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Evaluar/devaluar: los ingredientes del voto

Votar se parece mucho a lo que hace el profesorado de continuo con su alumnado: es un acto complejo con muchos ingredientes a tener en cuenta.

Evaluar/devaluar: los ingredientes del voto
Una urna.
Una urna.

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Manuel Menor

Manuel Menor

El autor, MANUEL MENOR, es analista de educación de MUNDIARIO. Licenciado en Historia y doctor en Pedagogía, ha enseñado Ciencias Sociales en Secundaria. @mundiario

De las múltiples conexiones que la vida económica mantiene con el sistema educativo y sus tareas, la de la evaluación es importante. El término “evaluar” ha venido a sustituir, entre nosotros, al de “examinar” en los años ochenta. Sin que en realidad supusiera un cambio cualitativo en cuanto a que los modos de proceder de maestros y profesores cambiaran de modo sustantivo, introducía algunos ingredientes que, con el paso del tiempo podrían incentivarse y desarrollarse más a conveniencia.. En las evaluaciones, los ingredientes a tener en cuenta empezaron a ir más allá de los conocimientos que una nota o calificación decía en una materia. Las actitudes del alumnado y las habilidades para interrelacionar saberes y “competencias” supuestamente ligadas a distintas materias empezaron a jugar un papel más explícito a partir de la LOE en 2006, al definir en su artículo 6.1 qué había de entenderse por “currículum educativo”.

Evaluar y enseñar

Según las maneras de “examinar” o de “evaluar”, el qué y el cómo enseñar quedan condicionados. No son indiferentes a los modos de entender la educación. Pero a partir del momento en que el esfuerzo administrativo se centró en mostrar “la calidad”  educativa, evaluar ha permitido tener en cuenta todos o algunos de los elementos que intervienen en la acción de educar. Puede atenderse, por ejemplo, a las características individuales de cada alumno o tan solo a si cumple con determinados estándares genéricos. Puede advertirse -más allá del escueto campo de cada asignatura- la parte que tenga el centro y su organización interna en el desarrollo de las capacidades del alumnado, por formar parte de la interacción de los procesos de enseñanza-aprendizaje.

No todos los modos de evaluación son iguales ni son independientes del objetivo que se persigue, razón esta de fuertes discrepancias sobre unas u otras pruebas. Paradigmático es en este sentido lo que acontece con los informes PISA que la OCDE practica sistemáticamente desde el año 2000. Aunque lo que a la prensa le suelen interesar ante todo los datos comparativos entre países, como si de una liga de fútbol se tratara, lo que se evalúa –el bagaje cultural del alumnado en un momento concreto de su evolución- solo suele interesar a investigadores cualificados. Admiten diversos enfoque interpretativos, por encima de los estándares estadísticos, y aportan bastante información sobre otros aspectos colaterales que trascienden lo que cada colegio o escuela ha podido darles, porque ese bagaje está muy vinculado a lo que, desde antes de nacer, cada niño o niña arrastra heredado de su entorno socioeconómico. Pese a lo cual, los datos de muchas de estas evaluaciones han sido usados públicamente de manera muy desleal: más que nada para hostilizar el espacio educativo según tendencias opuestas e, incluso, para potenciar privatizaciones del sistema general de la educación.

 Según la “calidad educativa” de que se trate –democratizadora o privatizadora- la evaluación de que se hable preferentemente será eminentemente diferente. En consonancia, hay Consejerías de Educación –y profesores- que, cuando dicen que evalúan, devalúan. Este es el motivo por el cual, en los últimos años, hayan arreciado las críticas contra los modos de evaluación que hacen recaer los fallos o poca eficiencia en el alumnado, y, en gran medida también en el profesorado. Cuando desde el Ministerio de Wert y su LOMCE (2013), trataron de justificar los recortes que hicieron en las prestaciones a la enseñanza pública, pusieron el acento, en paralelo, en una modalidad de evaluación coherente con el modelo privatizador que propugnaban. En el Libro  blanco sobre la Profesión Docente que, coordinado por José Antonio Marina, difundió aquel Ministerio en 2015, bien podían verse las fuentes neoliberales de que estaba nutrido, como si todo el trabajo de la escuela –y la carrera docente- fueran cuestión exclusiva de emprendimiento personal. Cada cual que se apañara con los escasos medios y recursos disponibles, fueran cuáles fueran los problemas reales de cada espacio escolar.

