constantemente se sucedían en el lecho del monarca, y las intrépidas y ambiciosas concubinas que no dudaban en disputar su puesto a las consortes reales, traían al mundo una numerosa prole de hijos legítimos y bastardos, cuyos respectivos derechos no fueron jamás suficientemente clarificados y precisados. Y lo que aún era más grave, cada uno de los distintos hijos del monarca solía estar rodeado de tina inmensa corte de familiares, amigos y allegados, que por afecto o interés le impulsaban incesantemente a reclamar el pode

Como los reyes y las reinas eran seres humanos privilegiados, pero seres humanos, pudieron realizar todas las pasiones, vetadas al resto de los mortales, pero este hecho se reflejó, no pocas veces, en la suerte de la propia dinastía, pero “en cumplimiento de las exigencias del principio monárquico debían reproducirse al margen de las deflagraciones y conflagraciones del amor, lo que sin duda representaba la más gravosa de entre todas las pesadas servidumbres exigidas por el siempre costoso dominio del poder”.

Y concluye que: En la lotería del matrimonio todos los mortales corren el riesgo de obtener buena o mala suerte, en la de los matrimonios reales, los números estaban combinados de tal forma que el jugador tenía nueve sobre diez probabilidades de salir perdiendo, como lo demuestran lamentables desórdenes matrimoniales -bastardos, concubinas, favoritas, matrimonios morganáticos- que las grandes y pequeñas Casas reinantes han tratado desde siempre de disimular o sofocar con mejor o peor fortuna.[…] Las Cortes habrían debido ser espléndidos laboratorios de eugenesia en que preparar generaciones de príncipes sanos, inteligentes y moralmente sólidos y, sin embargo, no fueron otra cosa que una especie de Cortes de los Milagros en las que habitualmente se daban cita todas las enfermedades y degeneraciones imaginables: esterilidades, deformidades, mortalidades prematuras, locuras hereditarias, impotencias…..

A mí todo esto me suena.

¿Cómo fabricará Felipe VI su carisma, que no es algo que se pueda transferir?
Comentarios