Las extravagantes dos Españas de los muertos

Patria, de Fernando Aramburu. / Gestionteca
Patria, de Fernando Aramburu. / Gestionteca

No nos llegaba con mantener las dos Españas de los vivos, y hemos ampliado nuestro viejo negocio del rencor, del odio, de los vencedores y vencidos con otras dos Españas de los muertos. En menudo laberinto histórico estamos metidos, sorteando “ismos”, patrias, eslóganes y bolardos.

Las extravagantes dos Españas de los muertos

Acabo de traspasar la página número 100 de la novela Patria, de Fernando Aramburu, y no he podido evitar hacer un alto en el camino para rebobinar en mi cabeza el axiomático verso de Gustavo Adolfo Bécquer: ¡Dios mío qué solos se quedan los muertos! Los que asesinó el franquismo, los que cosió a tiros o desparramó a pedazos ETA por la geografía española, los que están dejando tirados en la calles de Europa, como muñecos rotos, esos nuevos engendros de rebeldes sin causa que ya estaban muertos antes de haberse obsesionado con morir matando. Es a los vivos a los que nos preocupan las leyes de la memoria histórica, las exhumaciones de los restos mortales de los poetas, los dichosos acercamientos o confinamientos de los matones de Euskadi, los nombres de las calles por los que se ha paseado, se pasea y seguirá paseándose la vida, absolutamente indiferente a las biografías Wikipédicas que convierten los odónimos en armas arrojadizas.

Tiene su gracia que sean precisamente los aconfesionales, los anticlericales, los ateos, los hijos y los nietos de aquellos compatriotas que gritaban “¡ni Dios, ni Patria, ni Rey!”, los que ahora se pongan al frente de las manifestaciones y reivindiquen apasionadamente el resurgir de las cenizas. Yo creía que esas eran cosas de la derecha ultramontana, de los meapilas, del personal al que todavía se le ponen los pelos de punta cuando una banda militar entona “La muerte no es el final”. Pero resulta que incluso a Rufián, con lo que es Rufián para esas cosas, le preocupa la soledad de las cenizas condenadas al anonimato de las cunetas y las fosas comunes. Para no creer en el más allá, hay que reconocer que están poniendo mucho empeño en resucitar a los muertos. No nos llega con sostener y no enmendar las dichosas dos Españas de los vivos y vamos a ampliar ese mal negocio histórico con otras dos Españas de los muertos ¿Qué parte de D.E.P. (Descanse en paz) no hemos entendido? A lo mejor es que existe un más allá “made in Spain”, exclusivo para difuntos españoles, claro, en el que por razones obvias no nos seguimos matando los uno a los otros, pero nos hacemos la muerte insoportable, tras habernos hecho la vida imposible, con conceptos perecederos como ideología, patrias, banderas, vencedores o vencidos que, en la peculiar idiosincrasia cañí y olé, nos acompañan por las siglas de los siglos.

Por lo menos tengamos la muerte en paz...

¿Es que ni siquiera podemos tener la muerte en paz, coño? Mientras dilucidan entre ustedes el dilema existencial entre la nada o la otra vida, si hay más allá o se queda todo en el más acá: el amor, el odio, la memoria, la venganza, la nostalgia, el fanatismo, el nacionalismo, el patriotismo, el fascismo, el comunismo, el capitalismo y todos los ismos que llevan una eternidad dándonos el coñazo, a los que nos la suda ese sudoku nacional insoluble, qué quieres que te diga, nos trae al fresco que dejen o saquen al tal Franco del Valle de los Caídos. Aunque bien mirado, oye, mejor dejarle ahí caído que arriesgarse a trasladarlo a algún lugar en el que puedan animarse a levantarlo, ¿no?. O sea, en ese tipo de asuntos, ¡virgencita, virgencita, que se quede todo como estaba! Incluso la calle Antonio Machado en Sabadell, por la que, por lo visto, podían sentirse heridos en su sensibilidad algunos ciudadanos aficionados a ir de paseo, una actividad muy recomendable para el corazón, pero tal vez reacios a ir de bibliotecas, una actividad muy recomendable para el cerebro. A mi es que me parece que, nosotros los españoles, estamos tan obsesionados con mantener el corpore sano que nos hemos olvidado de mantener la mens sana, asunto que podría explicar muchas de las cosas inexplicables, por acción u omisión, en este laberinto histórico en el que se ha metido, estamos metiendo a España.

Servidor, por si acaso, va a seguir peregrinando por las páginas de Patria, de Fernando Aramuburu, a ver si descubro de una vez lo que quería transmitirnos Samuel Johnson con aquel par de frases lapidarias:

> “El que hace una bestia de sí mismo se deshace del dolor de ser humano”.

> “El patriotismo es el último refugio de los canallas”.

Las extravagantes dos Españas de los muertos
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