Exactamente igual que estaba pasando en las grandes empresas, cuyos agresivos sistemas de avaluación de la rentabilidad veían crecer los suicidios: “La evaluación mata la educación”, alegaba en 2013 Roger Schank. Esa forma de evaluación, en que se cargaba la culpa de los desajustes sobre los que tenían derecho a una buena educación –y no se le daban los medios adecuados para llevarla a cabo-, venía dictada desde el llamado “Consenso de Washington” que, desde la década de los ochenta, marcaba la ortodoxia a seguir modulando  políticas sociales acordes con los ajustes económicos.

Ken Loach acaba de mostrar en su última película, Sorry We Missed You, cómo sigue viva la evaluación continua. Una maquinita escaneadora controla la actividad de los operarios de una empresa de reparto; la eficiencia de cada entrega es ajena a todo obstáculo que pueda surgirles; cuanto no tenga que ver con la estadística de puntualidad y cantidad de paquetes que se muevan no entra en el cómputo de calidad. Cada operario, sujeto empleador de sí mismo, acaba pronto atrapado y, a medida que las otras facetas de su vida pierden sentido por la sobreexplotación, se maquiniza su existencia. Devaluada la actividad laboral, se devalúa y deprime de inmediato la personalidad de los individuos y su desarrollo social, en aras de la rentabilidad de las inversiones económicas.

¿Elecciones para evaluar?

Teóricamente, en unas elecciones generales, los artcs. 23, 68 y 69 de la CE78, y los artcs. 42 y 43 de la Ley electoral establecen el derecho de los electores a evaluar qué hayan hecho los partidos políticos y sus líderes en el tiempo de una legislatura. En este 10-N, el tiempo es más corto del habitual, apenas desde abril de 2019, y los evaluados vienen afectados ya por una serie de acontecimientos anteriores. A ninguno le ha sentado bien la ruptura del bipartidismo, un  paisaje en que han crecido los partidarios de fórmulas que, por exceso o por defecto, han puesto en entredicho los límites de lo que sea o no constitucional, con propuestas difícilmente encajables en cuanto a derechos civiles sobre todo, como es el caso de VOX o en cuanto a concepción general del Estado, como puedan representar los grupos independentistas.

 Mientras, los evaluadores -los 37.000.608 ciudadanos con derecho a voto- se encuentran, de manera aguda, en el dilema de votar o no votar. A motivos clásicos para no hacerlo, pueden añadirse en esta ocasión otros muchos nada despreciables. Los demás evaluadores -los que vayan a introducir alguna papeleta en la urna que les hayan asignado- dirimirán parte de lo que vaya a venir a partir del 11 de noviembre, cuando lo previsible es que el panorama de escaños puede volver a quedar con dificultades para pactar. De ser así, de nuevo se podrá ver que esta manera de hacer política a golpe de la evaluaciones compulsivas del voto, se queda corta. A partir de este momento, todo queda de nuevo en manos de los partidos.

El voto no mide el grado de implicación que tengan los elegidos con los problemas de sus votantes, aunque debiera. A los estrategas de las campañas electorales tampoco les interesa mucho, salvo que hayan saltado a la prensa contradicciones muy flagrantes y, aun así, tratarán de encubrirlas a base de evaluaciones negativas de sus adversarios. Si fuera de otro modo, las campañas tendrían otro tono de verdad que no tienen. Y a partir de que se hayan contabilizado los votos, el rigor ético queda a merced del tipo de cultura política que cada parlamentario o senador entienda que debe desarrollar… para su partido.

Los votantes que se tomen los asuntos educativos como referente importante debieran tener en cuenta, además, que ni siquiera lo que está en los programas es valioso y que hay propuestas que contradicen los requisitos que una educación para todos que merezca el calificativo de digna. Vean, por tanto, que entre las noticias del día cinco de noviembre, habrá una alusiva a que se supriman los recortes que impiden  esa dignidad universal. Este tipo de cuestiones son las que, tras un debate como el del día cuatro, debiera evaluar cada votante y no solo un genérico me cae bien o me cae mal ¿no? @mundiario